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miércoles, 4 de agosto de 2010

EL CANTAR DEL MIO CID


1.- Contexto histórico y social
En la poesía medieval había dos escuelas o mesteres - oficios - : el mester de juglaría, propio de los juglares, y el de clerecía, propio de los clérigos. Entre el mester de juglaría cabe resaltar como características principales la presencia de versos irregulares, que oscilan entre diez y veinte sílabas, y que son mayoritariamente monorrimos, rimando siempre en asonante.
El juglar era el que divertía al rey, a los nobles o al pueblo. Se ganaba la vida ante un público para recrearlo con la música, la literatura, la charlatanería o con juegos de manos, de mímica, de acrobacia, ... También servían como órganos de publicidad y de influencia en la opinión.

2.- Los cantares de gesta. Origen de la épica romance
Los poemas épicos son narraciones en verso de carácter heroico. Su objeto era cantar o relatar la vida de personajes importantes, sucesos notables o acontecimientos de vida nacional que merecieran ser divulgados. Debido a su carácter oral la mayoría de ellos. Su probable origen es que un poeta, que se ha servido de materiales del patrimonio popular o colectivo, los haya redactado.
A lo largo de los siglos los romances se han visto influenciados por raíces germánicas, (la crueldad de las venganzas de la mujer), francesas, debido a las numerosas peregrinaciones a Santiago, y arábigas (las "archuzas", semejantes a nuestra épica).
3.- Autor y fecha del Poema
El poema fue escrito hacia el año 1110, inmediatamente después de sucedidos los hechos por primera vez por un juglar de la zona de San Esteban de Gormaz. En la actualidad, se tiene la siguiente investigación: Según Ramón Menéndez Pidal, sus autores podrían haber sido probablemente dos: el juglar de San Esteban de Gormaz y el juglar de Medinaceli. Esto se cree porque se da mucha importancia a lugares y hechos muy vinculados a estas dos localidades de Soria. Es posible que el juglar de San Esteban de Gormaz viviera en una época muy próxima al Cid, que lo hubiera podido conocer, incluso. Poco después de la muerte del héroe, el juglar de San Esteban de Gormaz podría haber escrito el Cantar de Gesta, en la primera mitad del S. XII. Años más tarde, el juglar de Medinaceli tomaría este cantar y lo modificaría, añadiendo algunas partes y variando otras. Este juglar sería el que incluiría más elementos irreales, el que hizo ganar en drama y ritmo interior al cantar, el que le añadiría más literatura. La versión del juglar de San Esteban de Gormaz dataría de 1110 y la del de Medinaceli de 1140. Hay que destacar el realismo geográfico del poema. Todas las ciudades que se mencionan en él existen y se las sitúa correctamente. Por lo tanto, es posible -y seguro que se va a explotar turísticamente- realizar una ruta del Cid, aunque los lugares que describe con más detalles son los próximos a estos dos pueblos sorianos, como ya se ha dicho.
Hay, por supuesto, otras teorías en torno a la autoría del cantar, incluso se dice que pudo haberse compuesto a finales del S. XII o principios del XIII en una versión única a cargo de un solo poeta que sería burgalés. La copia que se conserva en la Biblioteca Nacional es un códice copiado por otro juglar llamado Per Abbat. Esta copia está incompleta; le falta una hoja en el comienzo y dos en el interior y parece haber sido realizada a principios del siglo XIV para recitarla por pueblos y castillos. Algunos consideran este códice como el original y a Per Abbat como el autor del Poema.

4.- Partes y argumento
El Poema se divide en tres partes o cantares: cantar del Destierro, Cantar de las bodas y Cantar de la afrenta de Corpes
Cantar I. Cantar del Destierro: El Cid sale de Vivar, dejando sus palacios desiertos y llega a Burgos, donde nadie se atreve a darle asilo por temor a las represalias del rey. Una niña de nueve años le ruega que no intente la ayuda por la fuerza para no perjudicar a los moradores de la posada. En la ciudad se aprovecha de la avaricia de unos judíos. El Cid se dirige al monasterio de San Pedro de Cardeña, para despedirse de su esposa, doña Jimena, y de sus dos hijas, a las que deja confiadas al abad de dicho monasterio. Entra luego en tierra de moros, asalta la villa de Castejón y vence a los moros en varias ocasiones, recogiendo un rico botín del que envía parte al rey; continúa sus correrías y derrota y prende al conde Barcelona, liberándole poco después.
Cantar II. Cantar de las Bodas: Refiere fundamentalmente la conquista de Valencia. El Cid vence al rey moro de Sevilla y envía un nuevo presente al rey Alfonso VI, lo que permite el reencuentro del Cid con su familia. Poco después la ciudad es sitiada por el rey moro de Marruecos; el Cid le derrota y envía un tercer presente al rey Alfonso. Los infantes de Carrión solicitan al rey de Castilla las hijas del Cid en matrimonio y el rey y señor del Cid interviene para lograr el consentimiento de aquel y lo perdona solemnemente. Con los preparativos termina el Cantar.
Cantar III. La afrenta de Corpes:  Los infantes de Carrión quedan en ridículo ante los cortesanos del Cid por su cobardía en el campo de batalla y por el pánico que demuestran a la vista de un león escapado, deciden entonces vengar las burlas de que han sido objeto, para ello parten de Valencia con sus mujeres y, al llegar al robledal de Corpes las abandonan, después de azotarlas bárbaramente. El Cid pide justicia al rey. Convocadas las cortes en Toledo, los guerreros del Campeador desafían y vencen a los infantes, que son declarados traidores. El Poema con las nuevas bodas de las hijas del Cid, doña Elvira y doña Sol, con los infantes de Navarra y Aragón.

5.- Estructura

En el poema hay dos tramas que se cruzan:
El tema del deshonor: eje central de la obra, motivado por el injusto destierro del Cid ; continúa con el progresivo engrandecimiento del Cid mediante sus victorias y las riquezas que éstas le procuran y finalmente se describe la entrada triunfal del Cid en Valencia
Las bodas de las hijas del Cid y el injusto trato que estas reciben por parte de los infantes de Carrión: esto motiva que el Cid obtenga la culminación de su honor. Finalmente las hijas del Cid se casan con los infantes de Navarra y Aragón.

6.- Aspectos formales: métrica y estilo 
 Métrica: Característica: versificación irregular : medida de los versos oscila entre las 10 y las 20 sílabas, aunque se aprecia un predominio de los de 14, 15 y 13 con hemistiquios de 6, 7 y 8 sílabas combinados preferentemente en 7 + 7, 7 + 8 y 6 + 7. Los versos están agrupados en series o tiradas que encierran una misma idea, cuya asonancia es más o menos continua. Suele cambiarse la asonancia cuando la narración da paso al discurso directo o viceversa y cuando una nueva escena o tema.
Estilo: Con el propósito de ennoblecerlos el poeta dota a los personajes de cualidades excelentes mediante el epíteto épico - "el que en buen hora nació", "el bueno de Vivar", o de adjetivos caracterizadores, ponderativos o afectivos que se extienden no sólo al héroe, sino también a su mujer, a su caballo, ... Visualiza las escenas de emocionantes mediante expresiones deícticas, señaladoras - afectos (heos aquí), veriedes - porque presupone un auditorio; en estos casos el autor se introduce en la obra haciendo sus propios comentarios. El vocabulario que alude a prácticas legales, usos feudales, arte de la guerra y ropajes es amplio y sirve para dar a conocer costumbres y modos de vida. Se usa con cierta frecuencia el ablativo absoluto. Hay pleonasmos - llorando de los ojos - que intensifican la expresión emotiva. Se suelen anteponer el artículo al adjetivo, con lo que se le individualiza y se le atribuye la cualidad en exclusiva - Castilla la gentil, Valencia la clara. Abundan las descripciones de personas, batallas y lugares. Para terminar hay que destacar la claridad, simplicidad y a la vez severa grandeza que el poeta confiere a la narración que discurre con rapidez y viveza (dinamismo). La ornamentación es sobria y la adjetivación escasa. La expresión adquiere una infinita gama de matices que van desde lo finamente irónico a lo dramático.

7.- Temas
En primer lugar se señala el tema del restablecimiento del honor del héroe, perdido a causa del destierro. Entonces el concepto del honor equivalía a "posición o rango social".
La ascensión del Cid al poder es otro de los temas. El destierro que sufre el héroe supone el desamor del rey y la muerte jurídica del Cid. Para conseguir el poder lucha y gana batallas y riquezas a las que se les concede gran importancia en la obra. En la lucha por el poder son importantes las hijas, por las que siente gran ternura, pero las mueve en el tablero según sus conveniencias como cualquier señor medieval.
También hay que destacar el tema de la integridad. El Cid se demuestra íntegro en un sentido cristiano, feudal y social. Esta integridad le gana la adhesión de sus vasallos y su generosidad y fidelidad le hacen recuperar el favor del rey. Es tierno y humano en el amor a su familia y a sus amigo, religioso, cortés, astuto, discreto y valiente en la lucha.

 8.- Historicidad, ficción y realismo
El poema tiene un gran valor histórico, porque gran parte de los personajes y hechos que nos muestra están atestiguados históricamente. Sin embargo, la intensa exaltación priva al texto de cierta imparcialidad y exactitud que, cosa que, por otra parte, tampoco era buscada por el autor. El realismo es otro valor añadido al Poema. Las batallas, los lugares geográficos citados, las costumbres, vestidos y comida, aparecen descritos con fidelidad y con una base real.

El Cid real. Rodrigo Díaz de Vivar nació en un pueblo de Burgos (Vivar) hacia el año 1040. Al morir el rey al que servía, Sancho de Castilla, en el cerco de Zamora, Rodrigo intentó vengar su muerte y cayó en desgracia ante el nuevo rey Alfonso VI de Castilla que lo desterró. Conquistó y gobernó la ciudad de Valencia hasta que murió en el año 1099. Sus restos fueron trasladados al monasterio de Cardeña (Burgos) y fue allí donde comenzaron a narrarse sus grandes hazañas.
El Cid literario. En la obra, el Cid aparece idealizado y engrandecido para destacar su heroísmo. El Cid representa al héroe colectivo vencedor en mil batallas y siempre fiel a su rey a pesar de haber sido tratado injustamente. En el Poema, el Cid se nos presenta como un guerrero invencible; pero también como un personaje tierno y muy humano que ama a Dios, a los suyos y que valora la amistad y la fidelidad. El Cid es el modelo de hombre medieval: lucha por su Dios, por su rey y por su fe contra los enemigos de su patria y su religión.

 Fuentes de esta información:
  
CANTAR PRIMERO: EL DESTIERRO DEL CID
 FRAGMENTO: TIRADA 1


 1.
 El Cid convoca a sus vasallos; éstos se destierran con él.
 Adiós del Cid a Vivar.
(Envió a buscar a todos sus parientes y vasallos, y les dijo cómo el rey le mandaba salir de todas sus tierras y no le daba de plazo más que nueve días y que quería saber quiénes de ellos querían ir con él y quiénes quedarse.

 A los que conmigo vengan que Dios les dé muy buen pago;
 también a los que se quedan contentos quiero dejarlos.
 Habló entonces Álvar Fáñez, del Cid era primo hermano
"Con vos nos iremos, Cid, por yermos y por poblados;
 no os hemos de faltar mientras que salud tengamos,
 y gastaremos con vos nuestras mulas y caballos
 y todos nuestros dineros y los vestidos de paño,
 siempre querremos serviros como leales vasallos."
 Aprobación dieron todos a lo que ha dicho don Álvaro.
 Mucho que agradece el Cid aquello que ellos hablaron.
 El Cid sale de Vivar, a Burgos va encaminado,
 allí deja sus palacios yermos y desheredados.
 Los ojos de Mío Cid mucho llanto van llorando;
 hacia atrás vuelve la vista y se quedaba mirándolos.
 Vio como estaban las puertas abiertas y sin candados,
 vacías quedan las perchas ni con pieles ni con mantos,
 sin halcones de cazar y sin azores mudados.
 Y habló, como siempre habla, tan justo tan mesurado:
 "¡Bendito seas, Dios mío, Padre que estás en lo alto!
 Contra mí tramaron esto mis enemigos malvados".

 2
Agüeros en el camino de Burgos
 Ya aguijan a los caballos, ya les soltaron las riendas.
 Cuando salen de Vivar ven la corneja a la diestra,
 pero al ir a entrar en Burgos la llevaban a su izquierda.
 Movió Mío Cid los hombros y sacudió la cabeza:
 "¡Ánimo, Állvar Fáñez, ánimo, de nuestra tierra nos echan,
 pero cargados de honra hemos de volver a ella! "
3
El Cid entra en Burgos
 Ya por la ciudad de Burgos el Cid Ruy Díaz entró.
 Sesenta pendones lleva detrás el Campeador.
 Todos salían a verle, niño, mujer y varón,
 a las ventanas de Burgos mucha gente se asomó.
 ¡Cuántos ojos que lloraban de grande que era el dolor!
 Y de los labios de todos sale la misma razón:
 "¡Qué buen vasallo sería si tuviese buen señor!"
 4
Nadie hospeda al Cid.
 Sólo una niña le dirige la palabra para mandarle alejarse.
 El Cid se ve obligado a acampar fuera de la población, en la glera.
 De grado le albergarían, pero ninguno lo osaba,
 que a Ruy Díaz de Vivar le tiene el rey mucha saña.
 La noche pasada a Burgos llevaron una real carta
 con severas prevenciones y fuertemente sellada
 mandando que a Mío Cid nadie le diese posada,
 que si alguno se la da sepa lo que le esperaba:
 sus haberes perdería, más los ojos de la cara,
 y además se perdería salvación de cuerpo y alma.
 Gran dolor tienen en Burgos todas las gentes cristianas
 de Mío Cid se escondían: no pueden decirle nada.
 Se dirige Mío Cid adonde siempre paraba;
 cuando a la puerta llegó se la encuentra bien cerrada.
 Por miedo del rey Alfonso acordaron los de casa
 que como el Cid no la rompa no se la abrirán por nada.
 La gente de Mío Cid a grandes voces llamaba,
 los de dentro no querían contestar una palabra.
 Mío Cid picó el caballo, a la puerta se acercaba,
 el pie sacó del estribo, y con él gran golpe daba,
 pero no se abrió la puerta, que estaba muy bien cerrada.
 La niña de nueve años muy cerca del Cid se para:
 "Campeador que en bendita hora ceñiste la espada,
 el rey lo ha vedado, anoche a Burgos llegó su carta,
 con severas prevenciones y fuertemente sellada.
 No nos atrevemos, Cid, a darte asilo por nada,
 porque si no perderíamos los haberes y las casas,
 perderíamos también los ojos de nuestras caras.
 Cid, en el mal de nosotros vos no vais ganando nada.
 Seguid y que os proteja Dios con sus virtudes santas."
 Esto le dijo la niña y se volvió hacia su casa.
 Bien claro ha visto Ruy Díaz que del rey no espere gracia.
 De allí se aparta, por Burgos a buen paso atravesaba,
 a Santa María llega, del caballo descabalga,
 las rodillas hinca en tierra y de corazón rogaba. 
Cuando acabó su oración el Cid otra vez cabalga,
 de las murallas salió, el río Arlanzón cruzaba.
 Junto a Burgos, esa villa, en el arenal posaba,
 las tiendas mandó plantar y del caballo se baja.
 Mío Cid el de Vivar que en buen hora ciñó espada
 en un arenal posó, que nadie le abre su casa.
 Pero en torno suyo hay guerreros que le acompañan.
 Así acampó Mío Cid cual si anduviera en montaña.
 Prohibido tiene el rey que en Burgos le vendan nada
 de todas aquellas cosas que le sirvan de vianda.
 No se atreven a venderle ni la ración más menguada.

 Material seleccionado de la siguiente Fuente:


miércoles, 28 de julio de 2010

HOMERO


Homero (en griego Oμηρος Hómēros) fue un poeta y rapsoda griego antiguo al que tradicionalmente se le atribuye la autoría de las principales épicas griegas —La Ilíada y La Odisea—, la épica menor cómica Batracomiomaquia («La guerra de las ranas y los ratones»), el corpus de los himnos homéricos, y varias otras obras perdidas o fragmentarias tales como Margites. Algunos autores antiguos le atribuían el Ciclo Épico completo, que incluía más poemas sobre la Guerra de Troya así como poemas tebanos sobre Edipo y sus hijos. En todo caso, no cabe duda de que es el pilar sobre el que se apoya la épica grecolatina y, por ende, la literatura occidental.

En la figura de Homero confluyen realidad y leyenda, la tradición sostenía que Homero era ciego, y varias ciudades jónicas reclamaban ser su lugar de nacimiento, pero por lo demás su biografía es una hoja en blanco. Entre los investigadores hay considerable debate sobre si Homero fue una persona real o bien el nombre dado a uno o más poetas orales que cantaban obras épicas tradicionales. Se ha cuestionado repetidamente si el autor de La Ilíada y La Odisea fue el mismo poeta, pues sí suele estarse de acuerdo en que la Batracomiomaquia, los himnos homéricos y los poemas cíclicos son posteriores a estos dos poemas épicos. Sin embargo, en la antigüedad clásica no sólo no existían estas dudas sino que se consideraban sus dos obras principales (La Ilíada y La Odisea) como relatos históricos reales.

Nada seguro se sabe sobre su vida. Muchas ciudades se disputaron el honor de ser su patria. Existe una tradición que le supone ciego, pero este detalle es puramente legendario. Fue jonio, es probable que naciera en Esmirna, viviera en Quíos y muriera en Ios. Heródoto supone que vivió hacia 850 a. J.C.; nadie ha rebatido esta fecha. Se le considera autor de la Ilíada y de la Odisea, que suman, entre las dos, 27.800 versos. Los himnos homéricos y la Batracomiomaquia, que también le fueron atribuidos, son posteriores. La gloria de Homero fue inmensa. Ningún poeta ha sido objeto de una admiración tan constante y tan ferviente.


LA ILIADA

La Ilíada consta de 24 cantos y unos 15.000 versos. Temporalmente se la puede ubicar en el último año de la guerra de Troya, que constituye el hecho que ambienta y da sentido al poema. Narra la historia del héroe griego Aquiles quien es ofendido por su superior, Agamenón, y causa su retiro de la batalla. Los griegos sufren terribles derrotas a manos de los troyanos. Patroclo se pone a la cabeza de sus tropas, pero muere en el combate, y Aquiles, presa de furia y rencor, dirige su odio hacia los troyanos, y hacia Héctor (hijo del rey Príamo), a quien derrota.

LA ODISEA

La Odisea consta de unos 10.000 versos divididos en 24 cantos, y narra el regreso de Ulises, el héroe griego (también llamado Odiseo) de la guerra de Troya. Durante su ausencia, un grupo de pretendientes de su esposa Penélope está acabando con sus bienes. La epopeya abarca sus diez años de viajes, y los diversos peligros con los que se debió enfrentar, (como el cíclope), continúa con la llegada de Ulises a su isla natal, Ítaca. Allí prueba la lealtad de sus sirvientes, ejerce venganza contra los pretendientes de Penélope, y logra volver a reunirse con su hijo, su esposa y su padre.

OTROS DATOS DE INTERÉS PARA CONOCER MÁS DE LOS POEMAS HOMÉRICOS

La Guerra de Troya

La guerra de Troya y su continuación constituye uno de los núcleos más importantes de las denominadas leyendas heroicas, en las que según la tradición se inspiró Homero, el más antiguo poeta griego conocido ( s. VIII a. C.), para componer los dos grandes poemas épicos: la Ilíada y la Odisea, gracias a los cuales, y a las fuentes de aquel acontecimiento que nos han llegado podremos reconstruir paso a paso aquella importante lucha. La Guerra de Troya, relato “épico”, no es exactamente ni mítico ni histórico: se sitúa en la encrucijada del mito y de la historia, y participa, simultáneamente, de las características de ambos. Por tanto, es posible pasar del mito a la leyenda, y de la leyenda a la historia.

Así, pues, los sucesos de la Guerra de Troya se encuentran entremezclados por la mitología y la leyenda. Tucídides, antiguo historiador griego, quien trataba las tradiciones como datos históricos, sometidos a la crítica, fue quien trató sobre los primeros episodios de la historia de la Guerra de Troya. De las nueve ciudades superpuestas en Troya, Troya VI fue destruida por el fuego aproximadamente en la época en que las tradiciones ubicaban la guerra de Troya (1194-1184 a.C.).


Homero cita a Troya como la del ancho camino; dice que "Troya tenía una calle ancha en torno a la ciudad, en el interior de las murallas. Estas murallas fueron edificadas por dos dioses y un mortal, y el sector construido por este último era más débil y resultó vulnerable: las murallas de Troya eran más débiles en un punto (donde el acceso era más difícil), y esto coincide con la descripción homérica". Los poemas de poetas que iban de un lugar a otro, llamados "aedos" y los poemas épicos de Homero cantan a los héroes de episodios bélicos. La Guerra de Troya sucedió a principios del Siglo XII antes de Cristo, cuando el Rey de Micenas, Atreo (padre de Agamenón), dirigió el ataque contra Troya.

Según la leyenda, Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, rapta a Helena (otras versiones dicen que se la entrega la diosa Afrodita), la mujer de Menelao, rey de Esparta. Para rescatarla y en venganza, Menelao solicita la ayuda de su hermano Agamenón, rey de Micenas. Con el apoyo de todos los reyes griegos inician la guerra a Troya. La guerra fue larga pues también intervenían los dioses, se enfrentaban entre ellos, ayudando a los troyanos en ocasiones, y en otras a los griegos. La Ilíada de Homero trata sobre un episodio de esta guerra, en el último año de acciones bélicas.

El Juicio de Paris, y el rapto de Helena

Se celebraban las bodas de Peleo, rey de Ptía en la región de Tesalia, con la nereida Tetis, y a la ceremonia fueron invitadas todas las divinidades, a excepción de Eris ( la Discordia). Durante el banquete apareció Eris y, dirigiéndose al cortejo de diosas allí presente, les arrojó con desprecio una manzana de oro en la que podía leerse: “regalo para la diosa más hermosa”. Tras una serie de exclusiones, la elección quedaría reducida a: Hera, Atenea y Afrodita. Éstas solicitaron de Zeus que actuara de árbitro en la concesión del preciado premio, pero éste, sugirió que fueran a buscar a Paris, (hijo de Príamo, rey de Troya) experto en estas lides, que apacentaba en el monte Ida los rebaños reales de la ciudad.

Un oráculo había predicho a Príamo que su hijo causaría la ruina de su familia y de su ciudad, y por eso el rey resolvió alejarlo, obligándole a realizar un oficio de pastor, no acorde con su condición de príncipe. Paris compartía su vida sentimental con la ninfa Enone, y su padre Príamo hacía tiempo que no sabía de él. Cierto día Paris ve aparecer ante él las bellísimas figuras de las tres grandes diosas, que le expusieron el objeto de su visita. Una a una le intentaron sobornar con promesas muy sugerentes: Hera le prometió el poder sin límites, Atenea, la sabiduría y, por último, Afrodita, el amor de la mujer más bella de aquel entonces. Paris que tenía ya fama de ser un mujeriego, no dudó un instante y concedió la manzana a la diosa del amor. Así fue el famoso Juicio de Paris, inmortalizado por las artes, y cuya decisión sería el origen y causa de la Guerra de Troya.

La mujer más bella era Helena, pero existía un problema: estaba casada con Menelao, rey de Esparta, por muerte de su suegro Tindáreo. Sin embargo, Afrodita condujo a Paris a Esparta, donde Menelao y Helena atendieron maravillosamente al huésped ( las leyes de hospitalidad en aquella época eran sagradas), sin sospechar nada. Menelao tuvo que ausentarse a Creta para estar presente en las exequias del rey cretense Catreo, y Helena tuvo que reemplazar a su esposo en las funciones de anfitrión. Afrodita hizo el resto: Helena se entrega irremisiblemente a los encantos del huésped.

Cuando Menelao regresó se encontró con la desagradable nueva de que se habían marchado “ los enamorados” hacia Troya. Sus lamentos estremecieron no sólo al Peloponeso, sino a toda Grecia. La afrenta fue mayor, pues Paris se había aprovechado de las leyes de hospitalidad para conseguir su objetivo. Entonces Menelao, apela al juramento realizado por los príncipes griegos cuando Helena le había escogido, les convocó a todos ellos para hacerse a la mar y reducir a cenizas a la ciudadela de Troya. Sin embargo, no fue sólo el rapto de Helena el motivo del conflicto bélico, sino que en primera instancia por el odio que Hera y Atenea sintieron contra Paris al verse postergadas, jurando venganza sobre él y el pueblo troyano, por extensión.

Preparativos para la guerra

Según algunas versiones, durante el viaje de regreso a Troya, Paris y Helena sufrieron las iras de Hera, que desvió la nave en la que viajaban hacia la ciudad fenicia de Sidón (actual Libano. La Ilíada alude a este episodio. Parece ser que algún hermano de Paris le instó a que devolviera a Helena a su esposo, por los grandes males que su rapto acarrearía. Pero Príamo que, ya anciano, por fin recuperaba a su hijo Paris, tras su largo ostracismo por culpa del oráculo, decide que se queden, y poco después se celebró la boda.

Agamenón, hermano del ultrajado Menelao, fue nombrado jefe supremo de la expedición contra Troya. Primero, intentaron con embajadores exigir la inmediata devolución de Helena. Pero Príamo aprobó la conducta de su hijo, y les recordó que los mismos griegos en otro tiempo habían raptado a diversas princesas, e incluso a Hesíone, su propia hermana. Regresan los embajadores con la negativa de Príamo. Entonces se inician los preparativos para la guerra. Agamenón reúne una extraordinaria flota, con los más importantes príncipes de toda Grecia, incluso los dos más reticentes al principio: Odiseo y Aquiles. En efecto, Odiseo, casado con Penélope y con un hijo, Telémaco, al saber que lo andaban buscando, simuló haber perdido la razón y con ropa de campesino fingió sembrar sal en sus campos en lugar de trigo. Pero el emisario utilizó otra estratagema: colocó a su hijo Telémaco delante de la reja del arado de su padre, con lo que Odiseo no tuvo más remedio que girar la reja del arado, salvando así a su hijo de una muerte segura, pero a la vez demostrando que estaba cuerdo. Como el juramento era sagrado, Odiseo, a regañadientes, siguió al mensajero.

Aquiles, por su parte, era hijo de Peleo, y de la nereida Tetis. Cuando nació Aquiles, su madre lo sumergió en la laguna Estigia, haciéndolo invulnerable, salvo por la parte por donde lo había sujetado. ( otra versión nos cuenta que queriendo hacer inmortales a los hijos que va teniendo, Tetis los arroja recién nacidos al fuego, a escondidas de Peleo. Así perecieron seis hijos. El séptimo sería Aquiles. Tetis se dispone a hacer lo mismo, pero Peleo, se lo arrebata. Tetis confía luego su hijo al centauro Quirón para que se encargue de su educación)

La nereida sabía que si su hijo iba a la guerra perecería. Por ello lo disfrazó de mujer y lo envió a la corte del rey Licomedes. Agamenón encargó a Odiseo que averiguara dónde se hallaba escondido Aquiles. Odiseo se disfrazó de mercader ambulante y se presento en el palacio de Licomedes. Todas las mujeres y muchachas quisieron comprar al improvisado vendedor muñecas, cosméticos y abalorios femeninos, excepto Aquiles que, despreocupado, se fijó en unas espadas y puñales que el astuto Odiseo había ocultado entre las otras prendas femeninas. Y así descubrió el engaño, y le instó a que se incorporara a la flota hacia Troya.

Homero refiere que la flota griega se componía de 1070 naves. Según el historiador Tucídides, el ejército lo componían 75.000 combatientes. Agamenón, rey de Micenas, sería el caudillo supremo. En la Ilíada se nos indica un largo catálogo de los pueblos helénicos que participaron en la guerra, entre otros: arcadios, atenienses, espartanos, beocios, cretenses, eubeos, itacenses, mirmidones, tesalios, etc. Por lo que se refiere a los troyanos, tuvieron como aliados a los siguientes- algunos mítico-legendarios-: amazonas, ciconios, dardanios, frigios, pelasgos, persas, etíopes, etc. Los propios dioses se dividieron en dos bandos: a) Poseidón, Hera y Atenea: ayudarán a los griegos. b) Afrodita y, ocasionalmente, Ares y Apolo a los troyanos. Zeus prefirió mantenerse neutral, aunque al principio manifestó predilección por Héctor, hijo de Príamo y hermano del raptor Paris, el más valiente de los jefes troyanos.

La cólera de Aquiles

Al cumplirse el décimo año de la guerra, Troya se hubiera rendido ya por falta de agua y provisiones, y de ayuda exterior. Pero, entonces en el campo griego estalló la discordia, una vez más con una mujer como causa. Sucedió que los griegos habían hecho prisionera a la bella Criseida, hija de Crises, sacerdote de Apolo. Agamenón, lleno de soberbia, esgrimió el derecho que le daba el hecho de ser caudillo supremo y se quedó con la joven como botín. El anciano sacerdote se presenta ante el campamento griego, y solicita la devolución de su hija, como único sostén de su vejez. Agamenón lo rechazó bruscamente. Críses entonces suplica a Apolo. Éste atendió las súplicas de su ministro y desde lo alto empezó a disparar sus ardientes fleches ( la peste), que diezmaron el ejército griego. Se extendió la peste por el campamento griego y las piras ardían sin descanso.

Por consejo de Aquiles se reunieron los jefes griegos en asamblea. Convocaron al adivino Calcante y le interrogaron sobre el origen de la cólera de Aquiles. El sacerdote expuso su temor en confesarla, a menos que Aquiles no garantizara su seguridad. Finalmente Calcante afirmó que el mal sólo desaparecería si Criseida era devuelta a su padre Crises. Agamenón se vio obligado a ceder a regañadientes. Devuelve a Criseida, pero encarga a dos hombres que se dirijan a la tienda de Aquiles y se lleven a su esclava Briseida, de quien el propio Aquiles estaba enamorado. Éste les tranquilizó a estos emisarios, pero les advirtió que Agamenón pagaría caro su atrevimiento. Desde ese momento Aquiles se negó a participar en la lucha, encerrándose en su tienda. Su propia madre Tetis le espoleó en su decisión, con el fin de salvar también el hado que pendía sobre su hijo.. A requerimiento de éste se presentó ante Zeus para que protegiera a los troyanos. Zeus consintió, aunque temía la cólera de su esposa Hera, dedicada a favorecer al bando griego, y aparentaba mostrarse neutral.

Durante los meses que duró la ausencia de Aquiles, los combates entre griegos y troyanos se sucedieron, llevando los griegos su peor parte. De pronto los dos bandos deciden parar y resolver que la contienda se decida entre el ofendido, Menelao, y el ofensor, Paris, en un combate singular. Éste, espoleado por su hermano Héctor, sale a combatir de la mejor manera que sabe: arrojó una lanza a Menelao que detuvo con su escudo. Cuando estaba a punto de sucumbir a manos de Menelao, Afrodita, su benefactora, se lo lleva del combate escondido en una nube, y regresa al lecho conyugal. Ambos ejércitos convinieron que, por la huida de Paris, Menelao era el justo vencedor; y los troyanos hubieran devuelto a Helena, si Hera y Atenea no hubieran instigado a los troyanos. Así, un soldado de los troyanos no aguantó más y disparó una flecha sobre Menelao. La improvisada tregua se rompió, y continuó la guerra.

Muerte de Patroclo, y venganza de su amigo Aquiles

Afrodita acude en ayuda de su hijo Eneas, cuando éste –el más valiente de los troyanos después de Héctor- estuvo a punto de perecer ante la acometida de Diomedes, quien llegó a herir a la diosa. Ésta abandonó a su hijo. Refugiándose junto a su padre Zeus en el Olimpo. Apolo sustituyó a Afrodita, salvando a Eneas y llevándoselo envuelto en una nube a la ciudad de Pérgamo, en donde su hermana Ártemis le curó la herida . Eneas no podía morir, pues el destino le había reservado que de su estirpe nacerían Rómulo y Remo, fundadores de Roma. Diomedes se creció y, animado por Hera, hirió por segunda vez al mismísimo dios de la guerra Ares. Atenea guió la lanza del héroe. El dios de la guerra tuvo que abandonar el campo de batalla. Zeus recordando la promesa hecha a Tetis, inclinó la balanza a favor de los troyanos. Héctor, gracias a esta ayuda divina, consiguió que los griegos se refugiaran junto a sus naves. Los griegos, reunidos en asamblea, deciden con Agamenón a la cabeza regresar a Grecia. Pero Odiseo le instó que debía de una vez por todas devolver a Briseida a Aquiles, para poder deponer su cólera. Agamenón prometió que así lo haría, pero Aquiles no se fió de tal promesa y también se preparaba para el regreso. Hera, entre tanto, roba el cinturón de Afrodita, y distrae a Zeus de la lucha. Acusa a Poseidón de haber sido artífice de la victoria momentánea de los griegos. Zeus ordenó a Iris que le comunicara a Poseidón que se retirara del lugar para que así se cumplieran sus deseos. Patroclo corrió hacia la tienda de su amigo Aquiles y le solicitó que depusiera su cólera y saliera a defender el campamento griego. Ante la negativa de éste , porque deseaba preservar su honor mancillado, Patroclo le pidió por lo menos que le dejara vestir su armadura. Con ella consiguió que los troyanos le tomaran por el mismísimo Aquiles. Pero de pronto se encontró con su destino, y con Héctor, que con ayuda de un mortal, Euforbio, un dios, Apolo, y él mismo consiguen arrebatar la vida de Patroclo. Éste previamente había matado a un hijo de Zeus, el troyano Sarpedón.

Cuando le comunicaron a Aquiles la muerte de Patroclo su dolor no tuvo límites. Su primera intención fue quitarse la vida, pero su madre, presurosa, acudió a ayudarle. Decidió entonces vengar la muerte de su amigo. De este modo la cólera de Aquiles llegó a su fin, transformándose en ira exacerbada hacia Héctor. Tetis, muy a su pesar, trajo a su hijo nuevas armas fabricadas por el propio Hefesto. La aparición de Aquiles en combate cambió el signo de la batalla: eran los troyanos los que retrocederían hacia la fortaleza de Troya. Héctor decidió retar a Aquiles a un combate singular, sabiendo que ese sería el último combate de su vida. La última despedida de su esposa Andrómaca y de su hijo, Astianacte, conmovedoras, no consiguen que el héroe deponga su actitud.

El Destino había dispuesto para Héctor su muerte a manos de Aquiles. Los dioses reunidos en asamblea, y Zeus, extendiendo una balanza de oro, puso en los platillos dos pesas, observando que el platillo de Héctor descendía hacia el Hades. Apolo, muy a pesar suyo, tuvo que abandonar a su protegido. Héctor en el combate comprendió que los dioses le habían dejado solo. Aquiles con la inestimable colaboración de Atenea consigue atravesar la garganta con la lanza a su enemigo Héctor. Aquiles, ensoberbecido, anuncia que entregaría el cadáver de Héctor a los perros. Héctor, agonizante, le suplicó que fuera devuelto a su ciudad para que se le rindieran honores fúnebres. Pero su alma se marchó al Hades, lamentando hasta los dioses su destino.

Funerales de Patroclo y de Héctor

Aquiles, vencedor, despojó a Héctor de su armadura, ató sus pies con cordones de cuero que unció a su carro y se dirigió hacia las murallas de Troya, alrededor de la que dio tres vueltas, arrastrando el cadáver de Héctor. Además ordenó que el cadáver del héroe troyano fuera privado de los honores de sepultura y entregado a los buitres. Los gritos de dolor de Príamo y Hécuba ante la muerte de su hijo, y de todos los troyanos resonaron en la ciudadela.

En el Olimpo, el maltrato infligido a los restos de Héctor era del desagrado de la mayoría de los Inmortales y, especialmente, de Zeus. Éste envía a Iris a Troya para que recomiende a Príamo que se presente ante Aquiles con un carro repleto de magníficos tesoros y le solicite con humildad el cuerpo de su hijo. Así lo hace. Aquiles, en un principio impasible – preparaba la pira que había de consumir el cadáver de su amigo Patroclo, organizando unos solemnes funerales para éste, y los juegos que debían conmemorar su muerte- consiguieron finalmente ablandar el corazón del Pelida que, abrazando al anciano padre de su encarnizado enemigo, le entrega a su hijo para que se le tributen los honores debidos. Griegos y troyanos convienen una tregua para que se celebren sendos funerales: el de Patroclo ( los griegos) y el de Héctor ( los troyanos).

El cadáver de Héctor regresó a Troya y hubo lamentaciones durante nueve días, finalmente fue incinerado, recogiendo sus calcinados huesos y depositándolos en un sudario púrpura dentro de una urna de oro, que enterraron en una magnífica tumba. Así concluye la Ilíada, de Homero, pero la guerra continuó.

Acontecimientos ocurridos después de la muerte de Héctor

Lo que sucedió tras la muerte de Héctor hay que reconstruirlo a través de las leyendas heroicas posteriores, las llamadas post homéricas (algunas de ellas, más o menos fragmentadas): la Odisea, en tragedias de Sófocles y Eurípides, en la Eneida de Virgilio-. En ellos se cuenta, por ejemplo la muerte a manos de Aquiles de la amazona Pentesilea, nada menos que la hija de Ares que juraría no descansar hasta dar muerte a Aquiles.

Los troyanos quedaron tan desmoralizados que pensaron evacuar la ciudad. El Destino quiso que cuando Aquíles perseguía a los troyanos hasta las mismas puertas de la ciudad, una flecha disparada por Paris y guiada por Apolo, su tenaz enemigo, le alcanzara en el talón, su único punto vulnerable. Áyax Telamón retiró su cadáver del campo de batalla y Odiseo rechazó a los troyanos.

Los griegos celebraron solemnes honras fúnebres en honor de su mejor héroe y su madre, al oír los lamentos, acudió, formando con sus lágrimas un verdadero río. Se cuenta que después de incinerado sus cenizas se mezclaron en la urna con las de su amigo Patroclo. Tras la desaparición de su hijo, Tetis ofreció sus invulnerables armas al héroe griego más valeroso de los que quedaban vivos. (En la Pequeña Ilíada se narra el famoso Juicio de las armas) Áyax Telamón y Odiseo se disputaron la herencia, hasta que una asamblea que fuera Odiseo el vencedor con un voto de diferencia.

Áyax, sintiéndose ultrajado, se volvió loco, corriendo por el campo de batalla matando a carneros y cabras, pensando que estaba matando a Agamenón, Menelao, y el propio Odiseo. Vuelto a su sano juicio, y calibrando la burla que recibiría de sus compañeros, se arrojó sobre su espada (regalo del propio Héctor por su valentía) Agamenón, al conocer el desgraciado fin, no quiso que un suicida recibiera honras fúnebres. Pero Odiseo, que mientras vivía había sido un noble rival, condescendió, con lo que su pira fue tan grande como la del propio Aquíles.

Introducción en Troya del Caballo de Madera: destrucción de la ciudadela. Según un oráculo, Troya sería inexpugnable mientras los griegos no consiguieran las armas de Heracles en poder de Filoctetes, y el Paladio, una estatua de Atenea, que se guardaba en la ciudadela de Troya. Odiseo, junto con Diomedes, disfrazados, consiguió robar la estatua. Odiseo, con engaño, consiguió las flechas, el arco y el carcaj maravillosos de Filoctetes. Sintiendo lástima de éste, se lo llevó con él a Troya, en donde su primera acción en combate, fue herir mortalmente a Paris. A éste se lo llevaron ante la ninfa Enone, despreciada por Paris, que no le brindó su ayuda, contemplando su agonía, y suicidándose después.

Pero la idea más brillante de Odiseo fue la construcción de un enorme caballo de madera con la ayuda de Atenea. Este decisivo episodio en la historia de la guerra fue narrado magistralmente por el poeta romano Virgilio, en su obra La Eneida. En su interior ocultaron la flor y nata del ejército griego (Odiseo, Diomedes,…Áyax el Menor,…) y lo abandonaron en la playa – se ocultaron en la isla de Ténedos, muy cerca de las costas troyanas-, mientras simulaban los demás griegos una retirada y el fin del asedio a Troya.

A pesar de las advertencias de algunos adivinos como Laocoonte ( sumo sacerdote de Poseidón) o de Casandra, hija de Príamo- no creída por el castigo infligido por Apolo a que profetizara el futuro sin que nadie la creyera-, los troyanos engañados por un espía griego, Sinón, deciden introducir el caballo en la ciudad. Completamente desprevenidos los troyanos pelearon su última batalla. La mayor parte de ellos fueron pasados a cuchillo, especialmente hombres, niños y viejos; las mujeres, como era costumbre, fueron respetadas, salvo las pobres y viejas. Las demás, como Hécuba y Andrómaca, sirvieron como esclavas para el vencedor

Los griegos abusaron de la victoria, y se hicieron odiosos a los mismos dioses. La profetisa Casandra estuvo a punto de ser violada por Áyax el Menor, la irritada Atenea castigó tal osadía sumergiendo la nave de Áyax cuando regresaba a su patria. También tuvieron suerte dispar otros griegos al regreso del asedio: Agamenón, asesinado por su esposa y el amante de ésta; Menelao y su esposa Helena; Odiseo, etc. De entre los troyanos un caudillo, Eneas, logró salvarse con su familia – salvo su esposa Creusa- Cuando los griegos se marcharon, Eneas y los suyos embarcaron rumbo a las costas de Italia con el fin de fundar una nueva Troya, y con el unánime beneplácito de los dioses.

LA ILIADA (Canto XXII - Muerte de Héctor)



LA ILIADA

La Ilíada, poema épico atribuido a Homero, tiene 15000 versos y es un poema que dramatiza un único incidente de la Guerra de Troya, el de la disputa entre Agamenón, comandante en jefe de las fuerzas griegas, y Aquiles, príncipe de Pitia, el mejor de los guerreros griegos. Comienza la querella con un incidente al parecer trivial, cuando Agamenón se apodera del botín de guerra de Aquiles, la joven Briseida, pero pronto tendrá la disputa un desenlace desesperadamente trágico. Aquiles no quiere combatir al lado de Agamenón y se retira con sus fuerzas de la batalla. La subsiguiente derrota de los griegos a manos de los troyanos no puede ser evitada ni siquiera con un llamamiento de Agamenón a proseguir el combate, y sólo cuando Patroclo, el amigo de Aquiles, pide combartir con el ejército de éste, le relevan los griegos de su promesa. Patroclo hace retroceder a los troyanos, pero es muerto al pie de las murallas de la ciudad por Héctor, el héroe troyano. La renuncia de Aquiles a su cólera, su violenta venganza sobre Héctor, y la magnánima devolución del cuerpo de Héctor a su anciano padre Príamo para que lo entierre, son la conclusión de este poema incomparable.


CANTO XXII

Resumen

Aquiles, después de decirle que se vengaría de Héctor, torna al campo de batalla y delante de las puertas de la ciudad lo encuentra en el sitio donde lo esperaba; cuando Héctor huye, Aquiles lo persigue y ambos dan tres vueltas a la ciudad de Troya; Zeus coge la balanza de oro y ve que el destino condena a Héctor, el cual, engañado por Atenea se detiene y es vencido y muerto por Aquiles, no obstante saber éste que ha de sucumbir poco después que muera el caudillo troyano. Aquiles ata el cadáver de Héctor a su carruaje y, cruelmente, le da vueltas alrededor de la ciudad de Troya, para culminar su venganza.

Fragmento

Los troyanos, refugiados en la ciudad como cervatos, se recostaban en los hermosos baluartes, refrigeraban el sudor y bebían para apagar la sed; y en tanto los aqueos se iban acercando a la muralla, con los escudos levantados encima de los hombros. La Parca funesta sólo detuvo a Héctor para que se quedara fuera de Ilio, en las puertas Esceas. Y Febo Apolo dijo al Pelión:

¿Por qué, oh hijo de Peleo, persigues en veloz carrera, siendo tú mortal, a un dios inmortal? Aún no conociste que soy una deidad, y no cesa tu deseo de alcanzarme. Ya no te cuidas de pelear con los troyanos, a quienes pusiste en fuga; y éstos han entrado en la población, mientras te extraviabas viniendo aquí. Pero no me matarás, porque el hado no me condenó a morir.

Muy indignado le respondió Aquiles, el de los pies ligeros:

¡Oh tú, que hieres de lejos, el más funesto de todos los dioses! Me engañaste, trayéndome acá desde la muralla, cuando todavía hubieran mordido muchos la tierra antes de llegar a Ilio. Me has privado de alcanzar una gloria no pequeña, y has salvado con facilidad a los troyanos, porque no temías que luego me vengara. Y ciertamente me vengaría de ti, si mis fuerzas lo permitieran.
Dijo y, muy alentado, se encaminó apresuradamente a la ciudad; como el corcel vencedor en la carrera de carros trota veloz por el campo, tan ligeramente movía Aquiles pies y rodillas.

EI anciano Príamo fue el primero que con sus propios ojos le vio venir por la llanura, tan resplandeciente como el astro que en el otoño se distingue por sus vivos rayos entre muchas estrellas durante la noche obscura y recibe el nombre de "perro de Orión", el cual con ser brillantísimo constituye una señal funesta porque trae excesivo calor a los míseros mortales; de igual manera centelleaba el bronce sobre el pecho del héroe, mientras éste corría. Gimió el viejo, golpeóse la cabeza con las manos levantadas y profirió grandes voces y lamentos, dirigiendo súplicas a su hijo. Héctor continuaba inmóvil ante las puertas y sentía vehemente deseo de combatir con Aquiles. Y el anciano, tendiéndole los brazos, le decía en tono lastimero:

¡Héctor, hijo querido! No aguardes, solo y lejos de los amigos, a ese hombre, para que no mueras presto a manos del Pelión, que es mucho más vigoroso. ¡Cruel! Así fuera tan caro a los dioses, como a mí: pronto se lo comerían, tendido en el suelo, los perros y los buitres, y mi corazón se libraría del terrible pesar. Me ha privado de muchos y valientes hijos, matando a unos y vendiendo a otros en remotas islas. Y ahora que los troyanos se han encerrado en la ciudad, no acierto a ver a mis dos hijos Licaón y Polidoro, que parió Laótoe, ilustre entre las mujeres. Si están vivos en el ejército, los rescataremos con bronce y oro, que todavía lo hay en el palacio; pues a Laótoe la dotó espléndidamente su anciano padre, el ínclito Altes. Pero, si han muerto y se hallan en la morada de Hades, el mayor dolor será para su madre y para mí que los engendramos; porque el del pueblo durará menos, si no mueres tú, vencido por Aquiles. Ven adentro del muro, hijo querido, para que salves a los troyanos y a las troyanas; y no quieras procurar inmensa gloria al Pelida y perder tú mismo la existencia. Compadécete también de mí, de este infeliz y desgraciado que aún conserva la razón; pues el padre Cronida me quitará la vida en la senectud y con aciaga suerte, después de presenciar muchas desventuras: muertos mis hijos, esclavizadas mis hijas, destruidos los tálamos, arrojados los niños por el suelo en el terrible combate y las nueras arrastradas por las funestas manos de los aqueos. Y cuando, por fin, alguien me deje sin vida los miembros, hiriéndome con el agudo bronce o con arma arrojadiza, los voraces perros que con comida de mi mesa crié en el palacio para que lo guardasen despedazarán mi cuerpo en la puerta exterior, beberán mi sangre, y, saciado el apetito, se tenderán en el pórtico. Yacer en el suelo, habiendo sido atravesado en la lid por el agudo bronce, es decoroso para un joven, y cuanto de él pueda verse todo es bello, a pesar de la muerte; pero que los perros destrocen la cabeza y la barba encanecidas y las partes verendas de un anciano muerto en la guerra es lo más triste de cuanto les puede ocurrir a los míseros mortales.
Así se expresó el anciano, y con las manos se arrancaba de la cabeza muchas canas, pero no logró persuadir a Héctor. La madre de éste, que en otro sitio se lamentaba llorosa, desnudó el seno, mostróle el pecho, y, derramando lágrimas, dijo estas aladas palabras:

¡Héctor! ¡Hijo mío! Respeta este seno y apiádate de mí. Si en otro tiempo te daba el pecho para acallar tu lloro, acuérdate de tu niñez, hijo amado; y penetrando en la muralla, rechaza desde la misma a ese enemigo y no salgas a su encuentro. ¡Cruel! Si te mata, no podré llorarte en tu lecho, querido pimpollo a quien parí, y tampoco podrá hacerlo tu rica esposa, porque los veloces perros te devorarán muy lejos de nosotras, junto a las naves argivas.
De esta manera Príamo y Hécuba hablaban a su hijo, llorando y dirigiéndole muchas súplicas, sin que lograsen persuadirle, pues Héctor seguía aguardando a Aquiles, que ya se acercaba. Como silvestre dragón que, habiendo comido hierbas venenosas, espera ante su guarida a un hombre y con feroz cólera echa terribles miradas y se enrosca en la entrada de la cueva, así Héctor, con inextinguible valor, permanecía quieto, desde que arrimó el terso escudo a la torre prominente. Y gimiendo, a su magnánimo espíritu le decía:

¡Ay de mí! Si traspongo las puertas y el muro, el primero en dirigirme baldones será Polidamante, el cual me aconsejaba que trajera el ejército a la ciudad la noche funesta en que el divinal Aquiles decidió volver a la pelea. Pero yo no me dejé persuadir mucho mejor hubiera sido aceptar su consejo , y ahora que he causado la ruina del ejército con mi imprudencia temo a los troyanos y a las troyanas, de rozagantes peplos, y que alguien menos valiente que yo exclame: «Héctor, fiado en su pujanza, perdió las tropas». Así hablarán; y preferible fuera volver a la población después de matar a Aquiles, o morir gloriosamente delante de ella. ¿Y si ahora, dejando en el suelo el abollonado escudo y el fuerte casco y apoyando la pica contra el muro, saliera al encuentro del irreprensible Aquiles, le dijera que permitía a los Atridas llevarse a Helena y las riquezas que Alejandro trajo a Ilio en las cóncavas naves, que esto fue lo que originó la guerra, y le ofreciera repartir a los aqueos la mitad de lo que la ciudad contiene; y más tarde tomara juramento a los troyanos de que, sin ocultar nada, formarían dos lotes con cuantos bienes existen dentro de esta hermosa ciudad?... Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón? No, no iré a suplicarle; que, sin tenerme compasión ni respeto, me mataría inerme, como a una mujer, tan pronto como dejara las armas. Imposible es mantener con él, desde una encina o desde una roca, un coloquio, como un mancebo y una doncella; como un mancebo y una doncella suelen mantener. Mejor será empezar el combate cuanto antes, para que veamos pronto a quién el Olímpico concede la victoria.
Tales pensamientos revolvía en su mente, sin moverse de aquel sitio, cuando se le acercó Aquiles, igual a Enialio, el impetuoso luchador, con el terrible fresno del Pelión sobre el hombro derecho y el cuerpo protegido por el bronce que brillaba como el resplandor del encendido fuego o del sol naciente. Héctor, al verlo, se puso a temblar y ya no pudo permanecer allí; sino que dejó las puertas y huyó espantado. Y el Pelida, confiando en sus pies ligeros, corrió en seguimiento del mismo. Como en el monte el gavilán, que es el ave más ligera, se lanza con fácil vuelo tras la tímida paloma, ésta huye con tortuosos giros y aquél la sigue de cerca, dando agudos graznidos y acometiéndola repetidas veces, porque su ánimo le incita a cogerla, así Aquiles volaba enardecido y Héctor movía las ligeras rodillas huyendo azorado en torno de la muralla de Troya. Corrían siempre por la carretera, fuera del muro, dejando a sus espaldas la atalaya y el lugar ventoso donde estaba el cabrahígo; y llegaron a los dos cristalinos manantiales, que son las fuentes del Escamandro voraginoso. El primero tiene el agua caliente y lo cubre el humo como si hubiera allí un fuego abrasador; el agua que del segundo brota es en el verano como el granizo, la fría nieve o el hielo. Cerca de ambos hay unos lavaderos de piedra, grandes y hermosos, donde las esposas y las bellas hijas de los troyanos solían lavar sus magníficos vestidos en tiempo de paz, antes que llegaran los aqueos. Por allí pasaron, el uno huyendo y el otro persiguiéndolo: delante, un valiente huía, pero otro más fuerte le perseguía con ligereza; porque la contienda no era por una víctima o una piel de buey, premios que suelen darse a los vencedores en la carrera, sino por la vida de Héctor, domador de caballos. Como los solípedos corceles que toman parte en los juegos en honor de un difunto corren velozmente en torno de la meta donde se ha colocado como premio importante un trípode o una mujer, de semejante modo aquéllos dieron tres veces la vuelta a la ciudad de Príamo, corriendo con ligera planta. Todas las deidades los contemplaban. Y Zeus, padre de los hombres y de los dioses, comenzó a decir:

¡Oh dioses! Con mis ojos veo a un caro varón perseguido en torno del muro. Mi corazón se compadece de Héctor, que tantos muslos de buey ha quemado en mi obsequio en las cumbres del Ida, en valles abundoso, y en la ciudadela de Troya; y ahora el divino Aquiles le persigue con sus ligeros pies en derredor de la ciudad de Príamo. Ea, deliberad, oh dioses, y decidid si lo salvaremos de la muerte ó dejaremos que, a pesar de ser esforzado, sucumba a manos del Pelida Aquiles.
Respondióle Atenea, la diosa de ojos de lechuza:

¡Oh padre, que lanzas el ardiente rayo y amontonas las nubes! ¿Qué dijiste? ¿De nuevo quieres librar de la muerte horrísona a ese hombre mortal, a quien tiempo ha que el hado condenó a morir? Hazlo, pero no todos los dioses te lo aprobaremos.
Contestó Zeus, que amontona las nubes:

Tranquilízate, Tritogenia, hija querida. No hablo con ánimo benigno, pero contigo quiero ser complaciente. Obra conforme a tus deseos y no desistas.
Con tales voces instigóle a hacer lo que ella misma deseaba, y Atenea bajó en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo.

Entre canto; el veloz Aquiles perseguía y estrechaba sin cesar a Héctor. Como el perro va en el monte por valles y cuestas tras el cervatillo que levantó de la cama, y, si éste se esconde, azorado, debajo de los arbustos, corre aquél rastreando hasta que nuevamente lo descubre; de la misma manera, el Pelión, de pies ligeros, no perdía de vista a Héctor. Cuantas veces el troyano intentaba encaminarse a las puertas Dardanias, al pie de las tomes bien construidas, por si desde arriba le socorrían disparando flechas; otras tantas Aquiles, adelantándosele, lo apartaba hacia la llanura, y aquél volaba sin descanso cerca de la ciudad. Como en sueños ni el que persigue puede alcanzar al perseguido, ni éste huir de aquél; de igual manera, ni Aquiles con sus pies podía dar alcance a Héctor, ni Héctor escapar de Aquiles. ¿Y cómo Héctor se hubiera librado entonces de las Parcas de la muerte que le estaba destinada, si Apolo, acercándosele por la postrera y última vez, no le hubiese dado fuerzas y agilizado sus rodillas?

El divino Aquiles hacía con la cabeza señales negativas a los guerreros, no permitiéndoles disparar amargas flechas contra Héctor: no fuera que alguien alcanzara la gloria de herir al caudillo y él llegase el segundo. Mas cuando en la cuarta vuelta llegaron a los manantiales, el padre Zeus tomó la balanza de oro, puso en la misma dos suertes de la muerte que tiende a lo largo la de Aquiles y la de Héctor, domador de caballos , cogió por el medio la balanza, la desplegó, y tuvo más peso el día fatal de Héctor, que descendió hasta el Hades. Al instante Febo Apolo desamparó al troyano. Atenea, la diosa de ojos de lechuza, se acercó al Pelión, y le dijo estas aladas palabras:

Espero, oh esclarecido Aquiles, caro a Zeus, que nosotros dos procuraremos a los aqueos inmensa gloria, pues al volver a las naves habremos muerto a Héctor, aunque sea infatigable en la batalla. Ya no se nos puede escapar, por más cosas que haga Apolo, el que hiere de lejos, postrándose a los pies del padre Zeus, que lleva la égida. Párate y respira; a iré a persuadir a Héctor para que luche contigo frente a frente.
Así habló Atenea. Aquiles obedeció, con el corazón alegre, y se detuvo en seguida, apoyándose en el arrimo de la pica de asta de fresno y broncínea punta. La diosa dejóle y fue a encontrar al divino Héctor. Y tomando la figura y la voz infatigable de Deífobo, llegóse al héroe y pronunció estas aladas palabras:

¡Mi buen hermano! Mucho te estrecha el veloz Aquiles, persiguiéndote con ligero pie alrededor de la ciudad de Príamo. Ea, detengámonos y rechacemos su ataque.
Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco:

¡Deífobo! Siempre has sido para mí el hermano predilecto entre cuantos somos hijos de Hécuba y de Príamo, pero desde ahora hago cuenta de tenerte en mayor aprecio, porque al verme con tus ojos osaste salir del muro y los demás han permanecido dentro.
Contestó Atenea, la diosa de ojos de lechuza:

¡Mi buen hermano! El padre, la venerable madre y los amigos abrazábanme las rodillas y me suplicaban que me quedara con ellos ¡de tal modo tiemblan todos! , pero mi ánimo se sentía atormentado por grave pesar. Ahora peleemos con brío y sin dar reposo a la pica, para que veamos si Aquiles nos mata y se lleva nuestros sangrientos despojos a las cóncavas naves, o sucumbe vencido por tu lanza.
Así diciendo, Atenea, para engañarlo, empezó a caminar. Cuando ambos guerreros se hallaron frente a frente, dijo el primero el gran Héctor, el de tremolante casco:

No huiré más de ti, oh hijo de Peleo, como hasta ahora. Tres veces di la vuelta, huyendo, en torno de la gran ciudad de Príamo, sin atreverme nunca a esperar tu acometida. Mas ya mi ánimo me impele a afrontarte, ora te mate, ora me mates tú. Ea, pongamos a los dioses por testigos, que serán los mejores y los que más cuidarán de que se cumplan nuestros pactos: Yo no te insultaré cruelmente, si Zeus me concede la victoria y logro quitarte la vida; pues tan luego como te haya despojado de las magníficas armas, oh Aquiles, entregaré el cadáver a los aqueos. Pórtate tú conmigo de la misma manera.
Mirándole con torva faz, respondió Aquiles, el de los pies ligeros:

¡Héctor, a quien no puedo olvidar! No me hables de convenios. Como no es posible que haya fieles alianzas entre los leones y los hombres, ni que estén de acuerdo los lobos y los corderos, sino que piensan continuamente en causarse daño unos a otros, tampoco puede haber entre nosotros ni amistad ni pactos, hasta que caiga uno de los dos y sacie de sangre a Ares, infatigable combatiente. Revístete de toda clase de valor, porque ahora te es muy preciso obrar como belicoso y esforzado campeón. Ya no te puedes escapar. Palas Atenea te hará sucumbir pronto, herido por mi lanza, y pagarás todos juntos los dolores de mis amigos, a quienes mataste cuando manejabas furiosamente la pica.
En diciendo esto, blandió y arrojó la fornida lanza. El esclarecido Héctor, al verla venir, se inclinó para evitar el golpe: clavóse la broncínea lanza en el suelo, y Palas Atenea la arrancó y devolvió a Aquiles, sin que Héctor, pastor de hombres, lo advirtiese. Y Héctor dijo al eximio Pelión:

¡Erraste el golpe, oh Aquiles, semejante a los dioses! Nada te había revelado Zeus acerca de mi destino, como afirmabas; has sido un hábil forjador de engañosas palabras, para que, temiéndote, me olvidara de mi valor y de mi fuerza. Pero no me clavarás la pica en la espalda, huyendo de ti: atraviésame el pecho cuando animoso y frente a frente te acometa, si un dios te lo permite. Y ahora guárdate de mi broncínea lanza. ¡Ojalá que toda ella penetrara en tu cuerpo! La guerra sería más liviana para los troyanos, si tú murieses; porque eres su mayor azote.
Así habló; y, blandiendo la ingente lanza, despidióla sin errar el tiro, pues dio un bote en medio del escudo del Pelida. Pero la lanza fue rechazada por la rodela, y Héctor se irritó al ver que aquélla había sido arrojada inútilmente por su brazo; paróse, bajando la cabeza, pues no tenía otra lanza de fresno; y con recia voz llamó a Deífobo, el de luciente escudo, y le pidió una larga pica. Deífobo ya no estaba a su lado. Entonces Héctor comprendiólo todo, y exclamó:

¡Oh! Ya los dioses me llaman a la muerte. Creía que el héroe Deífobo se hallaba conmigo, pero está dentro del muro, y fue Atenea quien me engañó. Cercana tengo la perniciosa muerte, que ni tardará, ni puedo evitarla. Así les habrá placido que sea, desde hace tiempo, a Zeus y a su hijo, el que hiere de lejos; los cuales, benévolos para conmigo, me salvaban de los peligros. Ya la Parca me ha cogido. Pero no quisiera morir cobardemente y sin gloria, sino realizando algo grande que llegara a conocimiento de los venideros.
Esto dicho, desenvainó la aguda espada, grande y fuerte, que llevaba en el costado. Y encogiéndose, se arrojó como el águila de alto vuelo se lanza a la llanura, atravesando las pardas nubes, para arrebatar la tierna corderilla o la tímida liebre; de igual manera arremetió Héctor, blandiendo la aguda espada. Aquiles embistióle, a su vez, con el corazón rebosante de feroz cólera: defendía su pecho con el magnífico escudo labrado, y movía el luciente casco de cuatro abolladuras, haciendo ondear las bellas y abundantes crines de oro que Hefesto había colocado en la cimera. Como el Véspero, que es el lucero más hermoso de cuantos hay en el cielo, se presenta rodeado de estrellas en la obscuridad de la noche, de tal modo brillaba la pica de larga punta que en su diestra blandía Aquiles, mientras pensaba en causar daño al divino Héctor y miraba cuál parte del hermoso cuerpo del héroe ofrecería menos resistencia. Éste lo tenía protegido por la excelente armadura de bronce que quitó a Patroclo después de matarlo, y sólo quedaba descubierto el lugar en que las clavículas separan el cuello de los hombros, la garganta que es el sitio por donde más pronto sale el alma: por allí el divino Aquiles envasóle la pica a Héctor, que ya lo atacaba, y la punta, atravesando el delicado cuello, asomó por la nuca. Pero no le cortó el garguero con la pica de fresno que el bronce hacía ponderosa, para que pudiera hablar algo y responderle. Héctor cayó en el polvo, y el divino Aquiles se jactó del triunfo, diciendo:

¡Héctor! Cuando despojabas el cadáver de Patroclo, sin duda te creíste salvado y no me temiste a mí porque me hallaba ausente. ¡Necio! Quedaba yo como vengador, mucho más fuerte que él, en las cóncavas naves, y te he quebrado las rodillas. A ti los perros y las aves te despedazarán ignominiosamente, y a Patroclo los aqueos le harán honras fúnebres.
Con lánguida voz respondióle Héctor, el de tremolante casco:

Te lo ruego por tu alma, por tus rodillas y por tus padres: ¡No permitas que los perros me despedacen y devoren junto a las naves aqueas! Acepta el bronce y el oro que en abundancia te darán mi padre y mi veneranda madre, y entrega a los míos el cadáver para que lo lleven a mi casa, y los troyanos y sus esposas lo entreguen al fuego.
Mirándole con torva faz, le contestó Aquiles, el de los pies ligeros:

No me supliques, ¡perro!, por mis rodillas ni por mis padres. Ojalá el furor y el coraje me incitaran a cortar tus carnes y a comérmelas crudas. ¡Tales agravios me has inferido! Nadie podrá apartar de tu cabeza a los perros, aunque me traigan diez o veinte veces el debido rescate y me prometan más, aunque Príamo Dardánida ordene redimirte a peso de oro; ni, aun así, la veneranda madre que te dio a luz te pondrá en un lecho para llorarte, sino que los perros y las aves de rapiña destrozarán tu cuerpo.
Contestó, ya moribundo, Héctor, el de tremolante casco:

Bien lo conozco, y no era posible que te persuadiese, porque tienes en el pecho un corazón de hierro. Guárdate de que atraiga sobre ti la cólera de los dioses, el día en que Paris y Febo Apolo te darán la muerte, no obstante tu valor, en las puertas Esceas.
Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con su manto: el alma voló de los miembros y descendió al Hades, llorando su suerte, porque dejaba un cuerpo vigoroso y joven. Y el divino Aquiles le dijo, aunque muerto lo viera:

¡Muere! Y yo recibiré la Parca cuando Zeus y los demás dioses inmortales dispongan que se cumpla mi destino.
Dijo; arrancó del cadáver la broncínea lanza y, dejándola a un lado, quitóle de los hombros las ensangrentadas armas. Acudieron presurosos los demás aqueos, admiraron todos el continente y la arrogante figura de Héctor y ninguno dejó de herirlo. Y hubo quien, contemplándole, habló así a su vecino:

¡Oh dioses! Héctor es ahora mucho más blando en dejarse palpar que cuando incendió las naves con el ardiente fuego.
Así algunos hablaban, y acercándose lo herían. El divino Aquiles, ligero de pies, tan pronto como hubo despojado el cadáver, se puso en medio de los aqueos y pronunció estas aladas palabras:

¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Ya que los dioses nos concedieron vencer a ese guerrero que causó mucho más daño que todos los otros juntos, ea, sin dejar las armas cerquemos la ciudad para conocer cuál es el propósito de los troyanos: si abandonarán la ciudadela por haber sucumbido Héctor, o se atreverán a quedarse todavía a pesar de que éste ya no existe. Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón? En las naves yace Patroclo muerto, insepulto y no llorado; y no lo olvidaré, mientras me halle entre los vivos y mis rodillas se muevan; y si en el Hades se olvida a los muertos, aun allí me acordaré del compañero amado. Ahora, ea, volvamos cantando el peán a las cóncavas naves, y llevémonos este cadáver. Hemos ganado una gran victoria: matamos al divino Héctor, a quien dentro de la ciudad los troyanos dirigían votos cual si fuese un dios.
Dijo; y, para tratar ignominiosamente al divino Héctor, le horadó los tendones de detrás de ambos pies desde el tobillo hasta el talón; introdujo correas de piel de buey, y lo ató al carro, de modo que la cabeza fuese arrastrando; luego, recogiendo la magnífica armadura, subió y picó a los caballos para que arrancaran, y éstos volaron gozosos. Gran polvareda levantaba el cadáver mientras era arrastrado; la negra cabellera se esparcía por el suelo, y la cabeza, antes tan graciosa, se hundía toda en el polvo; porque Zeus la entregó entonces a los enemigos, para que allí, en su misma patria, la ultrajaran.

Así toda la cabeza de Héctor se manchaba de polvo. La madre, al verlo, se arrancaba los cabellos; y, arrojando de sí el blanco velo, prorrumpió en tristísimos sollozos. El padre suspiraba lastimeramente, y alrededor de él y por la ciudad el pueblo gemía y se lamentaba. No parecía sino que toda la excelsa Ilio fuese desde su cumbre devorada por el fuego. Los guerreros apenas podían contener al anciano, que, excitado por el pesar, quería salir por las puertas Dardanias; y, revolcándose en el estiércol, les suplicaba a todos llamando a cada varón por sus respectivos nombres:

Dejadme, amigos, por más intranquilos que estéis; permitid que, saliendo solo de la ciudad, vaya a las naves aqueas y ruegue a ese hombre pernicioso y violento: acaso respete mi edad y se apiade de mi vejez. Tiene un padre como yo, Peleo, el cual le engendró y crió para que fuese una plaga de los troyanos; pero es a mí a quien ha causado más pesares. ¡A cuántos hijos míos mató, que se hallaban en la flor de la juventud! Pero no me lamento tanto por ellos, aunque su suerte me haya afligido, como por uno cuya pérdida me causa el vivo dolor que me precipitará en el Hades: por Héctor, que hubiera debido morir en mis brazos, y entonces nos hubiésemos saciado de llorarle y plañirle la infortunada madre que le dio a luz y yo mismo.
Así habló llorando, y los ciudadanos suspiraron. Y Hécuba comenzó entre las troyanas el funeral lamento:

¡Oh hijo! ¡Ay de mí, desgraciada! ¿Por qué, después de haber padecido terribles penas, seguiré viviendo ahora que has muerto tú? Día y noche eras en la ciudad motivo de orgullo para mí y el baluarte de todos, de los troyanos y de las troyanas, que to saludaban como a un dios. Vivo, constituías una excelsa gloria para ellos; pero ya la muerte y la Parca to alcanzaron.
Así dijo llorando. La esposa de Héctor nada sabía, pues ningún veraz mensajero le llevó la noticia de que su marido se quedara fuera de las puertas; y en lo más hondo del alto palacio tejía una tela doble y purpúrea, que adornaba con labores de variado color. Había mandado en su casa a las esclavas de hermosas trenzas que pusieran al fuego un trípode grande, para que Héctor se bañase en agua caliente al volver de la batalla. ¡Insensata! Ignoraba que Atenea, la de ojos de lechuza, le había hecho sucumbir muy lejos del baño a manos de Aquiles. Pero oyó gemidos y lamentaciones que venían de la torre, estremeciéronse sus miembros, y la lanzadera le cayó al suelo. Y al instante dijo a las esclavas de hermosas trenzas:

Venid, seguidme dos; voy a ver qué ocurre. Oí la voz de mi venerable suegra; el corazón me salta en el pecho hacia la boca y mis rodillas se entumecen: algún infortunio amenaza a los hijos de Príamo. ¡Ojalá que tal noticia nunca llegue a mis oídos! Pero mucho temo que el divino Aquiles haya separado de la ciudad a mi Héctor audaz, le persiga a él solo por la llanura y acabe con el funesto valor que siempre tuvo; porque jamás en la batalla se quedó entre la turba de los combatientes, sino que se adelantaba mucho y en bravura a nadie cedía.
Dicho esto, salió apresuradamente del palacio como una loca, palpitándole el corazón, y dos esclavas la acompañaron. Mas, cuando llegó a la torre y a la multitud de gente que allí se encontraba, se detuvo, y desde el muro registró el campo; en seguida vio a Héctor arrastrado delante de la ciudad, pues los veloces caballos lo arrastraban despiadadamente hacia las cóncavas naves de los aqueos; las tinieblas de la noche velaron sus ojos, cayó de espaldas y se le desmayó el alma. Arrancóse de su cabeza los vistosos lazos, la diadema, la redecilla, la trenzada cinta y el velo que la áurea Afrodita le había dado el día en que Héctor se la llevó del palacio de Eetión, constituyéndole una gran dote. A su alrededor hallábanse muchas cuñadas y concuñadas suyas, las cuales la sostenían aturdida como si fuera a perecer. Cuando volvió en sí y recobró el aliento, lamentándose con desconsuelo dijo entre las troyanas:

¡Héctor! ¡Ay de mí, infeliz! Ambos nacimos con la misma suerte, tú en Troya, en el palacio de Príamo; yo en Teba, al pie del selvoso Placo, en el alcázar de Eetión, el cual me crió cuando niña para que fuese desventurada como él. ¡Ojalá no me hubiera engendrado! Ahora tú desciendes a la mansión de Hades, en el seno de la tierra, y me dejas en el palacio viuda y sumida en triste duelo. Y el hijo, aún infante, que engendramos tú y yo, infortunados... Ni tú serás su amparo, oh Héctor, pues has fallecido; ni él el tuyo. Si escapa con vida de la luctuosa guerra de los aqueos, tendrá siempre fatigas y pesares; y los demás se apoderarán de sus campos, cambiando de sitio los mojones. El mismo día en que un niño queda huérfano, pierde todos los amigos; y en adelante va cabizbajo y con las mejillas bañadas en lágrimas. Obligado por la necesidad, dirígese a los amigos de su padre, tirándoles ya del manto, ya de la túnica; y alguno, compadecido, le alarga un vaso pequeño con el cual mojará los labios, pero no llegará a humedecer la garganta. El niño que tiene los padres vivos le echa del festín, dándole puñadas a increpándole con injuriosas voces: "¡Vete, enhoramala!, le dice, que tu padre no come a escote con nosotros". Y volverá a su madre viuda, llorando, el huérfano Astianacte, que en otro tiempo, sentado en las rodillas de su padre, sólo comía medula y grasa pingüe de ovejas, y, cuando se cansaba de jugar y se entregaba al sueño, dormía en blanda cama, en brazos de la nodriza, con el corazón lleno de gozo; mas ahora que ha muerto su padre, mucho tendrá que padecer Astianacte, a quien los troyanos llamaban así porque sólo tú, oh Héctor, defendías las puertas y los altos muros. Y a ti, cuando los perros se hayan saciado con tu carne, los movedizos gusanos te comerán desnudo, junto a las corvas naves, lejos de tus padres; habiendo en el palacio vestiduras finas y hermosas, que las esclavas hicieron con sus manos. Arrojaré todas estas vestiduras al ardiente fuego; y ya que no te aprovechen, pues no yacerás en ellas, constituirán para ti un motivo de gloria a los ojos de los troyanos y de las troyanas.