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lunes, 12 de septiembre de 2011

NARRATIVA MODERNISTA: IDOLOS ROTOS DE MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ

ELMODERNISMO




El término modernismo que había designado cierta corriente heterodoxa de renovación religiosa se aplicó en el campo de las artes a unas tendencias europeas y americanas surgidas en los últimos veinte años, del s.XIX. Sus rasgos más comunes eran un marcado anticonformismo y unos esfuerzos de renovación opuestos a las tendencias vigentes. En su origen el “mote” de modernistas era lanzado con matiz despectivo por los enemigos de las novedades. Sin embargo hacia 1890 Rubén Darío y otros asumen con un insolente orgullo tal designación. A partir de entonces la palabra Modernismo irá perdiendo su valor peyorativo y se convertirá en un concepto fundamental de nuestra historia literaria.

El concepto Modernismo es un objeto de distintas interpretaciones, dos son sus posturas; la más estricta, considera al Modernismo como un movimiento literario bien definido que se desarrolla entre 1887 y 1915, cuya cima es Rubén Darío. A lo anterior se oponen quienes piensan que el Modernismo no es sólo un movimiento literario sino una época y una actitud. Intentando conciliar las dos posturas cabría definir el Modernismo literario como un movimiento de ruptura con la estética vigente que se inicia en torno a 1880 y cuyo desarrollo fundamental alcanza hasta la Primera Guerra Mundial. Tal ruptura se enlaza con la amplia crisis espiritual de fin de siglo. En ciertos aspectos su eco se percibe en movimiento o en corrientes posteriores. En las raíces del Modernismo hay un profundo desacuerdo con la civilización burguesa. Los autores modernistas manifiestan su disconformidad a través de un aislamiento aristocrático y de un refinamiento estético, ello va acompañado muchas veces por aptitudes inconformistas como la bohemia, el Dandysmo y diversas conductas asociales y amorales. Para concluir hay que decir que el Modernismo fue un ataque indirecto a la sociedad al presentarse como “una rebeldía de soñadores” o, según la fórmula de Octavio Paz, “una revelación ambigua”.

Ruén Darío


Este movimiento es considerado como el primero extra-continental, que tiene origen de este lado del Atlántico; aunque, no nació por generación espontánea y tuvo antecedentes en muchos de nuestros grandes poetas de finales de siglo XIX: José Martí, Manuel Gutiérrez Nájera, Juan Antonio Pérez Bonalde, José Asunción Silva, Julián del Casal, entre otros. Por otra Parte, es indudable que la mayor influencia acusada por el nuevo movimiento poético en Latinoamérica, proviene de la literatura francesa. Rubén Darío, el más caracterizado representante del modernismo en el continente, recogió el mensaje de poetas antecesores, como Leconte de Lisle, a quien en Azul, le dedica un soneto y más tarde en su libro Los Raros, traza su semblanza. Así mismo fue devoto de Baudelaire. León Dier, Sully Prudhomme, Mallarmé, Rimbaud. Históricamente, el modernismo es como una solución al momento de crisis que vive la poesía española del siglo XIX; fuera de Espronceda y Bécquer, de facetas geniales, cada uno a su manera, no se vislumbra en el dilatado siglo XIX español nada que significara renovación. Los siglos de oro parecían haber agotado las grandes fuentes de la lírica castellana; sin embargo, en otros países europeos, como Alemania, Italia, Francia e Inglaterra, cuando no gozaban de una plenitud social y política, la poesía alcanza momentos de verdadero esplendor.

En Venezuela, el modernismo llega con retraso y se asoma detrás de los escombros del romanticismo, que había señoreado durante casi un siglo en nuestro escenario literario. Por esto, un crítico como Jesús Semprum ha dicho que el modernismo es influencia de influencias. Esto es, sin abandonar la influencia elemental, tanto de los clásicos como de los románticos, el nuevo movimiento se emparenta con la búsqueda de los simbolistas, por una parte y de los parnasianos, por otra. Es posible, como han dicho algunos analistas del proceso literario hispanoamericano, que el modernismo haya sido el producto de la crisis generada por los excesos del romanticismo; esta crisis, sin duda se debió a la angustia del cambio, surgida a finales del siglo en la mente de la juventud dispuesta a rebelarse contra la caducidad del antiguo estado de cosas. Frente a los viejos métodos de dominación y de atraso, la desilusión de las generaciones, creaba una situación de sueño y de evasión, que tenía como meta la reforma del medio propio. Entre nosotros, los más importantes seguidores del movimiento modernista, fueron prosistas: pensadores y narradores, fundamentalmente. Bastaría mencionar a Pedro Emilio Coll, Santiago Key Ayala, Pedro César Domínici, Manuel Díaz Rodríguez y Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, los dos primeros ensayistas y los otros narradores. En poesía: Rufino Blanco Bombona, Carlos Borges, Arvelo Larriva y José Tadeo Arreaza Calatrava.

LA NARRATIVA MODERNISTA (1896 - 1916)

La prosa narrativa modernista es considerada como prolongación y rectificación del Romanticismo: prolonga y desarrolla la libertad de éste; pero también se opone a la despreocupada entrega a la inspiración, al olvido del trabajo creador del artista, causas de la degeneración y crisis final del movimiento romántico. La novela modernista se caracteriza por reducir al máximo el elemento argumental, por ser expresión de los sentimientos e ideas de un protagonista en cuya conciencia, al manifestarse, se define su mundo, y por utilizar un lenguaje que, al privilegiar la función expresiva, se orienta hacia lo lírico. La novela existe como extensión de un personaje cuyo mundo brota y se materializa como “novela de personaje” porque queda definida por éste.

La narrativa modernista es la culminación del la expresión del individualismo de fin de siglo a un grado máximo, cruzado de uno a otro extremo por una ola creciente de ideas, proyectos y realizaciones que hace al individuo, centro y razón de ser de todas las cosas, así en la filosofía como en la vida. Y ese individualismo, teñido de despreocupación, es lo que se vierte en la prosa narrativa, una prosa que a veces no cuenta nada, que se explaya en descripciones de lujos y bellezas y no trasciende, pues se diluye en un antipositivismo escéptico en aras de la valoración del conocimiento como muestra de museo, o bien, en un pesimismo o desidia de vivir o bien en un cosmopolitismo, como fuga de la realidad, fuga que se puede interpretar como oposición al modelo de vida impuesto. Ese deseo de evasión en la novela modernista se manifiesta a su vez por medio de temas que anteriormente no habían aparecido en la novela hispanoamericana, tales como el ocultismo o el esoterismo. Son novelas que describen paisajes urbanos, con una sublimación de la realidad histórica; dos son las vertientes experimentales del personaje de las novelas modernistas: la primera es la experimentación en su relación con la sociedad a través del erotismo, las drogas y la cultura y la segunda es más bien una relación consigo mismo, una introspección que es la del propio autor. El desarrollo de la narrativa modernista fue tan prodigiosa que estuvo determinada por una verdadera poética con reglas prefijadas que hizo de la escritura del cuento y la novela hispanoamericanas un verdadero arte que ha persistido hasta la actualidad.

La prosa modernista presenta dos variantes:

1. La prosa modernista estetizante o artística
2. La prosa modernista criollista (de carácter realista o naturalista)
La prosa modernista artística o estetizante

La narrativa estetizante surge cuando la prosa modernista se vio en aprietos al tratar de novelar los recursos de la poesía por el conflicto entre la frase bonita y el cuidado del desenvolvimiento de la acción. Un resultado de esto es el poema en prosa o prosa poética (que no halló su perfección sino hasta bien entrado el siglo XX); hubo quienes celebraron este nuevo género pero muchas veces nos encontramos con mutilaciones que quedaron en palabrería. Sin embargo, quienes encontraron una visión profunda, contribuyeron a la dignificación de la prosa castellana. Algunos estuvieron en ambos casos. Entre los estetizantes hay que decir que encontramos una gran mayoría de poetas dados a la narrativa y también encontramos autores de cuentos y novelas, pero, así como los románticos preferían a la novela, los modernistas preferían al cuento.

Esta variedad del Modernismo se interesa más que todo por explotar lo estético y lo artístico de la palabra, inspirándose sus autores en modelos europeos y siguiendo, al pie de la letra, las doctrinas y los conceptos esteticistas europeos de la larga tradición grecolatina. El discurso narrativizado y la focalización cero son los más apropiados para la finalidad descriptiva del Modernismo al trasponer, en el discurso, objetos de otras artes y crear así un lenguaje puramente estético, rítmico y musical. De las funciones del narrador sobresale la función expresiva que pone de manifiesto una total filiación hacia el esteticismo y la quintaesencia, con el fin de dotar, a la realidad descrita y a los personajes, de predicados remitentes a la belleza por la belleza misma tomados de las otras artes. La función ideológica es inherente a la expresiva, pues el autor, al decidirse por lo puramente estético, renuncia a lo que no lo es, y, por lo tanto, toma una actitud de rechazo ante lo feo y no artístico. La fábula es de carácter lineal, por lo tanto, los personajes no sufren ningún tipo de transformaciones, pues lo que interesa es la descripción de exquisitos ornamentos, formas y cosas, donde ellos también forman parte de esos objetos. En la narrativa modernista estetizante, la historia es un simple pretexto para poner en evidencia un derroche de fantasías artísticas y de sugestiones sensoriales.

Tras los primeros ensayos prosísticos modernistas, con la publicación de cuentos artísticos y preciosistas a la manera de los relatos de moda en Francia, muy pronto, también se manifestó la tentativa de llevar a la novela las novedades estetizantes de Modernismo, siguiendo, como modelos, las novelas de ciertos autores europeos como Wilde, Lorraine, Huysmann y D’Annunzio. En las novelas modernistas, la materia novelable está totalmente subordinada a los requerimientos de la prosa artística, y sobresale el tema europeo y no lo propiamente americano. Las novelas modernistas son, más bien, lentos poemas en prosa, cuajados de preocupaciones intelectualistas y de toda una elaborada retórica de lo exquisito y lo raro, es decir, un lujo de formas, de colores y sonidos, cuyos personajes, frecuentemente, reflejan el desdeñoso sentimiento de superioridad intelectual de sus autores: abúlicos, mal hallados con la realidad y llenos de sueños de belleza, enamorados de una armonía inalcanzable.

La prosa modernista criollista

De la fusión del realismo tradicional, ya renovado con la influencia del naturalismo y con el legado culto y esteticista de la corriente artística del modernisno, surge una fecunda y madura forma de narrar en Hispanoamérica que, en su origen, se puede designar con el nombre de narrativa modernista criollista.

La narrativa criollista encuentra sus recursos en el realismo y el naturalismo y se acercó a veces a la literatura poética del Modernismo, pero tomó su propio cauce hacia una descripción objetiva de la realidad. Volteó los ojos a las costumbres y paisajes de la región en donde el sujeto-contemplador se acerca al objeto-contemplado. La narrativa modernista criollista se interesa por mostrar la vida criolla, sus contrastes, sus conflictos, temas límites como: la lucha del hombre con la naturaleza, la lucha del hombre con los demás hombre y la lucha del hombre consigo mismo, todo ello, ya no como un mero inventario de hechos o como un álbum de cuadros de costumbres, sino como la materia de una obra cuya unidad final proviene de una concepción estética, la Modernista. En algunas narraciones predomina un realismo matizado con gustos por lo artístico y en otras la inclinación hacia un realismo agresivo y descarnado (naturalismo), pero en todas, en mayor o en menor grado, siempre la mezcla de las dos corrientes.


NARRATIVA MODERNISTA EN VENEZUELA

Características:

1. Presencia del exotismo, una visión amplia sobre el mundo. Ambiente refinado.
2. Personajes enfocados desde su mundo psicológico. Son de conducta enfermiza y sin ánimo de vivir.
3. El lenguaje del autor es literario y estilizado. El de los personajes es culto y refinado.
4. Presenta una actitud pesimista y negativa ante la realidad venezolana.

MANUEL DÍAZ RODRÍGUEZ


(Chacao-Estado Miranda, 28 de febrero de 1871 - Nueva York, 24 de agosto de 1927)

Manuel Díaz Rodríguez fue un escritor modernista venezolano y sus padres fueron Juan Díaz Chávez y Dolores Rodríguez, inmigrantes canarios llegados a Caracas en 1842. Su primer libro, Sensaciones de Viaje, fue publicado en París en 1896. Su triunfo como escritor va a ser inmediato ya que obtiene el premio de la Academia Venezolana de la Lengua. Cuando Díaz Rodríguez regresa a Venezuela se incorpora al grupo de intelectuales que se han agrupado en torno a las revistas El Cojo Ilustrado y Cosmópolis. Va a ser uno de los integrantes de la llamada Generación de 1898 en Venezuela al lado de Pedro Emilio Coll, Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, Pedro César Dominici y César Zumeta. Los primeros años de su vida como escritor son bastante fecundos, pues en 1897 publica Confidencias de Psiquis, con prólogo de Pedro Emilio Coll, y en 1898 publica De mis Romerías. En 1899 contrae matrimonio con Graciela Calcaño, hija del escritor Eduardo Calcaño, y regresa a París. Este mismo año publica Cuentos de Color, nueve narraciones que tienen el nombre de un color determinado el cual asociado con un estado del alma constituye la atmósfera de cada cuento.

Regresa a Venezuela en 1901. En ese momento se ha apartado de la medicina y se dedica por completo a escribir. Publica su primera novela, Ídolos rotos, que es un cuestionamiento del estado social, político y cultural que se vivió en Venezuela en la época de Cipriano Castro, a quien se opone abiertamente. Al año siguiente publica su segunda novela, Sangre Patricia, en la que plantea el tema de la Guerra Civil. Con ella culmina lo que algunos críticos consideran la primera y la mejor etapa de la obra de Díaz Rodríguez. Tras la muerte de su padre se refugia en la hacienda para evitar la bancarrota. Va a comenzar para él un largo retiro de casi siete años en medio de un silencio literario absoluto pero donde observa la vida de los labriegos, acumulando vivencias para una novela que escribirá años más tarde, Peregrina o El Pozo Encantado.

En 1908 llega al poder Juan Vicente Gómez. Díaz Rodríguez se convierte en su colaborador y da comienzo a su trayectoria política. Durante diecisiete años ocupa diferentes altos cargos en la administración de Gómez, como vicerrector de la Universidad Central de Venezuela, director de Instrucción y Bellas artes (1913), Ministro de Relaciones Exteriores (1914), Senador por el Estado Bolívar (1915), Ministro de Fomento (1916), Presidente del estado Nueva Esparta (1925) y Presidente del Estado Sucre (1926). En 1910 publica Camino de Perfección que es un ensayo sobre la vanidad y el orgullo, en 1918 Sermones Líricos y en 1926 Peregrina. El mismo año pasa a ser miembro de la Academia Nacional de la Historia. Víctima de una grave enfermedad de la garganta, Manuel Díaz Rodríguez se traslada a Nueva York en mayo de 1927 en donde muere el 24 de agosto.

Su obra literaria
• La primera obra literaria de Manuel Díaz Rodríguez es Sensaciones de Viajes (1896). Para entonces, Díaz Rodríguez no es más que un joven médico, desconocido en los medios de la literatura patria. Por el estilo, el buen gusto demostrado por el escritor, su cultura, bien pronto le van a ganar crédito para su brillante porvenir. Hasta los académicos estuvieron de acuerdo en que Díaz Rodríguez entraba con paso firme a la literatura venezolana y premiaron su obra primigenia. Sensaciones de Viajes es un libro lleno de bellezas, inspirado en el pasado artístico de Italia, en sus paisajes, en sus gentes, que el autor supo querer y admirar durante toda su vida.

• Otra obra de impresiones de viaje, obligación de los escritores del 900, es De Mis Romerías, publicada dos años después de haber aparecido Sensaciones de Viajes.

Confidencias de Psiquis (1897) se compone de cuadros, con ciertas características que se acercan a las de la novela. En él la constante es la del amor sensual.

Cuentos de Color (1899). La ola del modernismo se impone hasta en la misma denominación de los cuentos. Pero, sin duda, estos cuentos preparan el camino al escritor hacia la novela. En ellos hay buenas incursiones psicológicas a través de esbozos de personajes, y se pone de relieve, una vez más, el delicado estilo del escritor. Nueve son los cuentos que componen el volumen. Entre ellos sobresalen "El Cuento Blanco" y "El Cuento Gris". En Cuento Blanco asoma de nuevo la nostalgia italiana. El recuerdo del Mediterráneo inspira esa bella historia, matizada de suaves tonalidades, impregnada de una delicadeza y una candidez infantiles.

Ídolos Rotos, escrita durante los últimos años vividos en París, provocó variados y airados comentarios en los círculos literarios venezolanos. La novela en sí no es más que el contraste que ofrece al artista, a sus anhelos de superación y refinamiento, un medio inculto como el nuestro. Alberto Soria, el protagonista, es un escultor lleno de pesimismo con respecto a nuestro porvenir. Este pesimismo lo lleva a detestar su patria. Por eso exclama: «Y yo nunca realizaré mi ideal en este país. Nunca podrá vivir mi ideal en mi patria. ¡Mi patria! ¡Mi país! ¿Acaso éste es mi país?». En la novela también aparece el bosquejo de un adulterio entre Alberto y Teresa Farías, y finaliza con una tremenda sátira, tanto de carácter político como social, contra la Caracas de la época. Los personajes de esta novela de Díaz Rodríguez están alimentados por un afán cosmopolita muy pronunciado, en los que los problemas de su país se resuelven con el olvido y con el viaje a Europa. Finis Patrie es como el epílogo del vencido Alberto Soria en la obra; por todo esto, Ídolos Rotos ha sido considerada en la novelística venezolana como una de las importantes novelas pesimistas de principios de siglo. Y a ello se debe que críticas como Gonzalo Picón Febres, Julio Planchart y Mariano Picón Salas le hayan impugnado en cierta forma, exigiendo al novelista más calor nacional, mayor entereza en sus personajes para enfrentarse a nuestras situaciones políticas y sociales, tenidas como obstáculos en Ídolos Rotos, ante los ideales de Alberto Soria.

Sangre Patricia. En esta novela se refleja el rico mundo del continente suramericano en la literatura; para el momento de la aparición de la novela, este tema no había sido explorado en forma alguna. En Sangre Patricia, el color verde es como símbolo de la locura. Tulio Arcos, el protagonista, después de la muerte de Belén, su amada, que tenía los ojos verdes, cree ver en todo, o en el mar que se tragó el cuerpo o los ojos verdes que constituyen como la obsesión de toda su vida. Raro sueño de artista es la figura deslumbrante de Belén: «Aquella novia que mostraba en su belleza algo del color, un poco de sal y mucho del misterio de los mares. Bien se podía ver en su abundante y ensortijada cabellera la obra de muchas Nereidas artistas que tejiendo y trenzando un alga, reluciente como las sedas y reluciente como la endrina, encantaron el ocio de las bahías y las grutas; al milagro de su carne parecían haber asistido el alma de la espuma y el alma de la perla abrazadas hasta fundirse en la sangre de los más pálidos corales rosas; y sus ojos verdes eran como minúsculos remansos limpísimos, cuajados de sueños, en una costa virgen toda llena de camelias blancas». Como toda la obra de Díaz Rodríguez, hay que destacar el valor artístico de esta novela. En ella el novelista acude a símbolos estéticos y psicológicos que le colocan entre los precursores de una novelística de verdadero ámbito universal en América.

Camino de Perfección. En este texto, Díaz Rodríguez pasa de creador en el arte a teórico del arte, al exponer con claridad e impecable estilo su credo estético.

Sermones Líricos, compuesto por discursos, apostillas y notas.

Peregrina o el Pozo Encantado publicada en 1922 y en cuyo subtítulo, el escritor explica que se trata de una novela de rústicos del valle de Caracas. La trama de la novela es por demás sencilla y elemental, Dos hermanos, Bruno y Amaro, están enamorados de una misma muchacha, Peregrina. Bruno es un tipo alegre, nervioso; Amaro, no es correspondido por Peregrina. Pero Bruno, en busca de otras aventuras amorosas, se va alejando paulatinamente de Peregrina. Esta descubre que ha quedado embarazada de Bruno y muchos amigos intervienen para que el joven vuelva hacia ella y se case. Sin embargo, todo resulta inútil. Amaro es de los que ruega con mayor vehemencia a su hermano que no destruya el honor de Peregrina, y ante la contestación negativa de Bruno, está a punto de matarlo. En medio de todos estos contratiempos, Peregrina trata de suicidarse, lanzándose a las turbulentas aguas de una creciente. Amaro la salva. Bruno vuelve a su lado. Pero la muchacha muere. En la frescura del valle florecen los cafetales y los araguaneyes diademados de oro. La lluvia entona su fina canción en los atardeceres; en los barbechos, la semilla se hincha de esperanza; en el azul de la montaña se proyectan la alegría y la riqueza de la región. Peregrina es realmente como un poema a esa naturaleza soberbia, hermosa que rodea al valle de Caracas.

IDOLOS ROTOS

Ídolos rotos fue publicada en 1901 y está considerada como una de las novelas más pesimistas que se hayan escrito en Venezuela, ya que la vida caraqueña es presentada en sus aspectos social, político y cultural con una actitud derrotista, en donde se renuncia a toda posibilidad de salvación. El tema central de la novela es el fracaso del personaje Alberto Soria en su afán de imponer en Venezuela sus ideales de artista en medio de una imagen de la decadencia total del país. En la novela se señalan los diferentes problemas de la sociedad por medio de sus personajes, bien definidos: Alberto Soria, el artista incomprendido; Teresa Faría, la mujer adúltera; el general Galindo, el político oportunista; Emazábel, el luchador social.

Estructura y síntesis argumental

Desde el punto de vista formal la novela está estructurada en cuatro partes y quince capítulos.

• La primera parte comienza con la llegada después de cinco años de ausencia de Alberto Soria quien regresa de París, llamado urgentemente motivado a la repentina gravedad de su padre, Don Pancho Soria. Alberto Soria desde el comienzo de la novela se perfila como un personaje hipersensible, con una conducta enfermiza y cambiante, desarraigado del país y poco conocedor de los problemas del mismo. Había ido a Europa a estudiar ingeniería, pero una vez en París abandona los estudios y se hace escultor. En su primer contacto con Caracas manifiesta su choque con el medio, se siente inadaptado e inconforme, le molesta el sucio de las calles y el pésimo gusto arquitectónico que priva en la ciudad. Por boca de Rosa y Pedro, sus hermanos, se va dando cuenta de la mediocridad reinante y de la infelicidad en que se desenvuelve el hogar paterno.

• En la segunda parte de la novela comienza a cumplirse en el personaje Alberto Soria el proceso de desadaptación total con el ambiente venezolano. Primero en la familia, ya que su padre le confiesa su infelicidad por no haber logrado sus aspiraciones en sus hijos. Después se entera del drama de su hermana Rosa, casada con Uribe, quien es de baja condición humana, amigo del juego y los engaños; y se da cuenta de la pobre personalidad de su hermano Pedro, quien se mueve de acuerdo a los vaivenes de la política. El clímax de la crisis llega cuando Alberto descubre que en Venezuela se duda de su condición de artista, por lo que decide transformarse en un verdadero creador, pero vacila y se ve asaltado por temores y dudas. Poco a poco se va aislando de la gente hasta que se reúne únicamente con intelectuales inconformes que piensan como él, con quienes forma un círculo de reacción contra el ambiente de la época.

• En la tercera parte el personaje presenta un aparente cambio de conducta, debido al amor por María Almeida. Todo hace pensar en un cambio de actitud ya que Alberto intensifica su actividad como escultor y concluye una Venus Criolla que no lo satisface completamente. Aún así, monta una exposición en un café cercano a la Plaza Bolívar de Caracas, sin lograr éxito alguno. De pronto Alberto Soria sufre un cambio inexplicable en relación al amor que siente por María Almeida y pasa por extraños estados de ánimo, debido a celos infundados, productos de su imaginación. La tercera parte de la novela se cierra con la muerte del padre de Alberto.

• La cuarta parte de la novela presenta la narración del comienzo y evolución de los amores entre Alberto Soria y Teresa Farías, mujer adúltera de extraña personalidad. Alberto comienza a hacer una escultura de su amante, pero pronto es descubierto por su novia y su hermana. De pronto estalla una nueva guerra civil que sume al país en la anarquía. Al triunfar la revolución el país cae en manos del populacho y la soldadesca; Alberto se dirige a la Escuela de Bellas Artes, convertida en cuartel, y contempla sus obras mutiladas y profanadas por los soldados. En entonces cuando renuncia a todo y decide emigrar para poner a salvo su ideal de belleza.

SELECCIÓN DE CAPÍTULOS


PRIMERA PARTE
I

Mil emociones, a cual más intensa, le traían vibrando desde el alba: unas tristes, otras alegres, luchaban todas entre sí, pero sin alcanzar ninguna el predominio. De aquí cierta confusión, cierta perplejidad risueña, estado semejante al del éxtasis, o mejor al estado de alma de quien empieza a despertarse y duerme todavía, cuya conciencia en parte responde a los reclamos de la vida real, en parte se recoge, obstinada y feliz, bajo las últimas caricias de un sueño.

Alberto Soria volvía a la patria después de cinco años de ausencia. Cuando vio la tierra muy cerca, todas las memorias de sus niñez y juventud, hasta aquel instante confundidas con muchas cosas exóticas, recobraron su primitiva frescura; y desde la cubierta del buque se dio a reconocer, al través de esas memorias, la costa y los grises peñascos de la playa, las colinas áridas medio sumergidas en el mar, los verdes cocales y las casas del puerto, agazapadas las unas al pie del monte que sigue la curva costanera, desparramadas las otras por la misma falda del monte, cuesta arriba. A medida que se acercaba a la tierra y más claramente distinguía los objetos unos de otros, con más vigor el pasado revivía en su alma. Casas, árboles, peñascos y algunos lugares muy conocidos de él evocaban en su espíritu un enjambre de recuerdos. Ya en tierra, después de haber caído en brazos del hermano que le esperaba en el muelle, siguió viendo hombres y cosas a través de los recuerdos, con sus ojos de cinco años atrás, no habituados al llanto, a la sombra, ni al dolor, sino hechos a la sonrisa, a la franca alegría de vivir, a las formas vestidas de belleza y a la belleza vestida de luces. De pronto se halló pensando en los últimos años de su vida como en un sueño, cuya vaga y esplendorosa fantasmagoría estaba a punto de apagarse.

Ya el cambio de aspecto de ciertas cosas le recordaba su larga ausencia, ya la intacta fisonomía antigua de otras cosas representábale con tanta viveza el pasado, que le parecía no haber vivido jamás ausente de la tierruca.

Así en esa ambigüedad oscilante de vigilia y de sueño estaba todavía, horas después de haber saltado a tierra, en un vagón del tren que le llevaba a la capital. Sentado contra un ventanillo del vagón, a la derecha, se asomaba de tiempo en tiempo a ver el paisaje, y se complacía en admirar sus pormenores, cuando antes esos mismos pormenores no le llamaban la atención, o le causaban hastío de verlos con frecuencia. Si quitaba los ojos del paisaje, los ponía en el hermano sentado junto a él, y entonces los dos hermanos se consideraban mutuamente con una mezcla de curiosidad y ternura. Desde que se abrazaron en el muelle, a cada instante se miraban y sonreían. Era tal vez la sorpresa de encontrarse cambiados, al menos por de fuera, lo que llamaba a sus labios la sonrisa, pues para entrambos el tiempo había volado, y ninguno de los dos estaba apercibido a encontrar mudanzas en el otro. Para Alberto, en especial, era muy grande la sorpresa. A su partida, el hermano, cinco años menor que él, era apenas un adolescente: el cuerpo desmirriado, el rostro sin asomos de barba y de expresión melancólica y mustia. Su madre, enferma cuando le dio a la vida, murió meses después, y en esta circunstancia veían todos el por qué de su aire pálido y marchito. Ahora aparecía transformado de un todo: de chico melancólico y frágil se había cambiado en mozo gallardo y fuerte. No conservaba de su antigua expresión enfermiza sino una como sombra de cansancio alrededor de los ojos. Aparte ese tenue rastro de su antigua endeblez, toda su persona, vestida con elegancia, y hasta con un poco de amaneramiento, respiraba la satisfacción de quien está bien hallado con el mundo y empapa el ser, alma y cuerpo, en todas las fuentes de la vida.

Si no con igual sorpresa, Pedro observaba al hermano con mayor curiosidad, como si esperase descubrir en éste algo maravilloso traído de muy lejos. Y los dos hermanos hablaban de muchas cosas, pero si orden ni coherencia, cayendo de vez en cuando en silencios profundos. La misma abundancia de lo que deseaban decirse, repartiendo al infinito su atención, sellaba sus labios. Además de eso los preocupaba, haciéndoles enmudecer, el temor de rozarse con un punto sensible, sobre el cual ninguno de los dos quería decir nada, esperando cada uno que empezase el otro.

El tren había dejado la costa y subía, simulando amplias ondulaciones de serpiente, por los flacos de la sierra. Lejos, a la derecha, se divisaban los últimos cocales, la playa y su orla de espumas, el mar y el distante horizonte marino, cerrado por espesos cortinajes de nieblas. Enfrente y a la izquierda no se veían sino cumbres, laderas y hondonadas. A la vuelta del camino desaparecieron el mar, la playa y los cocoteros, para minutos más tarde reaparecer, y continuar así, apareciendo y desapareciendo, según el capricho de la ondulosa vía férrea. A medida que el tren se internaba en la serranía, más imponente y monótono era el paisaje. A un lado, la cuesta pedregosa del cerro; al otro lado, el barranco, en ciertos lugares profundísimo; por todas partes rocas negruzcas y tierra árida, color de ocre, de tonos amarillentos y rosados, a trechos cubierta de raros manchones de verdura. Algunas quiebras, merced a ocultos hilos de agua, provenientes de la cumbre, lucían una vegetación lozana y rica; pero todas las demás, no humedecidas nunca, o sólo muy de tarde en tarde, por el agua del cielo, criaban maleza ardida del sol, rastrera y pobre. Por la orilla del barranco se sucedían los cactos de grandes pencas espinosas, en el extremo de algunas de las cuales resaltaba el higo rojo y áspero, semejando viva púrpura cuajada en los labios de una herida, o inmenso rubí oscuro, casi negro. Y a lo lejos, muy cerca de las cimas, de cuando en cuando aparecían, fuertes y nobles habitantes de la altura, los araguaneyes en flor, interrumpiendo con sus regios mantos de estrellas de oro la uniformidad gris de los breñales.

Soria contemplaba el paisaje, recogiendo sus líneas salientes y sus colores más vivos con ojos expertos, habituados a percibir en todas partes y en todas partes recoger los rasgos dispersos e infinitos de la multiforme belleza. Pero su atención la distrajo Pedro, quien, primero titubeando, luego en tono resuelto, dijo como siguiendo una conversación interrumpida:

--Pues “el viejo”, como ya te he dicho, está malo, muy malo. Los médicos no le conceden mucho tiempo de vida. Según ellos afirman, difícilmente resistirá a un nuevo acceso. El último acceso le dio hace unos quince días, y no he visto nada más espantoso. Desde entonces en casa vivimos en perpetua zozobra, temiendo cada día lo que puede traer el día venidero. Afortunadamente, Rosa es toda firmeza y valor, y equivale a muchas enfermeras juntas. Cualquiera otra se habría rendido al cansancio, pues tarea de sobra tiene con su marido y papá.

--¿Su marido? ¿Y Uribe también está enfermo?

--Siempre. Ya de esto, ya de aquello, siempre se queja de algo. Y aunque tiene aspecto descalabrado y enfermizo, y vive consultando a los médicos, hasta ahora no sé a punto fijo qué enfermedad es la suya.

Por el alma del recién llegado pasó como un relámpago de alegría perversa. Era su venganza. Se vengaba de la tristeza abrumadora y sin motivo, de su dolor sutil e indefinible, suerte de celos malsanos prendidos en su alma como un germen de amarguras cuando recibió en Europa la noticia del proyectado matrimonio de Rosa Amelia. Esta, a propósito de su casamiento, le escribió unas cuantas líneas, las cuales, a pesar de su tono cariñoso, no bastaron para sofocar en el ánimo de Alberto Soria el grito de un extraño despecho. Alberto se creyó ofendido en su amor a la hermana, como traidoramente despojado de un bien precioso, y desde esa época, sin él mismo saberlo, tuvo celos del intruso, y guardó a la hermana un resentimiento vivo.

Pero inmediatamente después de haberse alegrado se avergonzó de su alegría, y sobre todo se avergonzó de no haberse entristecido mucho al conocer el estado lastimoso del padre. Su semi-indiferencia le repugnó, y turbado, como el reo capaz de comprender su falta, quiso distraerse volviendo los ojos al adusto panorama de la sierra.

Por el fondo del barranco y por la escueta ladera del monte empezaron a correr sombras de nubes, y finas gotas de agua cayeron, mojando la cara de Alberto Soria, asomado al ventanillo. Hacia atrás, hacia el mar ya invisible, el paisaje seguía, inundado de luz; y en ese espectáculo de lluvia y sol a un tiempo. Alberto vio la imagen fiel de su alma, comparable en aquel segundo a un rostro enigmático y misterioso que de un lado sonriera y del lado opuesto llorase.

La lluvia cesó, y deshecho el nublado, reinó de nuevo en toda la extensión del paisaje la claridad fastuosa del sol, apenas interrumpida por la breve noche de los túneles. Alberto Soria observaba de nuevo las cuestas, la gualda túnica de los araguaneyes floridos, las colinas color de ocre, bajas, casi desnudas, en algunos puntos revestidas de mogotes escuálidos, tales como dispersos mechones de cabellos lacios en una calva incompleta. Ya se distraía siguiendo sobre las piedras del monte un grupo de raíces trepadoras, enlazadas como serpientes; ya se regocijaba a la vista de un peñasco en forma de cono, de vértices coronado por un solo árbol abierto sobre el peñasco, a la manera de gracioso parasol de China. Y de todas estas cosas y de los matices de estas cosas se exhalaba para el viajero como una esencia, como un espíritu, un ideal de belleza fuerte y salvaje.

Por segunda vez la atención de Alberto fue distraída hacia el interior del coche; pero entonces no fue la voz de su hermano, sino la voz de una mujer la que rompió su éxtasis contemplativo. En el mismo vagón, enfrente de Soria, conversaban dos pasajeros: un hombre como de treinta y ocho años, alto, seco, de ojos grandes, brincones y frente prolongada por una calvicie prematura, y una mujer bastante joven, rubia, de labios rojos, frescos, sensuales, lujosamente vestida y sentada entre una multitud de cachivaches: abanicos, abrigos y cajas de cartón de varios estilos y dimensiones. En el hombre, Alberto reconoció un vago de buena familia, un elegante de profesión, antiguo héroe de salones y clubs, y en la mujer a una vendedora de caricias, antaño muy a la moda en la capital, por cuyos paseos y calles arrastraba, como nuncios de un impudor, trajes llamativos y escandalosos. El veterano de salones y clubs hablaba lenta y reposadamente, como persona de pro, en tanto que su interlocutora lo hacía con bruscos aspavientos descompasados. De su conversación nada llegaba a los demás viajeros, apagadas como eran las voces por el ruido del tren en marcha. Pero el tren se detuvo en una estación, y entonces Alberto oyó a la mujer decir de modo claro y distinto:

--¿Y qué me dices de Mario Burgos? Me han asegurado que tiene amores con Teresa Farías. Como Teresa Farías antes de casarse con Julio Esquivel fue novia de Mario…

Y la mujer acabó ahogando un refrán grosero en una carcajada cínica y ruidosa. El héroe de salones y clubs murmuró algo con voz imperceptible, y vio después a los demás viajeros, como temeroso y avergonzado de que hubiesen oído las palabras de su compañera de viaje.

Alberto, al oírlas, volvió los ojos como asombrados e interrogadores al rostro del hermano, el cual se limitó a responder con una sonrisa de significación incierta. Aunque no mera amigo de ninguna de ellas, Alberto conocía a las personas cuyos nombres acababa de escuchar, y tal vez por eso le impresionaron hondamente las palabras malévolas de la errante vendedora de caricias. Después de llenarle de asombro mezclado con un poco de indignación, esas palabras desviaron el rumbo de sus pensamientos. Desviaron sus pensamientos hacia el país lejano, hacia la distante ciudad europea de donde él venía.

Abstraído en la rememoración de cosas lejanas, para él desaparecieron las cosas al través de las cuales iba el tren, puesto en marcha de nuevo; no vio cómo el paisaje cambiaba poco a poco, sucediendo a las altas cumbres colinas humildes, y a los enormes despeñaderos quiebras nada profundas. Por último, a la derecha de la vía surgió una hilera de sauces, de follaje amarillento y pobre, y a poco se divisaron a lo lejos, como avanzada de la ciudad, ya muy próxima, algunas casas caprichosamente esparcidas. Como tantos viajeros que, al llegar al término, se complacen en recordar su punto de partida, Alberto evocaba con lucidez maravillosa la ciudad europea abandonada por él quizás para siempre. Los recuerdos de los últimos días vividos en esa ciudad fueron pasando por su memoria deslumbrada; pero uno solo de esos recuerdos triunfó al cabo de la esplendidez y la fuerza de los otros. En los largos mediodías y en las tristes noches de a bordo, en alta mar, le había perseguido sin tregua. Y ahora, cuando tal vez iba a extinguirse completamente, se lo representaba doloroso y bello como nunca. Era el recuerdo de un adiós todo besos y lágrimas. Era la visión de un cuerpo de mujer, lleno de temblores, enlazado a su cuerpo; la visión de unos ojos rebosantes de lágrimas, inclinados sobre sus ojos, húmedos de llorar; la visión de unos labios tendidos hacia sus labios en demanda del último beso; la visión radiante de una hermosa cabellera rubia, llamarada de sol cuajada en finísimas hebras áureas, caída, durante los espasmos del dolor, en cascadas de trenzas y lluvia de rizos alrededor de dos frentes, hasta vestir de suave seda y perfume las mejillas de dos rostros, hasta ocultar a la vez dos cabezas, cubriéndolas y amparándolas con toda su magia de luz y de oro, como una tienda real, perfumada y rica, protectora del amor de dos novios augustos.

IV

El médico de la familia, un doctor Fuentes, que a su redondez de figura y a su gravedad sentenciosa de voz debía cerca de las cuatro quintas partes de su reputación y clientela, había dicho con tono solemne y afectado:

--Me parece caso concluido… caso concluido. Sólo un milagro puede hacer que ese corazón triunfe. Sus fibras débiles, degeneradas, no reaccionan ya sino muy difícilmente a los tónicos más poderosos. Cafeína, esparteína, trinitrina y demás remedios análogos, administrados al enfermo, obran como si los tirásemos al aire. Para mí, el desenlace final es inminente.

Y como sucede, cuando todos yerran, los médicos estuvieron acordes. Emazábel mismo, aún con su prestigio de médico y recién llegado de París, halló justas las palabras de Fuentes, y agregó que, a lo sumo, podría establecerse un estado de asistolia crónica, de ningún modo perdurable.

Pero, contra los pesimistas pronósticos de los médicos, la disnea angustiosa de don Pancho comenzó a desaparecer poco a poco, su pulso a readquirir su antigua regularidad y firmeza, y todo su cuerpo a deshincharse, con tanta rapidez, que en donde estaba distendida con exceso, como en las piernas lo estaba, la piel quedó formando arrugas enormes. De la posición molesta que en la cama tenía, la cabeza y el tronco sobre un alto rimero de almohadas, pasó don Pancho a sentarse de tiempo en tiempo en una silla del dormitorio, y luego a pasear por éste, charlando a la vez con los que iban a visitarle y entreteniéndose al principio en animar su charla con desahogos de buen humor, el fácil buen humor de quien después de verse a dos dedos de la tumba, se ve con salud más o menos perfecta y saborea la vida, golosamente, como un regalo.

Un tanto sorprendidos, los médicos no dejaron de sostener su pronóstico. Emazábel aconsejó a Alberto no fiarse mucho de aquella inesperada mejoría.

--Nada tan común en los enfermos del corazón como los golpes traicioneros. Sobre todo en las enfermedades aórticas, aún entre las mejores apariencias, puede sobrevenir la muerte súbita, aventando con un soplo todas las esperanzas.

Pero Alberto, si bien oía con mucha atención y aparentaba acatar los prudentes avisos de Emazábel, en realidad no hacía de ellos caso ninguno. No quería indagar si era fundado o no el temor de los médicos: bastábale ver la mejoría indiscutible de su padre. Y ésta, para él, era como un acto de clemencia para el alma de un condenado a la tortura. Lo libertaba de una preocupación fija y dolorosa. Varias veces en el curso de su viaje, al regreso de París, pensó con espanto si no hallaría al padre muerto o moribundo. Y al pensar de ese modo, se consideraba como reo de un crimen inútil, de un crimen sin remisión, el crimen de estar ausente, muy lejos, en la paz y la dicha, mientras el padre agonizaba. A la mano tenía mil excusas fáciles, atenuadoras de su crimen, pero a pesar de ellas le quedaba siempre en el alma algo así como la anticipada amargura de un remordimiento.

La mejoría del padre, además de adormecer y disipar sus escrúpulos, permitióle dejar el encierro, ya muy largo, y recorrer la ciudad ansioso de ver los cambios efectuados en el aspecto de la población, en los rostros de conocidos y de amigos, u en la belleza de las mujeres antiguamente admiradas. Quería también verificar las malas predicciones de algunos amigos. Estos, desde que él llegó, no cesaban de anunciarle decepciones, enojos, desagrados de toda especie. El mismo día de su llegada, en la estación del ferrocarril, dos o tres de los que fueron sus camaradas en Europa y habían regresado antes que él, dieron principio a sus malos anuncios, diciéndole cosas disparatadas, dejándole adivinar contrariedades y tristezas, alegrándose de su vuelta con palabras y frases ambiguas, entre serias y burlonas, que desconcertaron a Alberto por el tono zumbón y maleante.

Alberto se dio a saborear las dulzuras de la vuelta. Recordó, entonces, comprendiendo por vez primera su hondo sentido, las palabras de un autor admirado: Se parte únicamente para volver. Mucho del goce de un viaje está en el regreso. Y se explicaba la inquietud de ciertas almas que, en un ir y venir alternado y continuo, se procuran a cada paso el dolor de la partida y el placer del retorno, hasta hacer de la propia existencia una sola voluptuosidad triste.

Su primera salida la hizo una mañana, pero no más caminó doscientos metros, cuando volvió atrás los pasos. Al verlo tan pronto de vuelta, su hermana le preguntó si había olvidado alguna cosa.

--No, no he olvidado nada. Es que… Por la tarde saldré.

Pero no dijo la causa de su retroceso brusco. Sólo interiormente pensaba: “Parece una artimaña diabólica. Un pormenor tan baladí ¿cómo ha podido causarme una impresión tan viva, un desagrado tan profundo?. Si Emazábel llegara a saberlo, ya tendría para un buen rato de broma. Y no sólo Emazábel: cualquiera otro hallaría mi desagrado muy ridículo”. Y pensando así, Alberto se representaba su breve paseo. A lo sumo unos doscientos pasos: la calle angosta, sucia, a un lado casi desierta y abrasada de sol; al otro lado, en sombra, algunos transeúntes; por la calzada, a trechos limpia, a trechos inmunda, un coche a todo correr y un carro lento, saltante y chillón. En el trayecto, el recién llegado se complace en darse cuenta de que está pisando la calle, que. De lejos, con la imaginación, había recorrido a menudo, y, aunque no desagradablemente, lo marea y lo turba cierto contraste repentino entre lo que ve y lo que él esperaba ver, porque la ausencia había en él poco a poco borrado la memoria de las proporciones: en su recuerdo no eran las calles tan estrechas, ni tan bajos los edificios. Por último, al término del corto paseo, otra calle, la calle del Carnaval, aun más desaseada: en las aceras, transeúntes más numerosos, y calle abajo, el flemático y torpe avanzar de dos jamelgos flaquísimos, un tranvía de ruedas grandes y caja diminuta, como caja de muñecos y de soldados de plomo. El tranvía, adelante, el cochero con el pie en el estribo, el otro pie en la plataforma, y las riendas, como al descuido, en las manos; dentro del carro, una mujer y tres hombres; en la plataforma trasera, el conductor, con la gorra tirada sobre la nuca, los labios dispuestos al silbido, estira el brazo derecho negligentemente por entre dos de los pasajeros a presentar a uno de estos el billete del tranvía. Y sin cuidarse de si el pasajero ve o no el ademán y tomo o no la boleta, como si para él nada de eso tuviera importancia ninguna, silba muy orondo y clava los ojos en el rítmico andar provocador de una chicuela que pasa.

Fuera de eso, nada recordaba de su corto paseo, nada por lo menos bastante a justificar su desagrado, su tristeza, aquel dolor abierto de súbito en su alma como la rosa de una herida. Pero pronto olvidó su disgusto, ocupándose en abrir y vaciar dos cajas enormes de su equipaje, todavía cerradas, llenas la una de libros, la otra de objetos de arte, casi todos regalos de sus camaradas artistas. Pedro le ayudaba, riendo y parloteando muy contento con satisfacer al fin su curiosidad imperiosa. Con porfía pueril, su curiosidad no había hecho sino rodar alrededor de aquellas dos cajas, midiéndolas con los ojos, calculando su peso, contemplándolas, acariciándolas tenazmente como a dos mudas esfinges a las cuales pretendieses arrancar un secreto delicioso y extraño. Mientras desclavaba las maderas, rompían el zinc y echaban a un lado en desorden la paja y los papeles de rellenar, el buen humor y la charla de Pedro aumentaban, desbordándose en exclamaciones de asombro ingenuo y exagerado, como asombro de niño. De los libros llamaron la atención de Pedro algunos ya célebres que él no conocía aún, y otros, conocidos o no de él, pero de edición atrayente, lujosa y rara.

(…)

Después de los libros fueron los demás objetos, los regalos que traía Alberto a los de la casa y los que le habían hecho a él sus amigos en Europa: el bibelot raro, las curiosidades de pueblos y países remotos, y cuanto exornaba su taller y su habitación parisienses. De cada una de esas cosas parecía fluir una ola de remembranzas. Alberto ebrio de memorias, hablaba, hablaba, hablaba, y el rumor de su voz acrecía la dulce embriaguez de sus recuerdos. A cada paso decía un nombre, y al nombre seguía un retrato o una caricatura, y la historia alegre o triste de una noche, de una tarde o de una hora de su vida de estudiante y artista, de paseante vagabundo y trabajador, perseguido y torturado por la obsesión de la obra. Y el entusiasmo de Alberto se comunicaba fácilmente al hermano porque se trataba de París, el fascinador señuelo de todas las almas jóvenes, y Pedro creía adivinas, alcanzar y poseer la luz, el amor y el perfume de Paris a través de los labios fraternos. Lo que Pedro no entendió muy bien fue la alegría y casi exaltación del hermano ante dos objetos, apreciados en mucho al parecer, según lo cuidadosamente enfardelados que estaban: el uno era una cabeza de yeso, cabeza deliciosa de muchacha de veinte años, cabeza leonardina, la boca sensual y doliente, los ojos impregnados de ideal; el otro, una acuarela pequeñita, simple manojo de crisantemos áureos.

La cabeza era obra de Alberto, la acuarela obra de Calles, aquel pintor de la Argentina amigo suyo.

Cuando Alberto, hacia la tarde, salió de nuevo, nada persistía en su espíritu de su inexplicable disgusto de la mañana. Pisando la acera con más gozo y agilidad, se puso a recorrer las calles con la impaciencia del extraño que desea verlo todo y aprisa. De vez en cuando reconocía, o bien se imaginaba reconocer el rostro de un transeúnte, y entonces vacilaba entre saludar o no, siguiendo después, cuando no lo hacía, perseguido por la duda de si la persona en cuestión sería un amigo de poco tiempo, ya olvidado. A veces parábase a observar un cambio entrevisto. Pero los cambios realizados durante su ausencia no eran muchos: ya una casa recién construida, ya un hotel, o, sobre todo, un café nuevo con pretensiones de lujoso, en donde antes existió una covacha infecta o un fogón miserable. En ea primera salida lo llenaban de regocijo pueril ciertos pormenores. Así, de un lado de la plaza Bolívar, se detuvo ante un árbol en flor a contemplarlo, como si fuese un modelo soñado con todas las gracias y primores, o un bronce de Rodín, o un mármol perfecto.

En esta guisa, reconociendo rostros de viejos conocidos, deteniéndose a observar los cambios, experimentando vagos deleites a la vista de nonadas fútiles, cuando más graciosas, Alberto recorrió muchas calles, atravesó algunas plazas y, por último, ya muy tarde, se dirigió a lo más alto de “El Calvario”, deseoso de abrazar con la mirada, como en un solo abrazo de luz y de amor, a la ciudad entera. Dejó atrás la empinada y fatigosa gradería de cemento que lleva a lo alto de la colina, y tomó por la senda de suave pendiente por donde van los coches, para subir con más descanso y ver desarrollarse más lentamente el claro paisaje nativo. Ascendiendo la colina, antes estéril, hoy sembrada de flores y árboles, lo asaltaron, por analogía de impresiones, dos recuerdos: el de una tarde romana en el Pincio y el de una luminosa tarde florentina en la Viale del Colli, donde un veneciano, proscrito en Florencia, hablaba de sus verdes canales dormidos en un perpetuo sueño de belleza, con acento quejumbroso y nostálgico.

Llegado a la cumbre del paseo, buscó los mejores puntos de vista, y desde allí se entretenía en descubrir con la mirada, nombrándolos a un mismo tiempo, los edificios más notables: el teatro Municipal; cerca del teatro una iglesia a la manera de Bizancio, coronada de cúpulas; la Plaza de Toros, la Catedral, la iglesia de la Pastora y demás templos, casi todos de arquitectura mediocre. Y las torres de los templos, idealizadas por la distancia, proyectadas sobre el Ávila unas, sobre el cielo las otras, adquirían a los ojos de Alberto gracia y esbeltez indecibles. Hacia el Noroeste le pareció ver todo un barrio nuevo como si la ciudad, en ese punto, se hubiera ensanchado bruscamente: casas construidas y casas a medio construir sobre una tierra color de ocre, algunos dispersos manchones de arboleda y muchas calles, apenas en esbozo, rompidas (sic) de barrancos.

Cuando Alberto se dispuso a bajar del Calvario hacía tiempo que las rosas del largo crepúsculo de septiembre se deshojaban en el cielo occiduo. Mientras él bajaba, aproximándose a la ciudad, seguían deshojándose las rosas de luz, ya no solamente en el cielo occiduo, sino en todos los puntos del cielo. Y las rosas deshojadas caían sobre el Ávila, sobre los techos de las casas, sobre las torres de los templos, en las calles de la ciudad, e inflamaban la atmósfera. Alberto veía asombrado el suave incendio fantasmagórico, preguntándose por qué, tiempo atrás, antes de su partida, no observó nunca esas rosas de los crepúsculos de septiembre. Y a esa pregunta, confusamente se respondía que tal vez sus ojos, deshabituados por la ausencia, hechos a contemplar y descubrir muchas bellezas exóticas, habían aprendido a ver mejor la belleza de las cosas familiares.

De vuelta al centro, a su llegada a la plaza Bolívar, vio muchas mujeres que bajaban hacia la plaza por la calle Norte, y se fue por ésta, llevado por su curiosidad, calle arriba. Eran devotas que salían de la Santa Capilla, unas, de velo, otras, de pañolón, casi todas con libros de rezos en las manos. La Santa Capilla. Antes ligera y diminuta como un joyel, unida tan sólo hacia atrás al caserón de la Academia de Bellas Artes, libre a los lados y al frente, en medio de una plaza en armonía con su magnitud, había sido, a expensas de la plaza, convertida en pesado laberinto, feo y lúgubre, merced a la imaginación churrigueresca de ciertos curas y beatas. Muchas devotas, quedaban aún estacionadas y en grupos, conversando en las puertas de la capilla fronteras al Parque, vasto cuartel coronado de almenas. El frente del cuartel no está separado de la capilla de hoy sino por la sola anchura de la calle. Y tanto la capilla de un lado, como del lado opuesto el cuartel, situados como están en la intersección de dos calles, forman esquina. N la esquena misma, del lado de la capilla, había un grupo de devotas; y otros grupos había en la plazuela del lado Norte, único fragmento respetado de la antigua plaza. Al pasar Alberto cerca del grupo estacionado en la esquena, una del grupo, vestida de negro, como de luto riguroso, y con un velo negro también y muy tupido, como el de cualquiera turca de Estambul, con un solo y vivo movimiento alzó y dejó caer el velo impenetrable. Y Alberto pudo ver, como un relámpago, una cara desconocida y preciosa. Luego, a la vista de una mujer del grupo de la plazuela, le asaltó la duda que, a la vista de otras personas, le había asaltado más de una vez aquella tarde. Creyó reconocerla; y más le turbó la duda cuando notó que ella se fijaba en él con la misma tenacidad que él en ella. Después de seguir adelante por algún tiempo, ocupado en un soliloquio mudo: “debe ser ella… no, si no puede ser…”, volvió de improviso la cara. Y los ojos de la mujer habían seguido sus pasos. Entonces, no sin antes disimular su intento, sacando el reloj a ver la hora, regresó por donde había ido.

A lo lejos, en Occidente, morían las últimas rosas diáfanas. Las devotas del grupo de la esquena no se habían dispersado aún, y la misma muchacha del grupo, con el mismo ademán rápido y gracioso, alzó y dejó caer el velo impenetrable.



--Coquetuela—se dijo para sí Alberto, y siguió entonces camino de su casa, agitado po ls mil sensacioes confusas de aquel día. Pensaba en el barrio nuevo, desde la altura del Calvario entrevisto, construido sobre tierra árida color ocre; pensaba en el desaseo de las calles; veía de nuevo, sobre el desaseo de las calles, deshojarse las infinitas rosas del crepúsculo. Y dentro de él relampagueó la visión de la ciudad nativa como una visión de ciudad oriental, inmunda y bella.

REFERENCIAS

Díaz Seijas, P. (2006-2007). Literatura venezolana. (Documento en línea). Disponible: http://www.literaturadevenezuela.com/html/lv_luismanuelurbaneja.html (Consulta: 05/09/11)

Ídolos rotos. Capítulo I (s.f.) Radiofeyalegría. (Documento en línea). Disponible: http://www.radiofeyalegriaeducom.net/pdf/MD-2do-S11-Castellano.pdf (Consulta: 24/08/11).

Ídolos rotos (2011. Febr, 22) Wikipedia (Documento en línea). Disponible: http://es.wikipedia.org/wiki/%C3%8Ddolos_rotos. (Consulta: 23/08/11).

Manuel Díaz Rodríguez. (s.f.) Prosa modernista. Biblioteca de la prosa modernista de habla hispana.. (Documento en línea). Disponible: http://prosamodernista.com/manuediazrodriguez.aspx. (Consulta: 24/08/11).

Vásquez, M. (2011. Febr, 12). “Algunos capítulos de Ídolos Rotos”. En: Las letras que queremos hoy. (Blog). Disponible: http://mireyavasquez.blogspot.com/2011/02/algunos-capitulos-de-idolos-rotos.html. (Consulta: 23/08711).



lunes, 5 de septiembre de 2011

COSTUMBRISMO: LOS ARTÍCULOS O CUADROS DE COSTUMBRE

EL COSTUMBRISMO


El costumbrismo se extiende a todas las artes, pudiéndose hablar de cuadros, historietas o novelas costumbristas; ya que el folclore, a menudo, es una forma de costumbrismo; sin embargo, el término posee una consideración especial a lo largo de la historia del arte y se presenta en cualquier momento, aunque se refiere muchas veces a los autores a partir del siglo XIX. En esta época, la burguesía romántica siente la melancolía de sus perdidos orígenes campesinos y ve que, con la Revolución Industrial y el éxodo del campo a la ciudad, ciertas costumbres y valores tradicionales empiezan a perderse o transformarse. Es evidente que el movimiento surgió por los continuos cambios de la sociedad de principios del S.XIX; como ya se ha dicho, se desarrolló sobre todo durante el Romanticismo, cuando la Revolución industrial presagiaba ya que una serie de valores y tradiciones rurales podrían perderse con el desmesurado desarrollo del capitalismo urbano y el éxodo masivo del campo a la ciudad. También sirvió para describir con el Realismo del siglo XIX el espíritu de la nueva y boyante clase social, la burguesía, que conquistó el poder en el siglo XIX. El costumbrismo se generó en el seno del Romanticismo como un signo de melancolía por los valores y costumbres del pasado; pero también contribuyó con su decadencia y el posterior inicio del Realismo, cuando se aburguesó y se convirtió en un método descriptivo. A diferencia del Realismo, con el que se halla estrechamente relacionado, el costumbrismo no analiza los usos y costumbres que aborda; por tanto, se queda en un mero retrato o reflejo sin opinión. Por este motivo, a menudo, se habla de “cuadros costumbristas o de género” para referirse a cualquiera de estas manifestaciones, no sólo a las pictóricas, sino también en literatura, que se caracteriza por el retrato e interpretación de las costumbres y tipos del país; de allí que se conozcan los mencionados "cuadros de costumbres" cuando retrata una escena típica, o "artículo de costumbres" si describe con tono humorístico y satírico algún aspecto de la vida; esta tendencia fija su atención en los hábitos de las clases populares y se expresa en un lenguaje purista y castizo; en todo caso, el uso de ambos términos han llegado a ser estudiados como sinónimos.

LOS CUADROS O ARTÍCULOS DE COSTUMBRES


Los cuadros o artículos de costumbres constituyen un subgénero propio del costumbrismo o literatura costumbrista, en ellos se describen tipos populares y actitudes, comportamientos, valores y hábitos comunes a una profesión, región o clase por medio de la descripción, con frecuencia satírica o nostálgica, en ocasiones con un breve pretexto narrativo, de los ambientes, costumbres, vestidos, fiestas, diversiones, tradiciones, oficios y tipos representativos de una sociedad. Estos escritos corresponden a bocetos cortos en los que se pintan costumbres, usos, hábitos, tipos populares y característicos o representativos de la sociedad, paisaje, por medio de la descripción, con frecuencia satírica o nostálgica, en ocasiones con un breve pretexto narrativo, de los ambientes, costumbres, vestidos, fiestas, diversiones, tradiciones, oficios y tipos representativos de una sociedad. Son textos ampliamente leídos en el mundo hispánico, debido a que interpretan raíces hondas de la raza y corresponden al gusto por estos estudios de la realidad circundante. Entre sus características se pueden mencionar las siguientes: acendrado localismo en sus tipos y lengua; color local, énfasis en el enfoque de los pintoresco y representativo; popularismo; sátira y crítica social, con intención de reforma; infiltración del tema político-social; reproducción casi fotográfica de la realidad con escenas a veces muy crudas y vocabulario rudo y hasta grosero; colorido, plasticidad. El cuadro costumbrista nació indisolublemente ligado al periodismo, quizás por su carácter popular y su anhelo de resaltar costumbres contemporáneas.

La denominación fue creada en Inglaterra por Richard Steele y Joseph Addison (essay or sketch of manners), y pronto se traspasó a Francia (tableau de moeurs) y a España (cuadro de costumbres). En la actualidad los cuadros de costumbres poseen una gran importancia para la Sociología y como fuente histórica; sus procedimientos y técnicas fueron asimilados por las estéticas posteriores del Realismo y el Naturalismo. Mesonero Romanos, representante de este tipo de escritos, definía el cuadro de costumbres como pintura filosófica o festiva y satírica de las costumbres populares. El costumbrismo literario refleja los usos y costumbres sociales sin analizarlos ni interpretarlos, ya que de ese modo se entraría en el realismo literario, con el que se halla directamente relacionado. Así, se limita a la descripción, casi pictórica, de lo más externo de la vida cotidiana. Por lo general se da en prosa más que en verso, lo cual no quiere decir que sea privativo; el género teatral ha dado grandes obras costumbristas. La atención que concede el Romanticismo a todo lo popular fue lo que dio lugar a la aparición de la literatura costumbrista, con los retratos de diversos aspectos de la vida del país (costumbres, tradiciones, vicios, etc.). Este tipo de literatura no aparece en forma de novelas o relatos, sino por medio de los ya mencionados artículos o cuadro de costumbres.

Características principales de los artículos o cuadros de costumbres

Además de las mencionadas en líneas anteriores, se pueden tomar en cuenta las siguientes:

• Parten de una anécdota, real o ficticia, extraída de la vida cotidiana y presentada en forma narrativa.
• Suelen acabar con una reflexión ética sobre el tema tratado.
• Se plasma, a lo largo de la narración, la subjetividad del autor, quien emite sus opiniones y orienta el pensamiento del lector.
• Utilizan el recurso de la ironía y hasta del sarcasmo ácido para llevar a cabo la crítica social que persigue.
• Emplean un lenguaje sencillo, y a veces coloquial, para que pueda ser entendido por el amplio público al que va dirigido.
En España destacaron en el cultivo del cuadro de costumbres los escritores decimonónicos Mariano José de Larra, Ramón Mesonero Romanos y Serafín Estébanez Calderón, y se escribieron grandes compilaciones colectivas de artículos de este género que describían tipos y profesiones populares. Los escritores-autores, periodistas, ensayistas, críticos, columnistas, que escriben en los periódicos, revistas, etc.; también son una fuente importante de las costumbres de una parte de la sociedad. En América Latina este subgénero alcanzó gran éxito entre las élites lectoras locales y, en gran parte de los países, se consagró algún escritor como "el" autor de cuadros costumbristas nacionales. En Perú fue Ricardo Palma quien aplicó el cuadro de costumbres a temas históricos virreinales; en Venezuela, Rafael María Baralt, Abigail Lozano, Juan Vicente González; en Chile, José Joaquín Vallejo, testigo del pionerismo y auge minero, en Guatemala, fue José Milla y Vidaurre quien describe aspectos culturales acontecidos en la capital guatemalteca.


AUTORES COSTUMBRISTAS VENEZOLANOS Y SUS OBRAS

A continuación, se tomarán en cuenta dos posibles clasificaciones de las etapas y los autores del costumbrismo venezolano; en una primera sistematización, el crítico Mariano Picón Salas señala que nuestro costumbrismo surge hacia el año 1.830 “cuando después de tantos años beligerantes los venezolanos claman por el sedentarismo y la paz” y considera que “es la primera vía hacia lo circundante en el proceso de nuestras letras”. Entre las características están las siguientes: a) Imita, en sus inicios, a los autores europeos; b) Se revela en las novelas histórico – románticas; c) Su definición coincide con la de la vida en la sociedad republicana. A su vez, organiza a los autores de la siguiente manera:

I etapa: representantes: En la iniciación, existe una imitación de técnicas de costumbristas españolas. Fermin Toro, Juan Manuel Cajigal, Luis Daniel Correa, Daniel Mendoza.

II etapa: auge y apogeo. Inspirado en las verdaderas costumbres nacionales: Francisco de Sales Pérez y Nicanor Bolet Peraza.

III etapa: decadencia. Se da paso al Modernismo y luego al Criollismo. Rafael Bolívar Coronado, Miguel Mármol y Eugenio Méndez.
Otra clasificación sería la siguiente:

I etapa

• Daniel Mendoza (1.823 - 1.867), autor oriundo de los Llanos, nacido en la ciudad de Calabozo en 1823; cursó estudios de jurisprudencia en la Universidad Central de Caracas y se dio a conocer como poeta y escritor de costumbres desde 1844. Es quizás el nombre central en la historia del costumbrismo venezolano; sus cuadros son agudos y saturados de agradable picardía criolla. Murió en 1867 a la edad de cuarenta y cuatro años. Y su obra contribu¬ye a nacionalizar el género costum¬brista en Venezuela. Entre sus artículos más conocidos, se cuentan: “Un llanero en la ciudad”, “Muchachos a la moda”, “Muchachas a la moda”, “Palmarote en Apure”.
II etapa

• Nicanor Bolet Peraza (1.838 - 1.909), nacido en Caracas en 1838, periodista y político, de agitada carrera; en los primeros años de su juventud se radicó en Barcelona, donde trabajó en el taller tipográfico de su padre. Las contiendas políticas lo arrastran a los campos de batalla y alcanzó el grado de General de Brigada; pero, al volver a la vida civil, se entregó a una activa labor periodística y literaria. En este sentido, fundó un periódico con grabados iluminados, el primero de su clase en Venezuela; también dirigió La Tribuna Liberal y más tarde la revista Las tres Américas; desde las páginas de estas revistas dio a conocer la vida y las costumbres de la Caracas coetánea del escritor, con cuadros de sabor tradicionalista, caracterizados por la gracia ingeniosa y el realismo, como El Mercado, El teatro de Maderero, los baños de Macuto, De Caracas a la Guaira, Que le empreste. Con estas pinturas, Bolet Peraza se sitúa entre los cronistas más populares y más identificados con el espíritu de su ciudad natal. Por los años de 1889, se trasladó a Nueva York, donde funda Las tres Américas, revista que tuvo favorable acogida en la América Hispana. Muere en la metrópolis del Norte el 25 de marzo de 1906.
III etapa

• Miguel Mármol “El Jabino” (1.866 - 1.911) cuya obra literaria representa los últimos rasgos del costumbris¬mo venezolano. Entre sus artículos de costumbre, se conocen los siguientes: “Tiros al blanco”, “Pólvora y tacos”, “Los Velorios”, “Verrugas y lunares”. En “Los Velorios”, critica las costumbres de velar a los muer¬tos, donde los únicos que lloran y sienten de verdad son los familiares del difunto. Los de¬más son “tomadores de café y de génesis” y tienen como características el humorismo y la sátira; la crítica social; el estilo sencillo y directo.

• Francisco de Sales Pérez nació en Caracas en 1836, escritor costumbrista que se dio a conocer bajo el seudónimo de “Justo” y ocupó cargos políticos importantes. Editó algunas obras literarias, entre ellas Costumbres Venezolanas. Sales Pérez era aficionado a los caballos y disfrutó las carreras en el hipódromo de Valencia. En 1878 recopiló gran parte de sus artículos en un tomo que tituló Ratos perdidos. Murió en 1932, días en que se reabría el hipódromo capitalino de El Paraíso. Contaba 96 años y se encontraba en Caracas, su ciudad natal. En su artículo “El Petardista”, describe a un personaje típico de la ciudad, el oportu¬nista adulador, que se vale de todos para obtener lo que quiere: comida, cigarrillos, favores, etc.

SELECCIÓN DE ARTÍCULOS DE COSTUMBRE

EL PETARDISTA. Francisco de Sales Pérez

Vamos a pasar un rato a costa de este ciudadano. ¿No pasa él su vida entera a costa de los demás? Pero es preciso hacerlo con precaución, porque el petardista muerde a quien le pasa cerca.

No voy a mortificar al padre de familia arruinado, ni al joven desvalido que necesitan el amparo de sus amigos; para ellos tengo yo la mitad de mi pan y todo mi corazón.

El petardista es natural de Caracas; aquí nace, aquí vive, muere en el hospital.

Si nace en otro pueblo, por una equivocación de su madre, busca la capital en cuanto tiene alas; su propio ins¬tinto le dice que sólo en esta atmósfera puede existir. De aquí se deduce que el petardista nace petardista; su manera de vivir no es una profesión estudiada, sino una vocación a que obedece por secreto impulso.

El petardista nace pobre y no enriquece jamás, porque, como buen cristiano, sólo “pide lo necesario para el día, a fin de quedar necesitado a pedir lo mismo mañana”. Si heredara, si ganara en el juego una suma considerable, la derrocharía en una semana. Él no podría acostumbrarse a tener con qué comer dos días seguidos. Si se acostara sabiendo que va a amanecer con el desayuno en el bolsillo, no podría dormir; tanta seguridad lo desvelaría. El pe¬tardista duerme a pierna suelta cuando exclama al acostarse: ¿En qué faltriquera estará el almuerzo de mañana?

Él tiene su casa, como todo ser viviente, pero nadie la conoce: su verdadera casa es la calle, donde se le puede encontrar a todas horas, aunque sería mejor no encontrarle a ninguna. Si puede hallársele en alguna casa, debe ser de juego.

Él tiene sus puntos de ojeo, como los cazadores, donde se sitúa según la hora. Regularmente amanece a la puerta de un café, con el cigarro en la boca, para inspirar confianza a los parroquianos. ¿Quién que lo vea fumando puede pensar que está en ayunas? ¡Ay del que penetre!

Meserón, que tiene mucho talento para calcular lo que le conviene, transige con él cuando le mira a las puertas del “Ávila”.

- Pepe -dice-, ¿por qué no entras? ¿Has tomado café?

- No, querido, es muy temprano -le contesta-. El petardista nunca ha tomado nada.

- Garzon -grita Meserón afrancesando al mozo-, sírvele a Pepe un café confortable; apura, pronto, que tiene que marcharse. Meserón sabe por experiencia que aquel hombre en la puerta de su restaurante le ahuyenta cien parroquianos, que lo arruinaría en una semana, y se liberta de su presencia a costa de una taza de café.

A mediodía pone su ojeo cerca del palacio de Gobierno. ¡Qué peligroso es un petardista, entre once y doce de la mañana, situado en ese punto! El mismo Presidente de la Unión no está libre de su ataque directo. Su actitud revela la disposición resuelta de su ánimo. Oculta la mano izquierda en el bolsillo, como para palpar constantemente su miseria. Blande el bastón con la diestra de un modo casi amenazante. La mirada inquieta domina las avenidas a una milla de distancia. El hambre se expresa en sus facciones con la severidad de la ira. Al divisar a un forastero, exclama como el corsario: “Buena presa”. Y se dispone al ataque con una arenga adecuada y un apretón de manos.

- General, ¿cuándo ha llegado usted? (el forastero debe ser General), ¿y cómo ha quedado el Estado Apure? Ya sabemos que salió usted diputado por una mayoría lujosísima.

- ¿Yo? -dice el General abriendo un palmo de boca-. Sin duda habría salido, a no ser las picardías...

- ¡Ah!..., perdone usted-le interrumpe el petardista-; ¡eso es, eso es!, si aquí estamos indignados. ¡Qué pillos, contrariar así la voluntad del pueblo! Lo reclamaremos en el Congreso. Asistiré a las barras. Cuente conmigo.

Siguiendo el diálogo, resulta que el General no es de Apure, sino de Barcelona, lo cual no le saca del apuro en que está de pagar una libra por el saludo del petardista.

El petardista es tertuliante diario de las cantinas. ¡Qué buen marchante! Nadie se refresca más que él; y, ¡cosa rara!, se refresca con lo que irrita a los demás.

El toma con todo el que tome. ¿Quién será tan descortés para no brindarle? Y él, ¿cómo se atreverá a desairar a nadie? Su educación no se lo permite.

El hábito de halagar le ha dado una perspicacia especial para conocer lo que puede agradar al que piensa morder. El hace como el murciélago, que adormece con las alas antes de clavar el diente.

El petardista no se mezcla en política; no precisamente porque no quiere, sino porque ningún partido lo em¬plea. De ahí viene que no tenga opinión, lo cual le presenta la ventaja de estar identificado con todo el mundo. Con el liberal, es liberal, y le cuenta que debe su ruina a los oligarcas; y con éstos, es oligarca, y les refiere cómo le han perseguido los liberales. ¡En tanto que él es perseguidor eterno de los partidos!

En las noches de ópera se sitúa cerca de la entrada del teatro. Cualquiera lo tomaría por un agente de policía, destinado a tomar nota de los que van entrando. El petardista no tiene papeleta, ni la tuvo nunca, ni la comprará jamás; pero él entra primero que los abonados. A un amigo le dice que se le olvidó el portamonedas y que... Pero el otro le dice que viene tasado. A otro le da la enhorabuena por la ganancia que hizo en el juego... Pero resulta que viene tronado y le desaira bruscamente. Al tercero, le promete una noticia que le importa mucho, pero que... le cuesta la entrada. Este quiere saberla, pero el petardista lo emplaza para el parterre. En la duda de qué será, qué no será, sacrifica los doce reales y... adentro. Después resulta que la noticia es vieja.

Otras veces suplica que le presten una papeleta para entrar un instante a hablar con un médico; y como ha elegido bien al que ha de burlar, recibe la papeleta y lo deja esperando. Rompe la música y entra la desesperación de oír el canto que va a comenzar, y entra la duda de que vuelva Pepe, y, para salir de tanta inquietud, se compra otra papeleta. Cuántas escenas al encontrarse adentro. -Pero, en fin, ya que dudaste de mí... veremos la ópera juntos-. Y por si le queda algún rencor le hace pagar también la cena en El Gato Negro al terminar la función.

Tal es la vida y milagros de este ser nacido para vivir de los demás, que divierte a quien le estudia, irrita al que le sufre y fatiga a mis lectores.

LOS PATIQUINES. Francisco de Sales Pérez

Creo innecesario explicar la significación de esta palabra. Para no dejar de parecer etimologista, o pedante que es lo mismo, diré que viene la de la voz italiana partiquino, que significa actor de baja escala.

Un paje mudo, por ejemplo, aquel que sale a decir -aquí están las velas, no son más que partiquinos. La palabra patiquín, degeneración de aquella es nueva en el diccionario venezolano, así como es nuevo, y original de nuestro suelo, el tipo que ella designa.

Los antiguos no conocieron esta sabandija, nacida de nuestras revoluciones, como brotan lombrices y sanguijuelas de los pantanos.

No he querido comparar al patiquín con la tímida lombriz ni con la chupadora sanguijuela, ni mucho menos con el lodo de nuestras convulsiones políticas; líbreme Dios de hacer comparaciones tan exactas. Ante todo amo la ficción si no, parecía extranjero en mi patria.

El patiquín no nace precisamente el día de una convulsión: él existe, pero vive en incubación durante los períodos pacíficos, que por cierto son muy cortos. Así como el gusano vive en su capullo hasta que se convierte en mariposa, esos jóvenes turbulentos, ociosos y sin carreras viven en las cantinas hasta que se transforma en patiquines.

La cantina es el capullo de esta crisálida. Con el primer grito de una insurrección y la primera proclama del Gobierno, brotan a millares como las ranas con las primeras lluvias. El patiquín nace sin opinión: él se declara en ejercicio, como abogado noble, antes de saber qué causa defenderá: los acontecimientos van a fijar su opinión.

Lo único que él sabe de cierto es -que en el río revuelto ganan los pescadores. Aquellos que logran una ración del Gobierno como agregados; una comisión para embargar bestias, -empleo que produce dos ganancias, -una por embargar y otra por no embargar; una comandancia de patrulla para cobrar reemplazos, o cualquier otra ganga, se deciden por el Gobierno, o sea por la constitución y las leyes.

Los que no caben en la gracia del Gobierno, se hacen conspiradores y andan de corrillo en corrillo, hasta que creen llegado el momento del triunfo.

Entonces se incorporan a la facción. Ya está el patiquín en su verdadero elemento.

Se le distingue a leguas por el talante, más dramático que bélico. Gran sombrero, con el ala izquierda apuntada, sosteniendo una hermosa pluma que arrancó a la gorra de la mamá: Chaqueta azul con botones amarillos: Pantalón metido por dentro de las botas, remedando las jacobinas: Carriel fileteado, con cigarros, cepillos, peines, un billete amoroso y una clineja de Laura, Sable curvo y mohoso; enorme revólver.

Los patiquines no entran a servir en ningún cuerpo regular; ellos se acomodan en el Estado Mayor, o forman esos cuerpos ligeros, insubordinados e inútiles que llaman piquetes. Su oficio es recoger ganado, bestias, empréstitos, etc. Nadie más violento que ellos contra los hombres, las mujeres y objetos indefensos.

Los patiquines tienen para la guerra una ventaja muy envidiable, y es-su horror a los peligros. Entre ellos y las balas no hay ni puede haber ningún punto de contacto: son antípodas. De ahí viene que no se ha dado el caso de un patiquín muerto en campaña, como no sea de miedo o de calenturas.

En compensación de esto, son los más avanzados cuando llega la hora de comer. ¡Ay de las gallinas donde cae una manada de estos zorros! ¡Cuando el soldado, muerto de fatiga, está jadeante de sed, el patiquín se está bañando! En la hora del combate ocupan también su puesto, no precisamente en las filas de batallas, sino en las de observación.

Allí, trémulos de corajes, esperan el resultado. Si es adverso, nadie les quita la vanguardia en la carrera; si es favorable, se queda recorriendo el campo para recoger los heridos, y los caballos.

Cuando el campamento es sorprendido, sin que los patiquines hayan tenido tiempo de acomodarse, la derrota es infalible, porque no hay soldado que resista sus gritos de terror, ni las patas de su caballo que se llevan por delante todo lo que encuentran, menos al enemigo. Un ejército recargado de patiquines está siempre próximo a ser destruido, porque lleva en su seno un mal elemento -el pánico.

Sin embargo, en los desastres tienen reservado un puesto de honor en que lucen mucho -¡la lista de prisioneros!

Y es gusto verles entre las filas de sus vencedores, cabizbajos, ennegrecidos por el polvo y con gesto que parece decir: "¡Oh ironía de la suerte! ¡Tanta humillación por premio de tanto heroísmo! ¡La posteridad me hará justicia!". Pero si llega un día de triunfo para su causa, entonces entran erguidos como grandes libertadores; cada cual cree que todos los arcos son para su gloria y que las damas no piensan más que en su bravura.

Al referir sus hazañas, cree uno que oye al mismo Marte. El triunfo se debió únicamente a él: ¡el jefe no hacía nada sin consultárselo: los soldados no seguían más que su plumaje!

Todos los destinos deben ser para él, porque sólo su denuedo los ha conquistado: deben darle una Aduana, y no para administrarla, sino para disfrutarla. ¿Qué menos? ¿No expuso él su vida a un constipado, a una mordedura de culebra? ¿No ha podido recibir un balazo al cargar su revólver?

¡El día de las recompensas honoríficas, consigue sin esfuerzos que le confirmen su grado de general, que él mismo se había dado, y ya lo tiene usted creyendo que es verdad su propia fábula!

De esos patiquines generales, es que se han formado eso miles de generales patiquines que cuentan nuestra lista militar, para asombro de las naciones del orbe. ¡Y no es lo peor, sino que tenemos en expectativa una cosecha que va a poner la especie por el suelo! ¡Los generales se cotizarán como los mangos, a tres riales el ciento! ¡Por fortuna yo tengo mi grado antiguo, y no fue ganado con plumajes, ni clinejas, ni fanfarronadas; ese me costó, -lo digo con vanidad- muy buenos veinte pesos!

EL AVARO. Francisco de Sales Pérez

La Fortuna mitológica tenía los ojos vendados. Era una divinidad ciega que corría sobre una rueda, repartiendo sus dones al acaso. La Fortuna de los tiempos modernos tiene los ojos abiertos, y reparte sus tesoros entre los más laboriosos, los más inteligentes, los más audaces y los más miserables.

Estos últimos, más bien que de la Fortuna, son favoritos de una divinidad infernal lla-mada la Avaricia.

Desde que nace un niño con buenas dis¬posiciones, es decir, con la conciencia an¬cha, los ojos de águila y las uñas largas, comienza a sonreirle la Avaricia -y le dice al oído este consejo-

-"Quítale a todo el que puedas y no le des a nadie."-

Por eso, el que ha de ser avaro, lo es desde que nace; si es mellizo, deja sin parte al hermanito: si nace solo, acaba con la pobre madre.

Más tarde, en la escuela, come de las golosinas de todos sus compañeros, y oculta las suyas para comérselas a escondidas.

Cuando llega a la edad de trabajar, hace el primer negocio consigo mismo.

El alma propone el cuerpo el siguiente pacto:

-Cuerpo mío; prométeme que sufrirás todo género de privaciones; que te alimentarás con poco, y ese poco de un valor ínfimo; que sufrirás el frío en el invierno, sin ne¬cesidad de abrigo; que soportarás el calor del estío sin pedir refrigerios; que vestirás con telas burdas sin cuidarte de la moda; que aceptarás las injurias, si de ello repor¬tas beneficio; que serás incansable en las fatigas, y so¬brio en el dormir.

El cuerpo conviene en todo lo que el alma le exige, y a su vez, propone:

-Alma mía: prométeme, en cambio, que pondrás a tu sensibilidad un blindaje de acero; que no tendrás piedad de ninguna mi¬seria; que no sufrirás con ningún dolor ajeno, ni harás ningún sacrificio por aliviarlo; que no derramarás una lágrima sino cuando puedas derivar del llanto alguna utilidad.

Prométeme que no darás entrada al amor sincero y abnegado, y que sabrás fingirlo cuando te convenga; que si llegas a rendir culto a la belleza, por imitar a los demás, cobrarás muy caro el incienso que quemes en sus altares, y marcarás en el reloj de la conveniencia la duración de tus obsequios; que no verás la probidad, la abnegación y la lealtad, como virtudes meritorias, si¬no como circunstancias que deben apro¬vecharse en la ocasión y menospreciarse a su tiempo; que no te dejarás obligar por la grati¬tud en ningún caso; que no darás ningún valor al beneficio recibido, y que sólo tendrás palabras dulces -óyelo bien- palabras para halagar la esperanza del que pueda servirte ma¬ñana.

Prométeme, en fin, romper la balanza de la justicia, y no aceptar como equitativo sino aquello que favorezca tus intereses, y no detenerte en medios para obtener cuanto apetezcas.

Cuando tengas reunidas, para mi rega¬lo, todas las comodidades de que hubieres privado a los demás; cuando veas, convertidas en oro, todas las lágrimas que hayas hecho derramar; cuando hayas llegado a la cúspide de la opulencia, levantaremos un castillo colosal, sobre todas las miserias, todos los dolores, y todas las tristezas que haya producido tu severidad, y lo circundaremos de para¬rrayos para que no lo destruyan ni el fuego del cielo, ni las maldiciones de los hombre.

Entonces, alma mía, ocultaremos nues¬tra dicha en la más alta de sus torres, muy lejos de la tierra, para que no tur¬ben nuestro reposo los suspiros, los ayes, ni los gemidos de la desgracia.

Allí me regalarás con todos los goces de que te prometo privarme:

Desde aquella inmensa altura arrojare¬mos, de cuando en cuando, puñados de monedas sobre las miserias de la tierra, y escogeremos el sitio y la ocasión para de¬jarlas caer donde hagan mucho ruido y haya mucha gente que aplauda.

Los hombres no tienen memoria y pron¬to habrán olvidado lo que llamarán tus durezas. Devolveremos a los más necesitados, al¬gunas migajas de pan, y vendrán, como los pajarillos, a cantar a nuestras rejas. Al cabo de poco tiempo te habrán per¬donado, y alcanzarán, con sus ruegos, que Dios te perdone también.

-El alma promete hacer todo lo que le exige el cuerpo.

¡El pacto queda sellado: el porvenir es seguro! Satanás, oculto, asiste como testigo a aquella conferencia espantosa, y suelta una carcajada que llena de alegría los in¬fiernos.

Así es como se han formado esos mons¬truos nacidos para labrar la propia y la ajena desgracia. Pero rara vez permite Dios que coronen sus deseos. -Los más de ellos, antes de fabricar el castillo colosal y la torre al¬tísima tienen que cavar su sepultura.

El uno víctima de la dispepsia producida por una alimentación escasa y nociva.

Otro a causa de la debilidad cerebral, consecuencia de la eterna meditación y la soledad. Otros de muerte trágica, víctimas de la traición y para provecho de herederos lejanos a quienes ni siquiera conocían. Quisieron economizar hasta el afecto y no formaron familia -el amor les pareció una prodigalidad; -sin ver que, si el hogar es caro por costoso, es más caro, por dulce y benéfico. ¡Cuántos tesoros representa el amor de la familia!
LAS AGENCIAS FUNERARIAS. Francisco de Sales Pérez

Entre las obras de misericordia no hay ninguna que alcance mayor precio que la de enterrar a los muertos. Si todas tienen recompensa en la otra vida, esta la tiene asegurada aquí en la tierra.

Así, no es de extrañarse la multitud de individuos que dedican su actividad y su caudal al misericordioso ejercicio de sepultar a los muertos.

Conozco algunos que no le darían de beber a un sediento, pero que, en cambio serían capaces de enterrar a todo Caracas antes de morirse. Por fortuna los habitantes de esta ciudad tienen la precaución de no dejarse enterrar vivos y de irse muriendo uno a uno. Las buenas obras satisfacen a quienes las practican.

Los filántropos, (si los hay) sienten placer cuando hallan una necesidad que socorrer. La hermana de la caridad se encuentra feliz en medio de las tristezas de un hospital. Así mismo, los empresarios del servicio fúnebre, no están satisfechos sino en tiempos de epidemia.

Preguntadles entonces: -¿Qué tal? Y os responderán candorosamente.

-¡Muy bien! se hace algo, cae algún trabajito.

Al contrario en épocas de salubridad les encontraréis siempre indispuestos y rabiando.

-¡No se puede vivir en una ciudad donde no se muere la gente!

Para ellos no hay epidemia más terrible que la salud. El día que no entierran a un prójimo siquiera, exclaman, como aquel otro cuando no había hecho un beneficio. -"Hoy se ha perdido el día" -y tiene razón: un día en que no se gana, se pierde.

Por eso, con tanta verdad se ha dicho -Es preciso que unos mueran para que otros vivan. Creen algunos que debe ser amargo el pan ganado así; que debe tener sabor de llanto. Es una preocupación: el pan que se gana trabajando honestamente debe saber siempre bien.

Quevedo y otros han satirizado amargamente a los médicos; pero han sido injustos. El médico es el primer amigo de las familias. El lucha contra la muerte hasta el último instante y daría, de buena gana, sus honorarios por vencerlas.

Cuando sucumbe el enfermo, él es el primer dolorido: si no siempre en su corazón, en su amor propio recibe una herida.

Al paso que los asistentes del servicio fúnebre, no tienen, durante la gravedad más que una zozobra -¡la salvación del paciente! Cuando tienen noticias de que mejora, hablan entre sí de esta manera:

-¿Saben ustedes que el Coronel va muy mal?

-Pues ¿qué le sucede? -dicen los otros alarmados.

-¡Parece que se salva!

-¡Qué pérdida! -exclaman todos.

Cuando el médico sale cabizbajo, después de una desgracia, entran cinco o seis agentes de las agencias mortuorias a ofrecer sus servicios. ¡Terrible visita!. Ningún dolorido puede resistir aquellas miradas frías, que parecen valorar la casa y los muebles para calcular cuánto se puede ganar en aquella catástrofe.

La empresa se encarga de fijar la alta categoría del difunto para hacerle unos funerales dignos de ella.

Ya se sabe que todo hombre es más grande después que muere. Los muertos siempre se estiran.

¡Desgraciados herederos si hay algún título de por medio!

Entonces no alcanza el patrimonio para emblemas coronas y gasas.

La vanidad se paga caro en la vida y en la muerte. Confieso que me impresiona el uniforme severo que usan los empleados del servicio fúnebre. Todo el mundo ve con ojos medrosos a esos coches fúnebres, cuyos aurigas llevan un plumaje negro en el sombrero.

Y es natural. -Un carruaje que no se detiene frente a una puerta sino en días aciagos, no puede menos que inspirar terror. Sin embargo esos aurigas tienen una ventana muy envidiable en esa familiaridad que adquieren con la muerte.

Cuando todos palidecen al saber una muerte inesperada, ellos permanecen tranquilos, y sólo hacen esta reflexión -¿A quién le tocará trasportarlo? Un cadáver, que para todo el mundo es objeto de terror, para ellos no es más que una mercancía.

Ellos ven la población como una gran hacienda que se planta y se cultiva por sí misma.

Cada habitante es una espiga, que el tiempo y las penas van madurando, y cuando está en sazón, la hoz de la muerte se encarga de segarla, y ellos van tranquilamente a conducirla en sus lujosos carros a ese granero pavoroso llamado Cementerio, donde ha de consumirse entre la polilla y el olvido....

Esto que escribo no es una crítica, sino un ligero estudio de una de las más importantes instituciones de todo pueblo civilizado. Caracas tiene la gloria de poseer las más lujosas empresas funerarias que he visto, y servidas por hombres cuya cultura dulcifica lo que tiene de amargo el oficio.

LAS TRES ARISTOCRACIAS. Francisco de Sales Pérez

Es cosa convenida que hay tres aristocracias:

-La de la sangre, la del talento y la del dinero. Pero antes de entrar en otras consideraciones que me ocurren, veamos qué es aristocracia.

-Es un motivo, casual casi siempre, para que un hombre se considere superior a los demás. Más claro: es un título para ser vanidoso.

Y ahora pregunto yo: ¿han puesto algo de su parte esos caballeros de cuello de latón para nacer de padres distinguidos?

¿No podrían ser hijos del cochero de la casa, lo mismo que de su papá?

Y entonces ¿por qué miran con menosprecio a los hijos del cochero.

Nacer noble, no cuesta ningún trabajo; lo que cuesta trabajo es ennoblecerse.

Y usted, sapientísimo señor, ¿por qué se echa tanto para atrás, y lleva siempre en los labios una sonrisa despreciativa para todos los que no hacen versos o discursos, aunque muchos pueden hacerlos superiores a los de usted?

¿Ha hecho usted algún esfuerzo para tener talento?

¿Sabe usted siquiera agradecer a Dios el don que le ha concedido? ¿No sabe usted que el mérito se rebaja con la soberbia? Y usted, señor millonario, que encontró labrada, por su padre o por otro, la fortuna que derrocha, ¿de qué se envanece usted?

¿Tiene usted siquiera la satisfacción de haberla ganado trabajando lentamente? Pues entonces, ¿por qué mira usted con tanto desdén a los que no tuvieron pa¬dres trabajadores, económicos, afortunados, o siquiera ladrones, que les dejaron grandes caudales?

***

Sea como fuere; admitamos que hay tres aristocracias, y veamos cuál de ellas tiene mejor fundamento. Estamos de acuerdo en que la sangre humana no es igual, y en que hay gentes, como hay caballos, de pura sangre.

Pero es preciso también convenir en que la sangre pura no sirve para nada si no está acompañada de bellas cualidades que correspondan a la estirpe. Por más enrazado que sea un caballo, si no sirve para correr en el hipódromo, va a arrastrar una carreta.

Así mismo sucede con la especie humanal. Un hombre de sangre pura, si no tiene cualidades correspondientes a su categoría, vale menos que cualquier plebeyo. Figuraos un noble estúpido y pobre, (que no sería un caso singular)

¿Puede haber algo más triste? La nobleza entre esas dos desgracias es un ludibrio. No hay nadie más vecino a la ignominia que un noble arruinado. ¡No es posible calcular hasta donde es capaz de humillarse, por rescatar sus pergaminos de la polilla de la miseria!

Consecuencia. La aristocracia de la sangre no vale nada, sino está apoyada por el dinero

***

Pasemos ahora a la aristocracia del talento. El talento necesita guantes y cuello limpios para ser admitido en el estrado social. La sociedad, acaso injustamente, no reconoce talento en quien no ha podido proporcionarse con él una situación, aunque sea mediana.

Luego: la aristocracia del talento necesita el barniz del oro para ser reconocida y atacada. El talento en la miseria, no es blasón sino suplicio. ¡Sentirse más alto que los demás, y tener que andar a rastras para alcanzar un pedazo de pan, debe ser el mayor de los tormentos!

¡Homero! ¡Milton! ¡Camoens! apelo a vuestro testimonio.

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Pongamos ahora en tela de juicio la aristocracia del dinero. La sociedad, tal como está constituida, ha sintetizado en cuatro palabras el espíritu de la época.

TANTO VALES, CUANTO TIENES. Francisco de Sales Pérez

Fórmula espantosa, pero positiva.

Los ricos no necesitan ser sabios: ellos tienen con qué comprar la sabiduría ajena cuando la han menester. El talento se presupone en quien ha sabido heredar, acumular, conservar o robarse impunemente una fortuna. La sangre pura, la nobleza, que es la supremacía en la sociedad, se concede forzosamente a todo el que puede brillar en ella y derramar esplendor y champaña en sus salones.

De todo lo dicho resulta: que la verdadera aristocracia es la del dinero, porque: La aristocracia del nacimiento necesita estar apoyada en el dinero. La aristocracia del talento necesita el auxilio del dinero. Mientras que la aristocracia del dinero no necesita sangre pura, ni talento claro.

¡Y después se admiran algunos del afán que tienen los hombres por enriquecerse!

El trabajo constante y las proezas heroicas, así como en los crímenes, las injusticias, las deslealtades, las bajezas y todo lo que se hace por adquirir fortuna, es la consecuencia forzosa del espíritu de la época.

***

Para mí las aristocracias no son tres, sino cuatro. La más grande es la cuarta, porque prevalece de las otras.

-¡La aristocracia del Poder!

Es la que está consagrada desde el principio del mundo, en todos los pueblos de la tierra, y la que perdurará hasta el fin de los tiempos.

La aristocracia del poder, hereditaria en las monarquías, alternativa en las democracias, no dejará de existir jamás, porque los hombres que gobiernan, sea por consentimiento forzoso o por voluntad de los pueblos, representan la dignidad nacional y tienen que ser acatados.

Esta aristocracia es más afectiva y menos hiriente que las otras, porque es impersonal. Los gobernantes no tienen nombre: se llaman autoridad, y pesan por igual sobre todas las clases sociales. La autoridad, amada y bendecida, cuando es benéfica, o execrada, cuando es maléfica, siempre inspira respeto, y se ve más alta que el nivel común. No he querido hacer otra nobleza de la virtud, porque ella es el timbre de toda aristocracia legítima. Sin virtud no hay nobleza.

Concluiré este sencillo estudio, recordando a los que han alcanzado el favor de Dios para elevarse sobre los demás en cualquiera línea, aquellas palabras del Evangelio: Los humildes serán ensalzados. Los soberbios serán abatidos.

UN LLANERO EN LA CAPITAL. Daniel Mendoza

Pum, pum, pum; jiiá, jiiá, jiiá!
-Muchacho, mira quién toca
-Ahiá, ahiá, ahiá! dónde están los blancos de aquí? ¿No hai quien choque al tranquero? Ahí, ahí, ahí!
-Va!
-Ya tumbo la palisá, huó huó, huó!
-Pase U. adelante: ¿qué se le ofrece a Ud?
-No bibe aquí el Dotor?
-Sí señor, pase U. adelante!
-Pero ¿por dónde choco? Caramba! mire U. que no quiero perderme más.
-Por aquí, por aquí...
-Por aquí, por aquí siga U... entre
-¡Oh, mi Dotor, dios me lo guar... Candela! ¿tuabía está U. durmiendo cuando ya es hora de sestiar? Arriba, arriba!
-Hola! Palmarote por aquí? Cuándo ha llegado U.?
-Cañafístola! que por tris no doi con su comedero. Dende que apuntó el lusero, lo ando sabaniando por estos pedreguyales, y aquí caigo, ayí levanto: acá me arrempujan, ayá me estrujan; y por onde quiera el frío, y la gente, la buya; y los malojeros juio, juio, juio; y las carretas rrruuu. Caramba! ¿cómo diablos pueen UU. bibir y entenderse en esta grísapa?

Así se anunció en mi casa, no ha muchas mañanas, el personaje que voi a presentar a mis lectores. No será necesario decir que era un LLANERO, tipo tan conocido en esta capital, que las pinceladas precedentes bastarían a bosquejado, tipo original e interesante al propio tiempo; tipo, en fin, que difiere esencialmente de los demás caracteres provinciales de aquesta nuestra pobre República.

Serían las ocho de la mañana todo lo más, y yo dormía aún, o, con más propiedad, yacía aún en el lecho en ese estado de parálisis que suspende el uso de nuestras facultades físicas y morales. Grata y deliciosa parálisis, en que ni se duerme, ni se está despierto: en que los objetos se ven como al través de un prisma y los sonidos se oyen como a una gran distancia. Parálisis, de una vez, que quisiéramos prolongar indefinidamente y de la que nos arrancamos por un esfuerzo de decidida voluntad.

Bien se me alcanza, desde luego, que el escritor que así describe esta situación se compromete a algo, porque parece que se declara abogado de la pereza, echándose a cuestas, por añadidura, una grave responsabilidad higiénica. Empero yo protesto que no es mi ánimo comprometerme a nada. En la inconstancia e instabilidad de mi carácter, hoi aplaudo lo que tal vez mañana censuro: ahora saboreo las delicias de la cama, acaso más tarde escribo una filípica contra los dormilones. Y ¿Qué remedio, lectores míos? Cada uno es como Dios lo ha hecho y a veces un poquito peor, según decía Sancho. Lo que sí no puedo pasar sin someterlo a mi férula, es el candoroso error en que incurren algunos cuando exclaman: "Oh, qué grato es levantarse temprano!" Grave error gramatical, imperdonable confusión de tiempos! Señores, será grato y mui grato HABERSE levantado, pero ¿levantarse, Dios mío? ¿Puede haber maldito el placer en arrancarse el placer mismo de los labios? Pasemos adelante, lectores míos, y no hablemos más de LEVANTAMIENTOS, que es plato que indigesta en estos climas.

Palmarote acababa de llegar a esta melancólica capital, a donde se había encaminado no por capricho, ciertamente, sino a consecuencias de no sé qué pecado cometido en Junio último en la provincia del Guárico; y no menos quería sino que yo lo enderezase a esas notabilidades del poder o del favor. Yo precisamente que no sé dónde paran las unas ni las otras! Pero, paciencia, me dije, que esta es una de las ventajas del tener paisanos. Y después de rebullirme y desperezarme lentamente, salté al fin de aquel lecho, sepulcro de mis gratos o desagradables ensueños.

En tanto que Palmarote lo registraba todo con ávida curiosidad, en tanto que comentaba las láminas de algunos libros y examinaba atentamente los muebles, tocándolo todo con sus manos, como para salir de algún error o mejor fijar una idea, en tanto, digo, hacía yo mi TOILETTE, que, de paso sea dicho, ni es tan esmerada como la de un pisaverde, ni tan descuidada como la de un avaro. Y a propósito, el vestido de Palmarote no dejaba de interesar por su originalidad. Corto el calzón y estrecho, terminando a media pierna por unas piezecillas colgantes que remedan, aunque no mui fielmente, las uñas del pavo, de donde toma su nombre, la camisa curiosamente rizada, no abrochado el cuello, ajustada al cinto por una banda tricolor, como el pabellón nacional, y cuyas faldas volaban libremente por de fuera: un rosario al rededor del cuello del GUARDA-CAMISA ostentaba sus grandes cuentas de oro; desnudo el pie, y la cabeza metida por decirlo así, entre un pañuelo de enormes listas rojas, soportaba un sombrero de castor de anchas alas.

Mirábame el llanero, no sin curiosidad, pasar de una función a otra de TOILETTE y me abrumaba con repetidas preguntas.

-Y ese palito, Dotor, qué significa?
-Es la escobilla de dientes, Palmarote: sirve para el aseo de la dentadura.
-De moo que el que no tiene dientes... ¡probe mi bale Alifonso! se quedó sin el palito! Y este otro artificio, dotor?
-Esa es una relojera: ahí se pone el reloj cuando no lo lleva el individuo.
-¿Y la cabuyita negra?
-Es el cordón del reloj. Mire U. un curioso tejido de cabellos de mujer. Y se lleva así, mire U.
-Ja, ja, ja! Dotor, eso es cargar la soga en el pescueso. Caramba! que ya las mujeres enlasan con su mesma serda. Pues ahora, mi Dotor, tiene U. que cabrestiar hasta el botalón o tirar para atrás y rebentar la soga. Pero ¡que malo es este espejo!
-Al contrario, Palmarote, tiene mui buena luz.
-Pues ¿cómo me beo yo tan feo? Jesú, qué espantamio!
-Porque ese espejo refleja fielmente las imágenes, amigo mío.
-Candela ¡pues cuando mi samba se mira en estos ojitos, dice que ya tiene sueño. ¿Y estos cueritos, Dotor, para qué son buenos?
-Esos son guantes, Palmarote: se llevan en las manos de este modo, mire U.
-Caramba ¡cuántos aperos! ¿Sabe lo que se me ocurre, Dotor? Si todo lo que UU. emplean en tantos cachibaches, lo hubieran empleado en nobiyas de primer parto, ¿cuántos beserros no jerrariam en este berano?
-Pero es menester, Palmarote, no ver la vida de sociedad sólo por el lado de las invasiones que ella hace al bolsillo, sino también por el de los goces que da en cambio.
-Oh! mucho que se gosa aquí con el frío y con las piedras y con la buya y dos riales por el sancocho y cuatro ramas de malojo por dos riales y los marchantes con sus tiendas y los nobiyos a rial y medio y uno tan corto y... Dotor, U. nesesita esta pistolita? qué bonita!
-No dejo de usarla alguna veces, Palmarote; pero ese no es un inconveniente para que yo tenga el gusto de ofrecerla a U.: tómela U.
-Dios lo yebe al sielo, mi Dotor, aunque yo creo que ayá no dentran los papeleros.

Aquí interrumpí yo la serie de preguntas de mi paisano para ponerme a su disposición, estando ya en aptitud de salir de casa. Mis servicios, le dije, se limitarán a dar a U. la dirección de esos señores, de quienes anda U. tan solícito. Sin contestarme una palabra, sacó de su bolsillo un envoltorio de hojas de tabaco (del detestable que se produce en el país), mordió una dosis más que mediana que masticaba con entusiasmo, luego me ofreció para que yo mordiera a continuación, lo rehusé desde luego, me protestó que su oferta era sincera, le probé que mi negativa lo era también, y por último, yo adelante y él atrás (humildad característica del llanero), salimos de casa y nos echamos a rodar por las inmensas calles de esta capital.

En puridad de verdad, no andaba Palmarote escaso de razón al quejarse del frío, acostumbrado, por otra parte, al calor sofocante de las llanuras. La humedad de la atmósfera helaba las extremidades del cuerpo, por lo cual tomamos la acera azotada entonces por el sol. Palmarote abría unos ojos llenos de avidez y de curiosidad. Estamos en la calle del Comercio, le dije.

-Mire U., Dotor: con rason yaman a esta suidá la empoya de las letras: mire cuántos letreros!
-El emporio de las letras, querrá U. decir.
-Lo mesmo bale, Dotor, que yo no soi plumario. ¡Cuántos letreros! uno, dos, tres... Caramba! cada casa tiene el suyo, Deletréeme aquel.
-"Pastelería nacional".
-Eso sí es berdá, Dotor: en cuanto a pasteleros, aquí no reconosemos padrote, y para descubrir el pastel, también estamos solitos. Lea aquel otro, aquel del pabo!
-"Pavos y pichones para los parroquianos vivos y asados".
-¡Jesú, y qué lástima les tengo a los parroquianos bibos! Porque al fin ya los asados pasaron por la candela. El de más ayá, Dotor!
-"Códigos nacionales para instrucción de los empleados que se venden a precios cómodos".
-Gran consuelo es ese para los probes, mi Dotor ¡Mira, aquelotro; pero apártese que lo tumba ese burro (Vuelta burro, juio, juio, juio)!
-"Aquí se amuela casi de balde".
-Caramba! ya lo creo; pero buélbase a apartar, Dotor, mire esa carreta (¡Ese buei palomo choooó! ¿Marchantes, compran carbones?) ¡Ah lusero! mire, Dotor, aqueya blanquita cabos negros que ba ayí; aqueya ojos negros, pelo negro... esa Candela! y qué buena pata debe de tener! mire cómo pisa en la piedra, ni se trompieza, ni pierde el golpe. Tiene toas las condiciones.
-Sepamos, Palmarote, cuáles son esas condiciones!
-Ancas, pecho, siete cuartas, suabe de boca, y guen mobimiento. ¿No correrá con la siya, Dotor?
-Pero entendámonos, Palmarote, ¿habla U. de mujeres o de caballos?
-Pue entonces léame aquel otro letrero, que ya beo que no nos vamos a entender. Y apártese que ahí ba una carreta con basura, ¿pa ónde yeban esa basura, Dotor?
-Para aquel basurero que ve U. allí.
-Cómo! en la capital de Berensuela hai un basudero entre la suidá?
-Uno no más no, Palmarote; todavía hai algunos otros.
-Corotos! Y buélbase a apartar, Dotor, y le aconsejo que se biba apartando: mire una trosá de gente que biene ayí, y aquí biene otra, estos barriles, y ese borracho, mire, mire (Lepruu! Biba la emocrasia! Bibaa! Caraaamba! -¿Compran piedras de amolar! -Arre burro, juio, juio, juio! Ea, ño elombre, apártese! -¿U. habla conmigo? Mire que si me le boi al bosal jase barro con el rabo).
-Vamos, Palmarote, continuemos, y tomaremos ahora la calle del Sol.
-Ja! están crendo estos muñecos que como uno anda medio inquilino no puee cantar en patio ageno, y no saben que yo ni miro joyo ni palma chiquita, y cuando no tumbo al toro le arranco el rabo.
-Estamos, pues, ya en la calle del Sol, Palmarote.
-¿En la caye del Sol, Dotor? ¿acaso el sol sabanea más por esta caye que por las otras?
-Tienes razón; este es un nombre de capricho; pero esto viene de la necesidad de nombrar las calles, bien que algunas tengan un nombre alusivo o histórico. En los pueblos de las llanuras no se conoce esta necesidad, ni tampoco la de numerar las casas, porque allí las poblaciones son reducidas, las calles pequeñas, las casas más distantes puede decirse que están vecinas, y los individuos todos se conocen entre sí. No sucede así en las grandes ciudades atravesadas por muchas y extensas calles, con casas varias y en número infinito y con una población considerable, enriquecida casi siempre con gran número de extranjeros.
-Sí, ya comprendo la nesesidá de jerrar las casas, como susede con el ganao, que habiéndose aumentao tanto, ha sio menester pegarle un jierro. Y diga U., Dotor, ¿algunas casas orejanas que he bisto aquí, no podría el vesino quemarlas con su jierro?
-Eso sería un robo, Palmarote, como lo sería el hecho de apropiarse el individuo un OREJANO que no está en sus sabanas. Esas casas no están numeradas por descuido.
-Y a propósito de estranjeros, diga U., Dotor, ¿esa gente de esas otras tierras, serán cristianos?
-No todos lo son, Palmarote; porque no todos los pueblos adoran al Cristo del Calvario. Hai los judíos que, no reconociendo al Hijo de Dios, observan el antiguo código de Moisés. Hai los mahometanos, que...
-No siga, Dotor, que ni yo tengo catria de tos esos cóligos, ni es eso lo que he querío preguntale. Lo que yo quiero saber es si esos MUSIUS que bienen de por ayá hablando en lengua, son gente güena.
-La sola calidad de extranjeros, Palmarote, o de naturales no hace a los hombres buenos ni malos. El corazón, la índole y los principios de educación son las causas de la bondad o maldad del individuo. Así que entre los extranjeros, como entre los naturales, hai gente buena y gente mala. ¿No conoce U. venezolanos malos, Palmarote?
-Y tantos, Dotor, que más balía que no los conosiera.
-Pero hai una circunstancia en favor de los extranjeros. Todos los más vienen al país por conveniencia, y siendo desconocidos en él, necesitan hacerse una reputación, tienen que hacer dobles esfuerzos para merecer la estimación pública. De ahí viene que sean por lo regular mas morigerados y mas laboriosos que los naturales, y de aquí el rápido incremento de su fortuna.
-Y cómo ha de ser gueno, Dotor, que esos marchantes bengan aquí a yebarse los riales?
-Malo y mui malo sería que se los llevasen, si no dejasen en cambio un equivalente. Pero al contrario, ello plegando a esa sed insaciable de riqueza, que no sentimos nosotros por cierto, contraen todas sus fuerzas al trabajo, establecen industrias desconocidas en el país, que van a ser otras tantas fuentes de riqueza pública, emplean en sus establecimientos gran número de obreros naturales, que más tarde se harán empresarios, o al menos se harán más hábiles y diestros en su industria, fomentan, por tanto, y hacen popular el amor al trabajo, satisfacen con sus productos gran parte de las necesidades del país y sirven, por último, de estrechar más y más los lazos de nuestra República con las distintas naciones a que ellos pertenecen ¿Qué importa, pues, que en cambio de tantas ventajas se lleven parte de nuestro numerario? Porque has de saber, Palmarote, que la riqueza de una nación no consiste en el dinero que ella tenga, sino en los productos que...
-Alto ahí, Dotor! cómo es eso? ¿La riquesa no consiste en el dinero? Cañafístola! Si yo dijera eso ayá en mi tierra, me apedriarían.
-Y sin embargo esa es la verdad, Palmarote, como lo persuaden los economistas.
-El diablo serán esos aconomitas, Dotor! No dormiría yo con eyos ni que me dieran una baca paria.

En esta sazón y coyuntura atravesábamos mi paisano y yo la plazoleta de San Francisco. Aquí tiene U., le dije, la iglesia de San Francisco, y ese edificio que ve U. a su izquierda es lo que fuera un tiempo el convento de frailes franciscanos, destinado hoi a las sesiones de las Asambleas legislativas. Acerquémonos.

-Y diga U., Dotor, ¿a ónde se han ido esos flaires?
-A la eternidad, Palmarote. Después de la extinción de los conventos todos han muerto ya.
-Serían traviesos los tales flaires Dotor, porque yo sé unas historias de sus paternidaes... ¿Y dice U. que aquí biben ahora esas señoras Asambleas?
-Decía yo, Palmarote, que en ese local se hacen nuestras leyes.
-Caramba, Dotor! ¿Y pa una cosa tan pequeña un caserón tan grande? Pues andarán eyas toas regás quini frutas de maraca.
-Continuaremos, si le place, Palmarote, y volviendo esta esquina, ganaremos la calle de Las Leyes Patrias. Mire U. ese paredón, que arrancando desde aquel edificio que ve U. allí recorre toda la manzana! Todo eso es el convento de Reverendas Madres Concepciones.
-Hum, malo, malo! ¿Tan serca de los flaires esas madres? ¿Y no es pecao que las monjas sean madres, Dotor?
-No, Palmarote; es un título que se da a las religiosas, quienes renunciando al mundo y abrazando una religión de las aprobadas, se dice que son esposas de Jesucristo, nuestro Padre, así como a los clérigos se les llama padres, considerados como esposos de la iglesia, nuestra madre.
-¿Y qué dirán esas santas mujeres de nuestras cosas, Dotor? y gordasas que estarán ahí entrese potrero, y cómo chocarán al tranquero por berse a toa sabana!
-Ese edificio que está al frente, Palmarote, es el Seminario Tridentino, el establecimiento más útil y más célebre de nuestro país. Ahí se enseñan las ciencias mas importantes al hombre...
-Hablemos claro, Dotor: aquí se conseña a papelero: aquí es que se apriende a Dotor; pero ya nadie quiere aprender a cura, no, señor ¡Papeles ban y papeles bienen; pero naide dice "dominos bobisco". Cuando saben haser cuatro gasetas, se cren ya unos hombresitos; pero coja U. un Dotor y póngale una soga en la mano, pa que lo bea too regao en la siya. Ni sabe apiársele a un toro, ni arriar una madrina, ni trochar una potranca, ni pasar su siya, ni maldita la cosa. ¡Y esto no es sensia!. No señor: gasetas ban y gasetas bienen: Dotores por ayí; y ni el toro se tumba, ni se jierra el beserro, ni se arrea la madrina, ni se trocha la potranca y se moja la siya. ¡Y too esto no es sensia!
-Qué disparates, Palmarote! ¿Qué sería de la sociedad si todos fuéramos ARREADORES DE MADRINAS, como dice U.? Los cultivadores de las ciencias, como los industriales, como los que ejercen oficios, etc., todos, todos prestan un gran servicio a la sociedad, auxiliándose recíprocamente, y es necesario que todos desempeñen funciones distintas. Sería imposible que...
-Pare, pare, Dotor, que ya beo que U. también es papelero, y dígame: ese jumo blanco que se be ayí arriba del serro ¿qué significa? Porque, jumo no pue ser, porque ¡hombre! ¡Quien ba a estar asando tanta carne ayí a estas horas? Polbo tanpoco, porque ¡candela! ¡qué bestiaa puee estarse barajustando ayá arriba? Yo digo que eso debe ser el puro frío.
-Esos son los vapores que exhala la tierra, Palmarote, que no pudiendo ascender más por su peso, ni descender por ser más ligeros que las capas inferiores del aire, se quedan en esas regiones atmosféricas.
-Apártese, Dotor, que aquí biene uno a cabayo. ¡Gua! el mocho es de la cría padronera: béale el jierro en este ganso! Mire, Dotor: yo tengo un mocho rusio, grande, buen moso, y con unas ancas, que se puee escribir una carta, y tan baquero, que la ilasion es que el toro se mené, cuando ¡sas! ya me yeba a la buelta del cacho; ¡mocho de responsabilidá! ¿No le gustan a U. los mochos, Dotor?
-Oh! Mucho, muchísimo me desvivo por un MOCHO.

Al llegar aquí nuestro diálogo, tiempo había ya que nos encontrábamos parados en la esquina que forman al cortarse las calles de las Leyes Patrias y de las Ciencias.

-Mire U., dije a mi protegido, señalando hacia el Oriente, aquella plaza que ve U. allí, es la de San Jacinto.

Al oír esta palabra Palmarote hizo un movimiento convulsivo, semejante a esos sacudimientos galvánicos, y palideció.

-Caramba! dijo después de un momento de silencio, si yo juera desos jasedores de leyes, la primera lei que sacaba del morde, sera: "que se conpusieran las cárseles y se les añadieran algunas piesas más", porque, Dotor, puee ofreserse pará un rodeo ayí y no hai sabana; bien es que en un barajuste de ganao hai nobiyo biejo que ba a tené al improsulto.

Palmarote calló, su frente se puso un tanto sombría, un profundo suspiro salió de lo íntimo de su corazón y una preñada lágrima rodaba lentamente por la mejilla de aquel rostro tostado por el sol y arrugado por las fatigas de una vida rudamente laboriosa. A pesar mío interrumpí aquella situación interesante e hice seña al paisano de continuar nuestra carrera. De allí á poco nos encontramos al frente del palacio de Gobierno. La entrada estaba sellada de gente. Volvíme hacia Palmarote y le dije:

-Está cumplida mi oferta, amigo mío: está U. en el palacio de Gobierno, y aquí tocará U., como Dios lo ayude, con las personas cuyo favor solicita.
-Y diga U., Dotor, detrás de ese serro no haberá algun yano?
-Sí, Palmarote: detrás de ese cerro está el horizonte. ¡Adiós!
FUENTES

Cuadros de costumbre (2011. Jun, 12). Wikipedia. La Enciclopedia Libre. Disponible: http://es.wikipedia.org/wiki/Cuadro_de_costumbres (Consulta. 8¡08/11).

Castellano y Literatura 2do Semestre. (s.f.). IRFA. Instituto Radiofónico Fe y Alegría. (Documento en línea). Disponible: http://www.irfandes.org.ve/MediaProfesional/moduloMP/segundosemestre/Castellano%20Compaginado.pdf . (Consulta: 28/08/11).
Web del profesor Álvaro Contreras. Universidad de los Andes. Venezuela. (Documento en línea). Disponible: http://webdelprofesor.ula.ve/humanidades/alconber/enlaces/perez/perez.html (Consulta: 23/08/11)