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martes, 27 de julio de 2010

LA ODISEA (Fragmento del canto IX)


La Odisea, poema épico escrito por Homero, consta de unos 10.000 versos divididos en 24 cantos, y narra el regreso de Ulises, el héroe griego (también llamado Odiseo) de la guerra de Troya. Durante su ausencia, un grupo de pretendientes de su esposa Penélope está acabando con sus bienes. Esta epopeya abarca sus diez años de viajes, y los diversos peligros con los que se debió enfrentar, (como el cíclope), continúa con la llegada de Ulises a su isla natal, Ítaca. Allí prueba la lealtad de sus sirvientes, ejerce venganza contra los pretendientes de Penélope, y logra volver a reunirse con su hijo, su esposa y su padre.

A continuación, fragmentos del canto IX, en la isla de Polifemo

Resumen

Odiseo revela su identidad y empieza a contar sus tres años de odisea, empezando desde la caída de Troya hasta que llegó a la isla de Calipso. Navegando desde Troya en doce barcos, llegó a Ismaro, donde saquearon la ciudad de los cícones. Después llegaron al país de los lotófagos, y algunos hombres cayeron en la tentación y comieron loto, con lo cual ya no querían regresar a los barcos y tuvieron que ser obligados. De ahí fueron a la isla de los cíclopes. Odiseo les pidió a sus compañeros que lo esperaran en los barcos mientras él iba junto con doce de sus mejores hombres a ver si les ofrecerían hospitalidad. Polifemo, el gigante de un solo ojo, hijo de Poseidón, los encerró y se comió a varios, lo que hizo que Odiseo lo engañara y al escapar lo dejara ciego. Polifemo imploró a Poseidón, su padre, la venganza.



CANTO IX

Delante del puerto, no muy cercana ni a gran distancia tampoco de la región de los ciclopes, hay una isleta poblada de bosque, con una infinidad de cabras monteses, pues no las ahuyenta el paso de hombre alguno ni van allá los cazadores, que se fatigan recorriendo las selvas en las cumbres de las montañas. No se ven en ella ni rebaños ni labradíos, sino que el terreno está siempre sin sembrar y sin arar, carece de hombres, y cría bastantes cabras. Pues los ciclopes no tienen naves de rojas proas, ni poseen artífices que se las construyan de muchos bancos -como las que transportan mercancías a distintas poblaciones en los frecuentes viajes que los hombres efectúan por mar, yendo los unos en busca de los otros-, los cuales hubieran podido hacer que fuese muy poblada aquella isla, que no es mala y daría a su tiempo frutos de toda especie, porque tiene junto al espumoso mar prados húmedos y tiernos y allí la vid jamás se perdiera. La parte inferior es llana y labradera; y podrían segarse en la estación oportuna mieses altísimas por ser el suelo muy pingüe. Posee la isla un cómodo puerto, donde no se requieren amarras, ni es preciso echar ancoras, ni atar cuerdas; pues, en aportando allí, se está a salvo cuanto se quiere, hasta que el ánimo de los marineros les incita a partir y el viento sopla.

En lo alto del puerto mana una fuente de agua límpida, debajo de una cueva a cuyo alrededor han crecido álamos. Allá pues, nos llevaron las naves, y algún dios debió de guiarnos en aquella noche obscura en la que nada distinguíamos, pues la niebla era cerrada alrededor de los bajeles y la luna no brillaba en el cielo, que cubrían los nubarrones. Nadie vio con sus ojos la isla ni las ingentes olas que se quebraban en la tierra, hasta que las naves de muchos bancos hubieron abordado. Entonces amainamos todas las velas, saltamos a la orilla del mar y, entregándonos al sueño, aguardamos que amaneciera la divina Aurora.

No bien se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosáceos dedos, anduvimos por la isla muy admirados. En esto las ninfas, prole de Zeus que lleva la égida, levantaron montaraces cabras para que comieran mis compañeros. Al instante tomamos de los bajeles los corvos arcos y los venablos de larga punta, nos distribuimos en tres grupos, tiramos, y muy presto una deidad nos facilitó abundante caza. Doce eran las naves que me seguían y a cada una le correspondieron nueve cabras, apartándose diez para mí solo. Y ya todo el día hasta la puesta del sol, estuvimos sentados, comiendo carne en abundancia y bebiendo dulce vino; que el rojo licor aun no faltaba en las naves, pues habíamos hecho gran provisión de ánforas al tomar la sagrada ciudad de los cícones. Estando allí echábamos la vista a la tierra de los ciclopes, que se hallaban cerca, y divisábamos el humo y oíamos las voces que ellos daban, y los balidos de las ovejas y de las cabras. Cuando el sol se puso y sobrevino la obscuridad, nos acostamos en la orilla del mar.

Mas, así que se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosáceos dedos, los llamé a junta y les dije estas razones:
—Quedaos aquí, mis fieles amigos, y yo con mi nave y mis compañeros iré allá y procuraré averiguar qué hombres son aquéllos; si son violentos, salvajes e injustos, u hospitalarios y temerosos de las deidades.
Cuando así hube hablado subí a la nave y ordené a los compañeros que me siguieran y desataran las amarras. Ellos se embarcaron al instante y, sentándose por orden en los bancos, comenzaron a batir con los remos el espumoso mar. Y tan luego como llegamos a dicha tierra, que estaba próxima, vimos en uno de los extremos y casi tocando al mar una excelsa gruta a la cual daban sombra algunos laureles, en ella reposaban muchos hatos de ovejas y de cabras, y en contorno había una alta cerca labrada con piedras profundamente hundidas, grandes pinos y encinas de elevada copa. Allí moraba un varón gigantesco, solitario, que entendía en apacentar rebaños lejos de los demás hombres, sin tratarse con nadie; y, apartado de todos, ocupaba su ánimo en cosas inicuas. Era un monstruo horrible y no se asemejaba a los hombres que viven de pan, sino a una selvosa cima que entre altos montes se presentase aislada de las demás cumbres.

Entonces ordené a mis fieles compañeros que se quedasen a guardar la nave; escogí los doce mejores y juntos echamos a andar, con un pellejo de cabra lleno de negro y dulce vino que me había dado Marón, vástago de Evantes y sacerdote de Apolo, el dios tutelar de Ismaro; porque, respetándole, lo salvamos con su mujer e hijos que vivían en un espeso bosque consagrado a Febo Apolo. Hízome Marón ricos dones, pues me regaló siete talentos de oro bien labrado, una cratera de plata y doce ánforas de un vino dulce y puro, bebida de dioses, que no conocían sus siervos ni sus esclavas, sino tan sólo él, su esposa y una despensera. Cuando bebían este rojo licor, dulce como la miel, echaban una copa del mismo veinte de agua; y de la cratera salía un olor tan suave y divinal, que no sin pena se hubiese renunciado a saborearlo. De este vino llevaba un gran odre completamente lleno y además viandas en un zurrón; pues ya desde el primer instante se figuró mi ánimo generoso que se nos presentaría un hombre dotado de extraordinaria fuerza, salvaje, e ignorante de la justicia y de las leyes.

Pronto llegamos a la gruta; mas no dimos con él, porque estaba apacentando las pingües ovejas. Entramos y nos pusimos a contemplar con admiración y una por una todas las cosas; había zarzos cargados de quesos; los establos rebosaban de corderos y cabritos, hallándose encerrado, separadamente los mayores, los medianos y los recentales; y goteaba el suero de todas las vasijas, tarros y barreños, de que se servía para ordeñar. Los compañeros empezaron a suplicarme que nos apoderásemos de algunos quesos y nos fuéramos, y que luego, sacando prestamente de los establos los cabritos y los corderos, y conduciéndolos a la velera nave, surcáramos de nuevo el salobre mar. Mas yo no me dejé persuadir -mucho mejor hubiera sido seguir su consejo- con el propósito de ver a aquél y probar si me ofrecería los dones de la hospitalidad. Pero su venida no había de serles grata a mis compañeros.

Encendimos fuego, ofrecimos un sacrificio a los dioses, tomamos algunos quesos, comimos, y le aguardamos, sentados en la gruta, hasta que volvió con el ganado. Traía una gran carga de leña seca para preparar su comida y descargóla dentro de la cueva con tal estruendo que nosotros, llenos de temor, nos refugiamos apresuradamente en lo más hondo de la misma. Luego metió en el espacioso antro todas las pingües ovejas que tenía que ordeñar, dejando a la puerta, dentro del recinto de altas paredes, los carneros y los bucos. Después cerró la puerta con un pedrejón grande y pesado que llevó a pulso y que no hubiesen podido mover del suelo veintidós sólidos carros de cuatro ruedas. ¡Tan inmenso era el peñasco que colocó a la entrada! Sentóse enseguida, ordeñó las ovejas y las baladoras cabras, todo como debe hacerse, y a cada una le puso su hijito. A la hora, haciendo cuajar la mitad de la blanca leche, la amontonó en canastillos de mimbre, y vertió la restante en unos vasos para bebérsela y así le serviría de cena.

Acabadas con prontitud tales faenas, encendió fuego, y al vernos, nos hizo estas preguntas:

—¡Oh forasteros! ¿Quiénes sois? ¿De dónde llegasteis navegando por húmedos caminos? ¿Venís por algún negocio o andáis por el mar, a la ventura, como los piratas que divagan, exponiendo su vida y produciendo daño a los hombres de extrañas tierras?
Así dijo. Nos quebraba el corazón el temor que nos produjo su voz grave y su aspecto monstruoso. Mas, con todo eso, le respondí de esta manera:

—Somos aqueos a quienes extraviaron, al salir de Troya, vientos de toda clase, que nos llevan por el gran abismo del mar; deseosos de volver a nuestra patria llegamos aquí por otra ruta, por otros caminos, porque de tal suerte debió de ordenarlo Zeus. Nos preciamos de ser guerreros de Agamemnón Atrida, cuya gloria es inmensa debajo del cielo -¡tan grande ciudad ha destruido y a tantos hombres ha hecho perecer!-, y venimos a abrazar tus rodillas por si quisieras presentarnos los dones de la hospitalidad o hacernos algún otro regalo, como es costumbre entre los huéspedes. Respeta, pues, a los dioses, varón excelente; que nosotros somos ahora tus suplicantes. Y a suplicante y forasteros los venga Zeus hospitalario, el cual acompaña a los venerandos huéspedes.
Así le hablé; y respondióme en seguida con ánimo cruel:

—¡Oh forastero! Eres un simple o vienes de lejanas tierras cuando me exhortas a temer a los dioses y a guardarme de su cólera: que los ciclopes no se cuidan de Zeus, que lleva la égida, ni de los bienaventurados númenes, porque aun les ganan en ser poderosos; y yo no te perdonaría ni a ti ni a tus compañeros por temor a la enemistad de Zeus, si mi ánimo no me lo ordenase. Pero dime en qué sitio, al venir, dejaste la bien construida embarcación: si fue, por ventura, en lo más apartado de la playa o en un paraje cercano, a fin de que yo lo sepa.
Así dijo para tentarme. Pero su intención no me pasó inadvertida a mí que sé tanto, y de nuevo le hablé con engañosas palabras:

—Poseidón, que sacude la tierra, rompió mi nave llevándola a un promontorio y estrellándola contra las rocas en los confines de vuestra tierra, el viento que soplaba del ponto se la llevó y pudiera librarme, junto con éstos, de una muerte terrible.
Así le dije. El ciclope, con ánimo cruel, no me dio respuesta; pero, levantándose de súbito, echó mano a los compañeros, agarró a dos y, cual si fuesen cachorrillos arrojólos a tierra con tamaña violencia que el encéfalo fluyó del suelo y mojó el piso. De contado despedazó los miembros, se aparejó una cena y se puso a comer como montaraz león, no dejando ni los intestinos, ni la carne, ni los medulosos huesos. Nosotros contemplábamos aquel horrible espectáculo con lágrimas en los ojos, alzando nuestras manos a Zeus; pues la desesperación se había señoreado de nuestro ánimo. El ciclope, tan luego como hubo llenado su enorme vientre, devorando carne humana y bebiendo encima leche sola, se acostó en la gruta tendiéndose en medio de las ovejas.

Entonces formé en mi magnánimo corazón el propósito de acercarme a él y, sacando la aguda espada que colgaba de mi muslo, herirle el pecho donde las entrañas rodean el hígado, palpándolo previamente; mas otra consideración me contuvo. Habríamos, en efecto, perecido allí de espantosa muerte, a causa de no poder apartar con nuestras manos el grave pedrejón que el Ciclope colocó en la alta entrada. Y así, dando suspiros, aguardamos que apareciera la divina Aurora.

Cuando se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosáceos dedos, el Ciclope encendió fuego y ordeñó las gordas ovejas, todo como debe hacerse, y a cada una le puso su hijito. Acabadas con prontitud tales faenas, echó mano a otros dos de los míos, y con ellos se aparejó el almuerzo.

En acabando de comer sacó de la cueva los pingües ganados, removiendo con facilidad el enorme pedrejón de la puerta; pero al instante lo volvió a colocar, del mismo modo que si a un caraj le pusiera su tapa.

Mientras el Ciclope aguijaba con gran estrépito sus pingües rebaños hacia el monte, yo me quedé meditando siniestras trazas, por si de algún modo pudiese vengarme y Atenea me otorgara la victoria.

Al fin parecióme que la mejor resolución sería la siguiente. Echada en el suelo del establo veíase una gran clava de olivo verde, que el Ciclope había cortado para llevarla cuando se secase. Nosotros, al contemplarla, la comparábamos con el mástil de un negro y ancho bajel de transporte que tiene veinte remos y atraviesa el dilatado abismo del mar: tan larga y tan gruesa se nos presentó a la vista. Acerquéme a ella y corté una estaca como de una braza, que di a los compañeros, mandándoles que la puliesen. No bien la dejaron lisa, agucé uno de sus cabos, la endurecí, pasándola por el ardiente fuego, y la oculté cuidadosamente debajo del abundante estiércol esparcido por la gruta. Ordené entonces que se eligieran por suerte los que, uniéndose conmigo deberían atreverse a levantar la estaca y clavarla en el ojo del Ciclope cuando el dulce sueño le rindiese. Cayóles la suerte a los cuatro que yo mismo hubiera escogido en tal ocasión, y me junté con ellos formando el quinto.

Por la tarde volvió el Ciclope con el rebaño de hermoso vellón, que venía de pacer, e hizo entrar en la espaciosa gruta a todas las pingues reses, sin dejar a ninguna dentro del recinto; ya porque sospechase algo, ya porque algún dios se lo ordenara. Cerró la puerta con el pedrejón que llevó a pulso, sentóse, ordeñó las ovejas y las baladoras cabras, todo como debe hacerse, y a cada una le puso su hijito.

Acabadas con prontitud tales cosas, agarró a otros dos de mis amigos y con ellos se aparejó la cena. Entonces lleguéme al Ciclope, y teniendo en la mano una copa de negro vino, le hablé de esta manera:

—Toma, Ciclope, bebe vino, ya que comiste carne humana, a fin de que sepas qué bebida se guardaba en nuestro buque. Te lo traía para ofrecer una libación en el caso de que te apiadases de mi y me enviaras a mi casa, pero tú te enfureces de intolerable modo. ¡Cruel! ¿Cómo vendrá en lo sucesivo ninguno de los muchos hombres que existen, si no te portas como debieras?
Así le dije. Tomó el vino y bebióselo. Y gustóle tanto el dulce licor que me pidió más:

—Dame de buen grado más vino y hazme saber inmediatamente tu nombre para que te ofrezca un don hospitalario con el cual huelgues. Pues también a los Ciclopes la fértil tierra les produce vino en gruesos racimos, que crecen con la lluvia enviada por Zeus; mas esto se compone de ambrosía y néctar.
Así habló, y volví a servirle el negro vino: tres veces se lo presenté y tres veces bebió incautamente. Y cuando los vapores del vino envolvieron la mente del Ciclope, díjele con suaves palabras:

—¡Ciclope! Preguntas cual es mi nombre ilustre y voy a decírtelo pero dame el presente de hospitalidad que me has prometido. Mi nombre es Nadie; y Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros todos.
Así le hablé; y enseguida me respondió con ánimo cruel:

—A Nadie me lo comeré al último, después de sus compañeros, y a todos los demás antes que a él: tal será el don hospitalario que te ofrezca.
Dijo, tiróse hacia atrás y cayó de espaldas. Así echado, dobló la gruesa cerviz y vencióle el sueño, que todo lo rinde: salíale de la garganta el vino con pedazos de carne humana, y eructaba por estar cargado de vino.

Entonces metí la estaca debajo del abundante rescoldo, para calentarla, y animé con mis palabras a todos los compañeros: no fuera que alguno, poseído de miedo, se retirase. Mas cuando la estaca de olivo, con ser verde, estaba a punto de arder y relumbraba intensamente, fui y la saqué del fuego; rodeáronme mis compañeros, y una deidad nos infundió gran audacia. Ellos, tomando la estaca de olivo, hincáronla por la aguzada punta en el ojo del Ciclope; y yo, alzándome, hacíala girar por arriba. De la suerte que cuando un hombre taladra con el barreno el mástil de un navío, otros lo mueven por debajo con una correa, que asen por ambas extremidades, y aquél da vueltas continuamente: así nosotros, asiendo la estaca de ígnea punta, la hacíamos girar en el ojo del Ciclope y la sangre brotaba alrededor del ardiente palo. Quemóle el ardoroso vapor párpados y cejas, en cuanto la pupila estaba ardiendo y sus raíces crepitaban por la acción del fuego. Así como el broncista, para dar el temple que es la fuerza del hierro, sumerge en agua fría una gran segur o un hacha que rechina grandemente, de igual manera rechinaba el ojo del Ciclope en torno de la estaca de olivo. Dió el Ciclope un fuerte y horrendo gemido, retumbó la roca, y nosotros, amedrentados, huimos prestamente; mas él se arrancó la estaca, toda manchada de sangre, arrojóla furioso lejos de sí y se puso a llamar con altos gritos a los Ciclopes que habitaban a su alrededor, dentro de cuevas, en los ventosos promontorios. En oyendo sus voces, acudieron muchos, quién por un lado y quién por otro, y parándose junto a la cueva, le preguntaron qué le angustiaba:

—¿Por qué tan enojado, oh Polifemo, gritas de semejante modo en la divina noche, despertándonos a todos? ¿Acaso algún hombre se lleva tus ovejas mal de tu grado? ¿O, por ventura, te matan con engaño o con fuerza?
Respondióles desde la cueva el robusto Polifemo:

—¡Oh, amigos! "Nadie" me mata con engaño, no con fuerza.
Y ellos le contestaron con estas aladas palabras:

—Pues si nadie te hace fuerza, ya que estás solo, no es posible evitar la enfermedad que envía el gran Zeus, pero, ruega a tu padre, el soberano Poseidón.
Apenas acabaron de hablar, se fueron todos; y yo me reí en mi corazón de cómo mi nombre y mi excelente artificio les había engañado. El Ciclope, gimiendo por los grandes dolores que padecía, anduvo a tientas, quitó el peñasco de la puerta y se sentó a la entrada, tendiendo los brazos por si lograba echar mano a alguien que saliera con las ovejas; ¡tan mentecato esperaba que yo fuese!

Mas yo meditaba cómo pudiera aquel lance acabar mejor y si hallaría algún arbitrio para librar de la muerte a mis compañeros y a mí mismo. Revolví toda clase de engaños y de artificios, como que se trataba de la vida y un gran mal era inminente, y al fin parecióme la mejor resolución la que voy a decir. Había unos carneros bien alimentados, hermosos, grandes, de espesa y obscura lana; y, sin desplegar los labios, los até de tres en tres, entrelazando mimbres de aquellos sobre los cuales dormía el monstruoso e injusto Ciclope: y así el del centro llevaba a un hombre y los otros dos iban a entre ambos lados para que salvaran a mis compañeros.

Tres carneros llevaban por tanto, a cada varón; mas yo viendo que había otro carnero que sobresalía entre todas las reses, lo así por la espalda, me deslicé al vedijudo vientre y me quedé agarrado con ambas manos a la abundantísima lana, manteniéndome en esta postura con ánimo paciente. Así, profiriendo suspiros, aguardamos la aparición de la divina Aurora.

Cuando se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosáceos dedos, los machos salieron presurosos a pacer, y las hembras, como no se las había ordeñado, balaban en el corral con las tetas retesadas. Su amo, afligido por los dolores, palpaba el lomo a todas las reses que estaban de pie, y el simple no advirtió que mis compañeros iban atados a los pechos de los vedijudos animales. El último en tomar el camino de la puerta fue mi carnero, cargado de su lana y de mí mismo, que pensaba en muchas cosas. Y el robusto Polifemo lo palpó y así le dijo:

—¡Carnero querido! ¿Por qué sales de la gruta el postrero del rebaño? Nunca te quedaste detrás de las ovejas, sino que, andando a buen paso pacías el primero las tiernas flores de la hierba, llegabas el primero a las corrientes de los ríos y eras quien primero deseaba volver al establo al caer de la tarde; mas ahora vienes, por el contrario, el último de todos. Sin duda echarás de menos el ojo de tu señor, a quien cegó un hombre malvado con sus perniciosos compañeros, perturbándole las mentes con el vino. Nadie, pero me figuro que aun no se ha librado de una terrible muerte. ¡Si tuvieras mis sentimientos y pudieses hablar, para indicarme dónde evita mi furor! Pronto su cerebro, molido a golpes, se esparciría acá y acullá por el suelo de la gruta, y mi corazón se aliviaría de los daños que me ha causado ese despreciable Nadie.
Diciendo así, dejó el carnero y lo echó afuera. Cuando estuvimos algo apartados de la cueva y del corral, soltéme del carnero y desaté a los amigos. Al punto antecogimos aquellas gordas reses de gráciles piernas y, dando muchos rodeos, llegamos por fin a la nave.

Nuestros compañeros se alegraron de vernos a nosotros, que nos habíamos librado de la muerte, y empezaron a gemir y a sollozar por los demás. Pero yo haciéndoles una señal con las cejas, les prohibí el llanto y les mandé que cargaran presto en la nave muchas de aquellas reses de hermoso vellón y volviéramos a surcar el agua salobre. Embarcáronse en seguida y, sentándose por orden en los bancos, tornaron a batir con los remos el espumoso mar.

Y, en estando tan lejos cuanto se deja oír un hombre que grita, hablé al Ciclope con estas mordaces palabras:

—¡Ciclope! No debías emplear tu gran fuerza para comerte en la honda gruta a los amigos de un varón indefenso. Las consecuencias de tus malas acciones habían de alcanzarte, oh cruel, ya que no temiste devorar a tus huéspedes en tu misma morada; por eso Zeus y los demás dioses te han castigado.
Así le dije; y él, airándose más en su corazón, arrancó la cumbre de una gran montaña, arrojóla delante de nuestra embarcación de azulada proa, y poco faltó para que no diese en la extremidad del gobernalle. Agitóse el mar por la caída del peñasco y las olas, al refluir desde el ponto, empujaron la nave hacia el continente y la llevaron a tierra firme. Pero yo, asiendo con ambas manos un larguísimo botador, echéla al mar y ordené a mis compañeros, haciéndoles con la cabeza silenciosa señal, que apretaran con los remos a fin de librarnos de aquel peligro. Encorváronse todos y empezaron a remar. Mas, al hallarnos dentro del mar, a una distancia doble de la de antes, hablé al Ciclope, a pesar de que mis compañeros me rodeaban y pretendían disuadirme con suaves palabras unos por un lado y otros por el opuesto:

—¡Desgraciado! ¿Por qué quieres irritar a ese hombre feroz que con lo que tiró al ponto hizo volver la nave a tierra firme donde creíamos encontrar la muerte? Si oyera que alguien da voces o habla, nos aplastaría la cabeza y el maderamen del barco, arrojándonos áspero peñón. ¡Tan lejos llegan sus tiros!
Así se expresaban. Mas no lograron quebrantar la firmeza de mi corazón magnánimo; y, con el corazón irritado, le hablé otra vez con estas palabras:

—¡Ciclope! Si alguno de los mortales hombres te pregunta la causa de tu vergonzosa ceguera, dile que quien te privó del ojo fue Odiseo, el asolador de ciudades, hijo de Laertes, que tiene su casa en Itaca.

jueves, 22 de julio de 2010

ARGUMENTACIÓN



Es la modalidad consistente en dar razones para defender o atacar una idea con el fin de convencer, y está orientada al receptor (función conativa o apelativa); en toda argumentación, existen dos posiciones: una a favor y otra en contra; como objetivo busca expresar o rebatir expresiones para persuadir al receptor. En otras palabras, se intenta mover al receptor hacia una postura a favor o en contra de la idea expuesta y también se le invita a actuar, según la convicción del discurso; para lograr esto, el emisor ha de tener una idea global sobre el tema y conocer las técnicas de persuasión.

En este tipo de discursos, existe la función referencial, porque parte de ideas ya expuestas, y tiene una función apelativa, al dirigirse a un receptor a quien se pretende convencer con los argumentos presentados. La argumentación se produce fácilmente con temas que dan lugar a la discusión con diferentes puntos de vista, como podrían ser el ensayo, la oratoria política, los debates y los coloquios, entre otros.


Estructura de un texto argumentativo

La escogencia de la información depende del asunto tratado; por lo tanto, se ha de tener un buen conocimiento del tema y de su marco; además, es necesario saber de dónde parte el receptor, es decir, conocer sus creencias, conocimientos, etc., y prever los posibles contra argumentos que se puedan presentar. Las partes del texto argumentativo no difieren de un texto expositivo: Introducción: se trata de una breve exposición donde se presenta la tesis; Desarrollo: corresponde al cuerpo de la argumentación; aquí se presentan las comprobaciones, los testimonios, ciertas conclusiones parciales y nuevos argumentos; para finalizar, la Conclusión refuerza la tesis, resumen del desarrollo; con ella, se termina la disertación, se cierran las ideas expuestas y se busca una idea clave para que el receptor se convenza del argumento presentado.

Tipos de argumento

Los textos que procuran convencer con razonamientos a sus receptores, pueden ser: de autoridad, cuando existe el apoyo en argumentos de un experto; del sentir de la sociedad, si se apoya en la experiencia individual; dos estructuras (que se pueden encontrar mezcladas: encuadrada; deductiva o analítica, la tesis estará al principio y a continuación los argumentos; Inductiva o sintética, primero aparecerán los argumentos y después la tesis.

Técnicas y formas lingüísticas de la argumentación

El orden de ideas es fundamental para seguir el hilo argumentativo, por ello la estructuración del texto debe ser en párrafos que se relacionen mediante conectores. Las ideas se presentarán de forma clara y directa, los argumentos sólidos, atractivos y no excesivos. Entre los recursos expresivos, se pueden usar los ejemplos, las comparaciones y la repetición de ideas y de estructuras lingüísticas. En lo que atañe al léxico, será conveniente conocer el ámbito; si éste es científico, se podrán utilizar los tecnicismos y un registro culto; pero si es un ámbito más general, debe proporcionarse un léxico más subjetivo y un registro estándar. En cuanto a la sintaxis, se recomienda seguir un razonamiento lógico (deductivo o inductivo) y usar oraciones coordinadas y subordinadas, esto es, cláusulas largas con los verbos en presente.

Texto expositivo y texto argumentativo

En líneas generales, se puede decir que un texto expositivo tiene como objetivo mostrar y un texto argumentativo demostrar o convencer. Los párrafos expositivos y argumentativos tienen, en principio, la misma estructura presente en los textos informativos: una introducción, un desarrollo o análisis y una conclusión. Existe, sin embargo una gran deferencia apreciable entre ellos: en los párrafos expositivos el redactor prevé la buena disposición del lector a aceptar la idea expuesta. En un párrafo argumentativo, el escritor se dirige a un lector que confronta sus ideas o que, al menos puede dudar de ellas; en este caso debe convencer y, para ello, se sugiere que: a) La oración tema deba presentar más urgentemente, o con más fuerza, la idea central del párrafo. b) Las ideas de apoyo deben redactarse previendo la posible refutación de lo que se plantea y, en consecuencia, una posible respuesta. c) El razonamiento debe ser contundente.

Argumentación polémica: los pro y los contra

El tema controvertible o polémico exige en su desarrollo ocuparse no sólo de la argumentación propia, sino de la adversaria. Se precisa impugnar la opinión ajena para fortalecer la posición o tesis propia. Ignorar el punto de vista de la oposición tiene poco sentido y ningún mérito, pues no se puede probar la opinión propia ignorando la ajena. Cuando se ponderan los argumento adversarios y se les compara con los propios, se puede apreciar mejor el valor real de éstos y utilizar la argumentación de mayor peso en la refutación de los primeros. Cuanto mayor sea el número de argumentos contrarios que seamos capaces de destruir al presentar nuestra posición, mayor fuerza tendrá ésta.

La argumentación polémica exige una organización del tema que permita la comparación y el contraste de cada razonamiento. Este cotejo de los pros (argumento propio) y los contras (argumento adversario) es uno de los pilares del método dialéctico. La mente oscila como un péndulo entre un juicio y su contrario. La táctica de la argumentación es demoler las aseveraciones contrarias.

La argumentación tiene un estilo propio y las estrategias tradicionales pueden llevar directamente a la confrontación, en un espíritu de guerra contra el oponente, tratando de ganar “a cualquier precio”. Sin embargo, los escritos argumentativos académicos más efectivos usan un tono razonable y, a menudo, un enfoque moderado, menos confrontador, en el cual el escritor procura a) llegar a los lectores, incluyendo aquellos cuyos criterios difieren y buscan insistir en los puntos de coincidencia. b) persuadir al lector explicándole ambos lados del asunto, más que simplemente refutando el argumento del opositor. c) negociar con la audiencia, más que enfrentarla y d) reducir las diferencias entre una audiencia hostil y el escritor mediante la oferta de acuerdos compromisos en vez de insistir en la solución opositora.

Esta forma de oponerse a los argumentos del lado contrario resulta más eficaz porque se dirige a comunicar en vez de derrotar al otro. Mientras la controversia toca las fibras más sensibles, más necesaria puede ser esta estrategia de argumentación sin choque con el opositor. Cuando los lectores se sienten más fuertemente identificados con una posición, se sentirán más atacados personalmente cuando esa posición sea atacada; de manera que tenderán a reaccionar más defensivamente y estarán menos abiertos a aceptar nuevas ideas.

Cuando un lector reconoce sus puntos de vista en el discurso argumentativo de un escritor y es sensible a sus creencias, estará más inclinado a considerar su propio punto de vista diferente. Por eso, las estrategias útiles incluyen:

  •  Evitar la confrontación guerrerista, estableciendo un terreno común al diálogo, e indicándole al lector que el escritor comparte sus creencias, valores y preocupaciones.
  • Presentar la personalidad del escritor como comprensiva y empática.
  • Presentar los puntos de vistas opuestos en forma honesta
  • Dirigir la argumentación hacia un acuerdo o compromiso con una mente flexible.
En los textos argumentativos, se debe tener en cuenta el apoyo requerido para justificar las ideas expresadas. El párrafo debe tener tanto apoyo como se necesite para convencer al lector de la idea enunciada en la oración del tema. El redactor asume el compromiso con el lector de convencerlo de la idea presentada en la oración tema y debe cumplirlo con el apoyo en argumentos, ejemplos y pruebas de lo que afirma, de manera que el lector quede satisfecho de haber comprendido y aceptado las ideas de su opositor.

miércoles, 14 de julio de 2010

NARRACIÓN


  
      Una narración es el relato de unos hechos reales o imaginarios que les suceden a unos personajes en un lugar. Cuando contamos algo que nos ha sucedido o que hemos soñado o cuando contamos un cuento, estamos haciendo una narración. Veamos el siguiente relato:
La otra mañana fui al parque con mi tío. A su lado se sentaron dos señoras muy gordas, con una niña y un chico. La niña se puso a saltar a la comba mirándome; de tanto mirarme, siempre se equivocaba y no podía llegar a aquello de "cuartana, color de manzana...". Una vez dijo muy bajito: -¿Quieres jugar conmigo? Y yo lo oí y dije: -Sí, sí. Jugaremos al molino.   Cogidas las manos, empezamos a dar vueltas... "El molino, lleno de agua, y la rueda, anda que anda, anda que anda...". Hasta que se me fue la cabeza y me tuve que sentar en el suelo, ¡con una angustia en el estómago!... (Elena Fortún "Celia en el mundo")


 Elementos de la narración
Los elementos de una narración son: acción, personajes y ambiente
a) La acción o lo que sucede en el relato, debe estar ordenada en forma progresiva, siguiendo una línea de interés, hasta llegar al desenlace. La estructura de la acción suele dividirse en tres partes: la exposición o incidentes iniciales, donde se van presentando los hechos, los personajes y el ambiente. Sus elementos se pueden precisar de la siguiente manera: “Acontecimiento inicial”. Es el hecho que desencadena la historia y debe ser breve. Por ejemplo, una noche la luna deja de salir. “Reacción” o respuesta que el acontecimiento inicial provoca en algún personaje, normalmente el protagonista. Suele ser extensa. Por ejemplo, un grupo de amigos deciden ir a ver qué le ha pasado a la luna. “Acción o desarrollo de acontecimientos”, son los hechos que viven y realizan los personajes. Constituyen el eje de la trama. Por ejemplo, las aventuras que viven los amigos en el espacio. “Solución”. es el desenlace final de la acción, suele ser breve. Por ejemplo, liberan a la luna y todo vuelve a la normalidad. Estos sucesos pueden estar organizados de acuerdo a un criterio cronológico y causal o se puede romper la secuencia cronológica y causal empezando por el medio o al final, o en forma zigzagueante. La primera forma es una composición lógica y la segunda es libre o artística.
b) Los caracteres o personajes que la realizan los hechos contados en la narración, donde cumplen diferentes oficios. Los personajes son los seres que aparecen en una historia. Pueden ser personas, animales e incluso objetos animados o inanimados. Cuando los personajes son seres inanimados se suelen comportar como si lo fueran y actúan y sienten como seres humanos. Los personajes de una narración tienen una determinada personalidad: pueden ser generosos, avaros, miedosos, malvados, divertidos... Pueden ser igual durante toda la historia o cambiar a lo largo de ella.
Los personajes pueden clasificarse por el orden de su aparición en el relato: principales, cuando las acciones contadas giran a su alrededor y su presencia es indispensable “Doña Bárbara”, “Santos Luzardo”; entre los personajes principales se encuentra el protagonista que es el que más destaca, el que lleva la parte más importante de la acción. En muchos relatos aparece también el antagonista, un personaje negativo, "el malo", que se enfrenta al protagonista. Personajes secundarios, los que comparten las acciones con los principales “el Bachiller Musiquita”, pero en un segundo nivel; los colectivos, forman grupos “el pueblo”; los referenciales, son los nombrados en los episodios pero no están presentes.
c) El ambiente donde se producen los acontecimientos es el marco espacio- temporal que da a lo narrado un fondo de autenticidad. Muchas veces se puede distinguir entre un ambiente físico “una hacienda”, “la casa de la señorita”, y un ambiente psicológico o espiritual, producto de las tensiones presentes en el relato o del ambiente cultural y las costumbres de una zona mencionada en el texto.

El narrador

        El narrador es la persona que cuenta lo que pasa, presenta a los personajes y explica las reacciones de cada uno. Cuando el narrador cuenta los hechos que les suceden a otras personas se expresa en tercera persona y se denomina “narrador omnisciente”. Ej. “El muchacho obedeció cerrando la puerta con suavidad. Luego se acercó a la pared de libros y miró con precaución al otro lado. Allí estaba sentado, en un sillón de orejas de cuero desgastado, un hombre grueso y rechoncho”. (Michel Ende). Si el narrador es también uno de los personajes de la historia y cuenta hechos en los que participa él mismo, se expresará en primera persona; en este caso recibe el nombre de “protagonista”, pero si cuenta en primera persona lo observado, se llamará “narrador testigo”. Ejemplo de narrador en primera persona: “Mi trabajo era múltiple. Vendía accesorios en el mostrador, atendía la caja, cotejaba cada factura con la mercadería correspondiente y en los ratos libres, o en las horas extras, el gerente me llamaba para dictarme cartas que yo tomaba taquigráficamente, Ocho o nueve horas a ese ritmo me dejaban aturdido y fatigado”. (Mario Benedetti).
        En la narrativa contemporánea se observan otras modalidades: el narrador que expone el punto de vista de cada uno de los personajes por medio de un “enfoque narrativo múltiple”, donde se presenta lamisca acción narrada desde diferentes puntos de vista.
Cómo se construye una obra narrativa
      Antes de narrar una historia, hay que planear cómo será el relato y cómo queremos contarlo. Hay que tener en cuenta algunos aspectos: 
  • Definir cuál será la acción que vamos a narrar y decidir qué personajes intervendrán. Hay que elegir unos personajes que tengan una personalidad, una forma de ser y obrar. Hay que pensar bien la relación entre los personajes. Pueden ser compañeros, rivales, muy amigos...
  • Organizar la historia en partes: acontecimiento inicial o planteamiento, reacción - acción o nudo y solución o desenlace. 
  •  Situar la acción en el espacio y en el tiempo. Es importante dar detalles concretos para que la historia parezca real e interesante.
  • Precisar cómo se narrará la historia; cuál será la posición del narrador (primera o tercera persona) y que tiempo verbal predominará en la narración (presente o pasado).
     Al escribir una historia es conveniente intercalar descripciones y diálogos en la narración. Las descripciones permiten contar detalladamente cómo son los personajes, los objetos, el ambiente... Los diálogos permiten conocer a los personajes a través de sus palabras y dan viveza a la narración.

domingo, 11 de julio de 2010

EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA DE MIGUEL DE CERVANTES


NOVELAS DE CABALLERÍA

El libro de caballerías (caballerías eran las hazañas o proezas de un caballero) es un género literario en prosa, de gran éxito y popularidad en España y Portugal en el siglo XVI, que fue víctima de la parodia de Miguel de Cervantes en el libro Don Quijote de la Mancha. Se escriben desde fines del siglo XV hasta 1602 y empiezan a perder su popularidad hacia 1550.

Definición

En estos libros se celebran las hazañas de los caballeros andantes: Amadís, Palmerín, el rey Arturo y los caballeros de la tabla redonda, los doce pares de Carlomagno, Romancero. Como contrapunto a la fiereza y violencia guerrera, está el masoquismo amoroso inspirado en el amor cortés. En España, los libros de caballerías se presentan como crónicas verdaderas, pero su ficción no tiene ninguna conexión, por débil que sea, con la verdad histórica. Esta es una de las principales objeciones de los críticos: que son libros ficticios o mentirosos que se presentan como historia verdadera y real. Los caballeros andantes españoles, como Amadís, son nuevos héroes con dinastías inventadas. Gozan de una inmensa popularidad en España en grandes ciclos o familias (Amadíses, Palmerines, Clarianes, Febos, etc.).


Características

Sus características esenciales son:

• Se trata de ficciones de primer grado: importan más los hechos que los personajes, que suelen ser arquetípicos y planos y son traídos y llevados por la acción, sin que ésta los cambie o los transforme y sin que importe demasiado la psicología de los personajes.

• Estructura abierta: inacabables aventuras, infinitas continuaciones posibles; la necesidad de hipérbole o exageración, la amplificación (cada generación tiene que superar las hazañas, hechos de armas o fama de su padre). Los héroes no mueren, siempre existe un camino abierto para nueva salida. Total falta de verosimilitud geográfica, lógica. Libros larguísimos, de aventuras entrelazadas.

• Búsqueda de honra, valor, aventura a través de diferentes pruebas: es una estructura episódica donde el héroe pasa por distintas pruebas (como, por ejemplo, el paso del "Arco de los fieles amadores" en el Amadís) para merecer a su dama, desencantar a un palacio, o conseguir alguna honra reservada para el mejor caballero de su tiempo. Casi siempre la motivación principal del caballero es la fama y el amor.

• Idealización del amor del caballero por su dama: amor cortesano, servicio de la dama, idolatría masoquista; relaciones sexuales fuera del matrimonio con hijos ilegítimos, pero siempre terminan por casarse.

• Violencia glorificada: valor personal ganado por hechos de armas; combate individual para conseguir la fama; el valor superior implica moralidad superior, excepto jayanes (soberbios); torneos, ordalías, duelos, batallas con monstruos y gigantes. Como contrapunto, masoquismo amoroso.

• Nacimiento extraordinario del héroe: hijo ilegítimo de padres nobles desconocidos, muchas veces reyes; tiene que hacerse héroe, ganar fama y merecer su nombre; muchas veces tiene espada mágica u otros poderes sobrehumanos, y goza de la ayuda de algún mago o hechicero amigo.

• Ideal cristiano de una Guerra Sagrada contra los turcos: Cruzada para defender Constantinopla (perdida de verdad en 1453). Evocación nostálgica de la Reconquista (terminada en 1492).

• Geografía totalmente fantástica: viajes a nuevas tierras; monstruos como el Endriago, gigantes, pueblos paganos con ritos extraños; barcos encantados que pueden navegar distancias enormes en una hora; palacios mágicos, lagos encantados, selvas misteriosas.

• Tiempos históricos remotos, míticos, sin referencias a circunstancias históricas sociales contemporáneas.

• Tópico de la falsa traducción: los libros se presentan como traducidos de originales escritos en griego, alemán, inglés, toscano, árabe u otras lenguas, o como "manuscritos encontrados" después de largo tiempo ocultos o enterrados.

 MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA (1547-1616)

  
          Miguel de Cervantes fue un famoso novelista español, nacido en 1547 en Alcalá de Henares, su padre era un humilde hidalgo que practicaba la cirugía, quizá de ascendencia judía. Durante su infancia y juventud estudió con los jesuitas, en la Universidad de Salamanca y en Madrid como alumno del humanista López de Hoyos. En 1569 fue acogido en Italia al servicio del cardenal Acquaviva, luchando dos años más tarde en Lepanto. En esta batalla resultó herido en una mano, y no manco, como tradicionalmente se le atribuye. Capturado por los turcos en 1575, fue liberado en 1580 por los frailes trinitarios. A su vuelta a España, luchó sin éxito por ver reconocidos sus méritos y no logró pasar a América, al no obtener el permiso necesario. Trabajó como recaudador de impuestos, siendo encarcelado en Sevilla en 1597 por algunos turbios asuntos. Casado 1584 en Esquivias (Toledo), su matrimonio fue desafortunado. Parece que un asunto de faldas le llevó padecer la acción de la justicia en Valladolid. Trasladado a Madrid, entró bajo la protección del conde de Lemos, lo que no impidió que muriera en 1616 inmerso en la pobreza.
A lo largo de su vida escribió numerosas obras y cultivó variados estilos. Comenzó con la novela pastoril, escribiendo la primera parte de La Galatea (1585), sin ningún éxito. Su siguiente trabajo no se producirá hasta veinte años más tarde, siendo éste la primera parte del "Quijote". También se dedicó al teatro, intentando adaptarse a la moda impuesta por el exitoso Lope de Vega. Tampoco en este terreno alcanza el reconocimiento buscado. En 1615 imprime la segunda parte del Quijote, ocho comedias y ocho entremeses, dejando inédita otra obra, Numancia, que no se publicará hasta el siglo XVIII. Es autor también de importantes obras como las Novelas ejemplares (1613), en las que se incluyen excelentes relatos como "Rinconete y Cortadillo", "El licenciado Vidriera" o "La ilustre fregona", por citar algunos, y "Los trabajos de Persiles y Segismunda" (1617). Su obra maestra, "El Quijote", constituye una de las cimas de la literatura universal. Falleció en Madrid en 1616. Con frecuencia se dice que Shakespeare y Cervantes murieron el mismo día y, en efecto, ambos murieron el 23 de abril de 1616. Solo que entonces Inglaterra se regía por el calendario Juliano y España por el Gregoriano, entre los cuales había una diferencia de 10 días, de manera que, de acuerdo con nuestro calendario, Shakespeare murió en realidad el 3 de mayo.

DON QUIJOTE DE LA MANCHA


GENERALIDADES

          El Quijote narra la historia de un hidalgo manchego, de unos cincuenta años, que se vuelve loco por leer muchos libros de caballerías. El protagonista llega a creer que las narraciones caballerescas relatan sucesos reales y, por eso, decide salir de su aldea para buscar aventuras similares a las de sus héroes literarios con el objetivo de “desfacer agravios, enderezar entuertos y proteger doncella”. En su mente, confunde la realidad y la fantasía que ha leído en los libros: así, la venta de un camino le parecerá un castillo; los molinos serán gigantes, y los rebaños se transformarán en ejércitos de conocidos caballeros.


ESTRUCTURA

          El quijote se publicó en dos partes: la primera, escrita en 1605, y la segunda, en 1615.
  •  La primera parte del Quijote relata dos salidas o viajes del protagonista. La primera salida, muy breve (capítulos 1-6), es una pieza casi autónoma. Narra que Alonso Quijano, coge a su viejo caballo, Rocinante, arregla unas viejas armas de sus antepasados y sale en busca de aventuras. En la segunda salida se busca un escudero, el vecino labrador Sancho Panza, a quien convence tras hacerle múltiples promesas.
  • La segunda parte del Quijote recoge un único viaje -la tercera salida- que ocupa los 74 capítulos del libro.
DOS PERSONAJES
Don Quijote constituye el modelo del hombre noble, idealista y bondadoso, pero enajenado en todo lo referente al mundo caballeresco a causa de sus lecturas. La locura de don Quijote muestra aspectos o fases diferentes. En la primera salida don Quijote deforma la realidad, la ve como caballeresca, y además sufre un desdoblamiento de personalidad. En la segunda salida no hay desdoblamiento de personalidad, pero don Quijote transforma la realidad que, en su mente, se convierte en caballeresca. En esta parte de la novela no ocurre nada inverosímil ni extraño, la fantasía está en la mente del protagonista. En la tercera salida el protagonista ve la realidad tal como es, pero los otros personajes le engañan y le convencen de que no ve el mundo caballeresco a causa de los encantamientos.
Sancho Panza representa al hombre llano, con una enorme sabiduría popular, práctico y materialista. Pero al mismo tiempo es crédulo y, a lo largo de la obra, sufre un proceso de quijotización; por eso propone a su amo, ya moribundo, imitar el estilo de vida de los pastores literarios. Uno de los mayores aciertos del Quijote es el lenguaje de Sancho Panza: un lenguaje vivo, popular y enriquecido con numerosos refranes.
  
CAPITULO I


Que trata de la condición y ejercicio del famoso y valiente hidalgo don Quijote de la Mancha
En este capítulo se menciona el sitio donde nació el hidalgo; se da el nombre, su retrato y la descripción de sus costumbres. Se conoce, además, cómo lectura de los libros de caballerías le hace perder el juicio; razón por la cual el hidalgo decide revivir la caballería andante. Entonces, repara sus armas y también le busca un nombre para su caballo: Rocinante. Se pone el nombre de don Quijote y elige por dama a su vecina Dulcinea del Toboso.

             En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

          Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura”. Y también cuando leía: “..los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza”.
          Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recibía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar -que era hombre docto, graduado en Sigüenza-, sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
          En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura.
          En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efecto lo que deseaba.
          Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.
          Fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque, según se decía él a sí mesmo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de manera que declarase quién había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba. Y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante: nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.
          Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde -como queda dicho- tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. Pero, acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por Hepila famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.
          Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él a sí:
-“Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: ''Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante''?
          ¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.



miércoles, 30 de junio de 2010

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER (1836-1870)



NOTA:
El motivo de presentar las siguientes líneas se debe al deseo de que se conozca algo de este poeta español, cuya hermosa producción literaria no forma parte de los programas de Educación Media, pero que tantas veces ha servido de base para el estudio del discurso poético y del Romanticismo. Además, la mayoría de los visitantes de este blog corresponde a estudiantes, llenos de ilusiones en sus corazones jóvenes, donde florece el amor…a ellos van dirigidas las hermosas rimas que se han transcrito, luego de la presentación del autor y de su obra.


EL AUTOR

Gustavo Adolfo Domínguez Bastida, poeta español, nació en Sevilla en 1836 y murió en Madrid en 1870. Fue hijo y hermano de pintores, quedó huérfano a los diez años y vivió su infancia y su adolescencia en Sevilla, donde estudió humanidades y pintura. En 1854 se trasladó a Madrid, con la intención de hacer carrera literaria; sin embargo, el éxito no le sonrió; su ambicioso proyecto de escribir una Historia de los templos de España fue un fracaso, y sólo consiguió publicar un tomo, años más tarde. Para poder vivir, se dedicó al periodismo y elaboró adaptaciones de obras de teatro extranjero, principalmente del francés, en colaboración con su amigo Luis García Luna; ambos adoptaron el seudónimo de «Adolfo García».

Durante una estancia en Sevilla en 1858, estuvo nueve meses en cama a causa de una enfermedad; probablemente se trataba de tuberculosis, aunque algunos biógrafos piensan que era sífilis. Durante la convalecencia, en la que fue cuidado por su hermano Valeriano, publicó su primera leyenda, El caudillo de las manos rojas, y conoció a Julia Espín, según ciertos críticos la musa de algunas de sus Rimas, aunque otros sostienen que se trataba de Elisa Guillén, con quien el poeta mantuvo relaciones hasta que ella lo abandonó en 1860; ella fue la inspiradora, sin duda, de las composiciones más amargas del poeta.

En 1861 contrajo matrimonio con Casta Esteban, hija de un médico, con la que tuvo tres hijos. El matrimonio nunca fue feliz, y el poeta se refugió en su trabajo o en la compañía de su hermano Valeriano en las escapadas de éste a Toledo para pintar. La etapa más fructífera de su carrera fue de 1861 a 1865, años en los que compuso la mayor parte de sus Leyendas; también, escribió crónicas periodísticas y redactó las Cartas literarias a una mujer, donde expone sus teorías sobre la poesía y el amor. Una temporada que pasó en el monasterio de Veruela en 1864, le inspiró Cartas desde mi celda, un conjunto de hermosas descripciones paisajísticas. Económicamente, las cosas mejoraron para el poeta a partir de 1866, en que obtuvo el empleo de censor oficial de novelas, lo cual le permitió dejar sus crónicas periodísticas y concentrarse en sus Leyendas y sus Rimas, publicadas en parte en El museo universal. Pero con la revolución de 1868, el poeta perdió su trabajo, y su esposa lo abandonó ese mismo año. Se trasladó entonces a Toledo con su hermano Valeriano, y allí acabó de reconstruir el manuscrito de las Rimas, cuyo primer original había desaparecido cuando su casa fue saqueada durante la revolución septembrina. De nuevo en Madrid, fue nombrado director de la revista La Ilustración de Madrid, en la que también trabajó su hermano como dibujante. El fallecimiento de éste, en septiembre de 1870, deprimió extraordinariamente al poeta, quien, presintiendo su propia muerte, entregó a su amigo Narciso Campillo sus originales para que se hiciese cargo de ellos tras su óbito, que ocurriría tres meses después del de Valeriano.

LAS RIMAS

La inmensa fama literaria de Bécquer se basa en sus Rimas, que iniciaron la corriente romántica de poesía intimista inspirada en Heine y era opuesta a la retórica y la ampulosidad de los poetas románticos anteriores. La crítica literaria del momento, sin embargo, no acogió bien sus poemas, aunque su fama no dejaría de crecer en los años siguientes. Las Rimas, tal y como han llegado hasta nosotros, suman un total de ochenta y seis composiciones. De ellas, setenta y nueve se publicaron por vez primera en 1871 a cargo de los amigos del poeta, que introdujeron algunas correcciones en el texto, suprimieron algunos poemas y alteraron el orden del manuscrito original (el mencionado Libro de los gorriones, hoy custodiado en la Biblioteca Nacional de Madrid).

El contenido de las rimas ha sido dividido en cuatro grupos: el primero (rimas I a XI) es una reflexión sobre la poesía y la creación literaria; el segundo (XII a XXIX), trata del amor y de sus efectos en el alma del poeta; el tercero (XXX a LI) pasa a la decepción y el desengaño que el amor causa en el alma del poeta; y el cuarto (LII a LXXXVI) muestra al poeta enfrentado a la muerte, decepcionado del amor y del mundo. Las Rimas se presentan habitualmente precedidas de la "Introducción sinfónica" que, probablemente, Bécquer preparó como prólogo a toda su obra.

Fuente: Biografías y vidas: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/b/becquer.htm

SELECCIÓN DE RIMAS

XXX

Asomaba a sus ojos una lágrima
Y a mi labio una frase de perdón;
Habló el orgullo y se enjugó su llanto,
Y la frase en mis labios expiró.

Yo voy por un camino, ella por otro;
Pero al pensar en nuestro mutuo amor,
Yo digo aún “¿Por qué callé aquel día?”
Y ella dirá: “¿Por qué no lloré yo?”.

X

Los invisibles átomos del aire
En derredor palpitan y se inflaman;
El cielo se deshace en rayos de oro;
La tierra se estremece alborozada.
Oigo flotando en olas de armonía
Rumor de besos y batir de alas;
Mis párpados se cierran…¿Qué sucede?
¿Dime?...¡Silencio!...¡Es el amor que pasa!


XVI

Si al mecer las azules campanillas
De tu balcón
Crees que suspirando pasa el viento
Murmurador,
Sabe que, oculto entre las verdes hojas,
Suspiro yo.

Si al resonar confuso a tus espaldas
Vago rumor,
Crees que por tu nombre te han llamado
Lejana voz,
Sabe que, entre las sombras que te cercan,
Te llamo yo.

Si te turba medroso en la alta noche
Tu corazón
Al sentir en tus labios un aliento
Abrazador,
Sabe que, aunque invisible, al lado tuyo
Respiro yo.

XVII

Hoy la tierra y los cielos me sonríen;
Hoy llega al fondo de mi alma el sol;
Hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…
¡Hoy creo en Dios!


XXI

“¿Qué es poesía?”, dices mientras clavas
En mi pupila tu pupila azul.
“¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía…eres tú”.

XXIII

Por una mirada, un mundo;
Por una sonrisa, un cielo;
Por un beso…, ¡Yo no sé
Qué daría por un beso!

XXXIII

Es cuestión de palabras, y, no obstante,
Ni tú ni yo jamás,
Después de lo pasado, convendremos
En quién la culpa está.
¡Lástima que el amor un diccionario
No tenga dónde hallar
Cuándo el orgullo es simplemente orgullo
Y cuándo es dignidad!

XXXV

¡No me admiró tu olvido! Aunque de un día,
Me admiró tu cariño mucho más;
Porque lo que hay en mí que vale algo,
Eso… ¡ni lo supiste sospechar!

XXXVI

Si de nuestros agravios en un libro
Se escribiese la historia,
Y se borrase en nuestras almas cuanto
Se borrase en sus hojas;
Te quiero tanto aún, dejó en mi pecho
Tu amor huellas tan hondas,
Que sólo con que tú borrases una,
¡las borraría yo todas!

XXXVIII

Los suspiros son aire y van al aire.
Las lágrimas son agua y van al mar.
Dime, mujer: cuando el amor se olvida,
¿Sabes tú adónde va?

XLIV

Como un libro abierto
Leo de tus pupilas en el fondo;
¿A qué fingir el labio
Risas que se desmienten con los ojos?
¡Llora! No te avergüences
De confesar que me quisiste un poco.
¡Llora; nadie nos mira!
Ya ves: yo soy un hombre… ¡y también lloro!

XLIX

Alguna vez la encuentro por el mundo
Y pasa junto a mí;
Y pasa sonriéndose, y yo digo:
“¿Cómo puede reír?”
Luego asoma a mi labio otra sonrisa,
Máscara de dolor,
Y entonces pienso: “¡Acaso ella ríe
Como me río yo!”
LI

De lo poco de vida que me resta,
Diera con gusto los mejores años
Por saber lo que a otros
De mí has hablado.
Y esta vida mortal…, y de la eterna
Lo que me toque, si me toca algo,
Por saber lo que a solas
De mi has pensado.


LIII

Volverán las oscuras golondrinas
En tu balcón sus nidos a colgar,
Y otra vez con el ala en sus cristales
Jugando llamarán;
Pero aquellas que el vuelo refrenaban,
Tu hermosura y mi dicha al contemplar;
Aquellas que aprendieron nuestros hombres,
Esas… ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas
De tu jardín las tapias a escalar,
Y otra vez a la tarde, aun más hermosa,
Sus flores se abrirán;
Pero aquellas cuajadas de rocío,
Cuyas gotas mirábamos temblar
Y caer, como lágrimas del día…,
Esas… ¡No volverán!

Volverán del amor en tus oídos
Las palabras ardientes a sonar;
Tu corazón, de su profundo sueño
Tal vez despertará;
Pero mudo y absorto y de rodillas,
Como se adora a Dios ante su altar,
Como yo te he querido…, desengáñate:
¡Así no te querrán!

LV

Cuando volvemos las fugaces horas
Del pasado a evocar,
Temblando brilla en sus pestañas negras
Una lágrima pronta a resbalar.
Y al fin resbala, y cae como una gota
De rocío, al pensar
Que, cual hoy por ayer, por hoy mañana,
Volveremos los dos a suspirar.