Buscar

Cargando...

lunes, 22 de agosto de 2011

JUAN ANTONIO PÉREZ BONALDE





CONTEXTO LITERARIO

Juan Antonio Pérez Bonalde ha sido considerado por la crítica como el máximo exponente de la poesía lírica venezolana, correspondiente al Romanticismo, y uno de los precursores del movimiento posterior, el Modernismo. En consecuencia, fue un poeta de transición entre los corrientes.

LA LÍRICA ROMÁNTICA

La lírica romántica surge en Inglaterra, Francia y Alemania, países en los que alcanza un gran desarrollo, antes que en España; en toda su extensión fue un reflejo de la literatura de la época, porque los temas que toca son la reivindicación de la libertad, la subjetividad, la exaltación del yo y el ansia de realización del individuo en una sociedad no burguesa; esto último, lleva al mayor desprecio de las normas, del dinero y de la vida y a ser más generosos

Entre sus características, se pueden mencionar las siguientes:

• Exaltación del yo: el autor se incluye en lo que está expresando: sus sentimientos y su pasión.
• Íntima correspondencia entre el arte y la vida: el autor incorpora aspectos de su propia vida.
• Identificación de la naturaleza con los estados de ánimo del poeta: el autor idealiza y humaniza la naturaleza de acuerdo a sus sentimientos.
• Presencia del elemento religioso; por lo que se hace presente Dios como fuente del Bien y de la Belleza, por una parte y las dudas ante situaciones confusas e inexplicables para el hombre, por otra.
• Preocupación por los aspectos metafísicos de la existencia: el autor se plantea problemas como el origen del cosmos, de la vida, el destino y del fin del hombre.
EL MODERNISMO

Con el nombre de modernismo se conoce en la historia literaria y cultural al movimiento que a fines del siglo XIX se extiende a todas las manifestaciones literarias de la cultura ilustrada del mundo hispanoamericano. Entre sus características más evidentes, se cuentan:

• Rechazo de la vulgaridad.
• Perfección formal.
• Cosmopolitismo: el poeta es ciudadano del mundo, está por encima de la realidad cotidiana.
• Aproximación de la literatura hacia la pintura la música la escultura.
• Gusto por los temas exquisitos, pintorescos, decorativos y exóticos
PEREZ BONALDE


El poeta Juan Antonio Pérez Bonalde nació en Caracas el 30 de enero de 1846 y fue bautizado en la la Iglesia de la Parroquia Santa Rosalía. Hijo legitimo de Juan Antonio Pérez Bonalde y de Gregoria Pereyra. Su padre fue un destacado miembro militante del partido Liberal. Llego a ser Senador y Presidente del Senado y desempeño el cargo de Ministro en uno de los gabinetes. Debido a la agitada vida política que sufre el país Juan Antonio Pérez Bonalde, padre, decide irse y establecerse con toda la familia en Puerto Rico. Allí transcurre parte de su infancia y su adolescencia, también allí tomo cuerpo su vocación poética. Sus estudios de idiomas y la facilidad que tiene para ellos le hacen dominar en breve tiempo el inglés, el alemán, el francés, el italiano y el portugués entre las lenguas vivas; también el griego y el latín, entre las muertas. Estos conocimientos le permitirán traducir de obras de Poe, Heine, Shakespeare, entre otros.

Su padre Juan Antonio Pérez Bonalde al regresar a Venezuela, en 1868, se mantiene alejado de las actividades políticas, y al poco tiempo muere a causa de una angina de pecho. La guerra civil pronto vuelve a encenderse por todos los caminos de Venezuela. Guzmán Blanco hace su entrada triunfal en Caracas el 27 de abril de 1870. En una corrida de toros celebrada en Caracas fueron recitados unos versos satíricos del poeta en los cuales ridiculizaba a Guzmán Blanco. Este al identificarlo como autor de dichos versos le dio un plazo de ocho días para salir del país. Tenía 24 años apenas y va solo. Deja a su madre enferma y ya no la volverá a verla con vida. Se va a Nueva York y consigue a los quince días trabajo en una empresa importante, Lahman & Kemp, que se dedica la venta de perfumes, de productos medicinales y de tocador. En el desempeño de su empleo viaja por gran parte del territorio norteamericano. Cuando no viaja se ocupa de la redacción de publicidad comercial de la casa para la cual trabaja, y en la elaboración del singular almanaque “Bristol” que produce la misma empresa. Como agente de esta empresa viaja por Europa, Asia, África, él Caribe y también por el Brasil. Su trabajo no le impide leer y escribir lo que hace con gran entusiasmo. Es asiduo concurrente a la Biblioteca Pública donde años más tarde conocerá a su esposa. Conoce a diferentes escritores: José Martí, el gran patriota y poeta cubano, el combativo periodista y político venezolano Nicanor Bolet Peraza, el colombino Santiago Pérez Triana y Juan de Dios Uribe. En 1875 se agregará al grupo el poeta Jacinto Gutiérrez Coll, Cónsul General de Venezuela en Nueva York.

La etapa más fecunda de creación se produce a medida que avanzan sus años de permanencia en Nueva York. Cuando no escribe su propia poesía, se dedica con verdadero entusiasmo a traducir aquellos poemas de autores extranjeros, en cuyas obras encuentra como un eco de su sensibilidad y de sus preferencias líricas. Estando en Nueva York recibe la noticia de la muerte de su madre lo que lo afecta profundamente a él y a su producción literaria. Desde su llegada a Estados Unidos en 1870 y hasta 1876 se cumple una etapa muy agitada de su vida y de su creación. A mediados de 1976, Pérez Bonalde regresa a Venezuela; durante la travesía que lo trae a la patria tiene muchos recuerdos y en ese estado de ánimo empieza a escribir “Vuelta a la Patria” que es un canto patético y desgarrado por la patria que se vuelve a ver y por la memoria de su madre muerta. Pérez Bonalde desembarca en Puerto Cabello. Allí lo espera un nutrido grupo de familiares y amigos. Este segundo regreso a Venezuela es aún más corto que el primero. El presidente Alcántara muere el 30 de noviembre de ese año 1876. Guzmán Blanco vuelve asumir el mando de la república y Pérez Bonalde debe tomar de nuevo el camino del destierro. Vuelve a Nueva York, pasando primero por Puerto Rico. El año 1879 Pérez Bonalde se casa con la norteamericana Amanda Schoonmaker, a quien conoció en la Biblioteca Pública de Nueva York. Este no fue un matrimonio feliz. Eran comienzos de 1880 cuando nació su única hija Flor, quien muere sorpresivamente. Este hecho lo sume en el más profundo desconsuelo.

Pérez Bonalde no deja de crear, termina y revisa una de sus obras fundamentales “El Cancionero” de Heine. Cuya primera edición fue publicada a fines de 1885. Estaba terminando el año 1887 y se encontraba enfermo y debió ser recluido en un sanatorio. En este sitio pasará un año y al salir, desea regresar a Venezuela. Lo hace a comienzos de 1890 y, para ese momento, Guzmán Blanco ya no está en la escena pública pero la política sigue siendo un campo de batalla donde no parece haber tregua. El prestigio de poeta hace surgir a su alrededor, desde el mismo momento de su llegada, un vivo sentimiento de simpatía. Cuando pisa tierra venezolana, se le prepara un cordial recibimiento. Meses después de su llegada, el Presidente Andueza Palacios desea distinguirlo con un cargo diplomático, pero su salud no se lo permite. Sus médicos le aconsejan instalarse en el litoral guaireño. Allí va a sorprenderle la muerte, víctima de una parálisis total el 4 de octubre de 1892. Fue enterrado en el cementerio de Macuto. Dos días después las tropas del General Joaquín Crespo, encabezando la revolución legalista, empiezan a entrar a Caracas. Once años más tarde el 4 de octubre de 1903, los restos de Pérez Bonalde son trasladados al Cementerio General de Sur, en Caracas. En esa décima primera conmemoración de su muerte, al trasladar sus restos de Macuto a Caracas un grupo de intelectuales rinde a su memoria el homenaje que mereció en vida y que jamás llegó. Cuarenta y tres años después, al cumplirse el centenario de su fecha de nacimiento, le fueron acordados a Pérez Bonalde los honores del Panteón Nacional. Sus restos fueron conducidos allí, con toda solemnidad, el 14 de febrero de 1946.

“VUELTA A LA PATRIA”


El poema “Vuelta a la Patria” es la producción lírica más conocida y famosa del poeta venezolano Juan Antonio Pérez Bonalde; fue publicado por primera vez en el libro Estrofas que el poeta editó en Nueva York en 1877. Según investigaciones realizadas por el crítico Santiago Key Ayala, el poeta concibió este poema en 1876 en su segundo retorno a Venezuela, motivado por la muerte de su madre. Dicho viaje fue realizado navegando hacia Puerto Cabello y no hacia La Guaira, como muchos suponían, por lo tanto el poeta no tenía por delante el paisaje que le servía de inspiración en ese momento. Key Ayala agrega que el poeta soñaba que iba hacia La Guaira. Esto explica el porqué el paisaje descrito en la primera parte del poema está como desdibujado, un poco apagado, con colores muy tenues, e íntimamente ligado a un estado remoto de felicidad asociado con el mundo de su infancia. El poema tiene cierta extensión y está estructurado en dos partes muy bien definidas por los motivos que la inspiran. La primera parte corresponde a un poema del amor a la patria; el poeta aparta las emociones más dolorosas y deja las más dulces, los colores y las formas más livianas. La segunda parte tiene como motivo fundamental el dolor que el poeta padece por la pérdida de su madre, muerta durante la ausencia.

Estructura o partes del poema

El poema comienza cuando el poeta va de regreso y el barco se acerca a las riberas de Venezuela. Poco a poco los elementos del paisaje se van haciendo presentes y traen a su memoria los recuerdos más felices de su infancia. Una vez que pisa el suelo de la patria, emprende en coche el viaje de ascenso hacia la ciudad añorada y de nuevo las imágenes naturales son asociadas con los más alegres tiempos de su vida pasada. De pronto ese estado de ensimismamiento se ve interrumpido cuando el cochero le advierte la presencia de la ciudad. Entonces el poeta se emociona y siente un súbito deseo de apurar la marcha para entrar en contacto con los suyos, pero, al volver a la realidad, se da cuenta de que no tiene hogar y decide ir al cementerio donde lo aguarda la tumba de su madre. En medio de un estado doloroso, de angustia e inconformidad, concluye la primera parte de Vuelta a la Patria.

La segunda parte tiene las características de una elegía. El poeta va presentando los diferentes estados de ánimo que invaden su mente mientras se desahoga ante la tumba de la madre. Lentamente se le van agolpando los recuerdos como en una especie de dolorosa cadena que va desde la triste y última despedida que dio a su madre enferma, hasta el nuevo retorno a la Patria, después de haber sido golpeado por los rigores del destierro. Luego, ya al final de su discurso lírico, se conforma ante la pérdida irreparable, reafirma su amor filial y anuncia su decisión de enfrentarse de nuevo con la vida hasta que lo sorprenda la muerte.
A mi hermana Elodia
¡Tierra!, grita en la proa el navegante
y confusa y distante,
una línea indecisa
entre brumas y ondas se divisa;
poco a poco del seno
destacándose va del horizonte,
sobre el éter sereno,
la cumbre azul de un monte;
y así como el bajel se va acercando,
va extendiéndose el cerro
y unas formas extrañas va tomando;
formas que he visto cuando
soñaba con la dicha en mi destierro.
Ya la vista columbra
las riberas bordadas de palmares
y una brisa cargada con la esencia
de violetas silvestres y azahares,
en mi memoria alumbra
el recuerdo feliz de mi inocencia,
cuando pobre de años y pesares,
y rico de ilusiones y alegría,
bajo las palmas retozar solía
oyendo el arrullar de las palomas,
bebiendo luz y respirando aromas.
Hay algo en esos rayos brilladores
que juegan por la atmósfera azulada,
que me habla de ternuras y de amores
de una dicha pasada,
y el viento al suspirar entre las cuerdas,
parece que me dice: « ¿no te acuerdas?».

Ese cielo, ese mar, esos cocales,
ese monte que dora
el sol de las regiones tropicales...
¡Luz, luz al fin! Los reconozco ahora:
son ellos, son los mismos de mi infancia,
y esas playas que al sol del mediodía
brillan a la distancia,
¡oh, inefable alegría,
son las riberas de la patria mía!
Ya muerde el fondo de la mar hirviente
del ancla el férreo diente;
ya se acercan los botes desplegando
al aire puro y blando
la enseña tricolor del pueblo mío.
¡A tierra, a tierra, o la emoción me ahoga,
o se adueña de mi alma el desvarío!
Llevado en alas de mi ardiente anhelo,
me lanzo presuroso al barquichuelo
que a las riberas del hogar me invita.
Todo es grata armonía; los suspiros
de la onda de zafir que el remo agita;
de las marinas aves
los caprichosos giros;
y las notas suaves,
y el timbre lisonjero,
y la magia que toma
hasta en labios del tosco marinero,
el dulce son de mi nativo idioma.
¡Volad, volad, veloces,
ondas, aves y voces!
Id a la tierra en donde el alma tengo,
y decidle que vengo
a reposar, cansado caminante,
del hogar a la sombra un solo instante.
Decidle que en mi anhelo, en mi delirio
por llegar a la orilla, el pecho siente
dulcísimo martirio;
decidle, en fin, que mientras estuve ausente,
ni un día, ni un instante hela olvidado,
y llevadle este beso que os confío,
tributo adelantado
que desde el fondo de mi ser le envío.
¡Boga, boga, remero, así llegamos!
¡Oh, emoción hasta ahora no sentida!
¡Ya piso el santo suelo en que probamos
el almíbar primero de la vida!
Tras ese monte azul cuya alta cumbre
lanza reto de orgullo
al zafir de los cielos,
está el pueblo gentil donde, al arrullo
del maternal amor, rasgué los velos
que me ocultaban la primera lumbre.

¡En marcha, en marcha, postillón, agita
el látigo inclemente!
Y a más andar, el carro diligente
por la orilla del mar se precipita.
No hay peña ni ensenada que en mi mente
no venga a despertar una memoria,
ni hay ola que en la arena humedecida
con escriba con espuma alguna historia
de los alegres tiempos de mi vida.
Todo me habla de sueño y cantares,
de paz, de amor y de tranquilos bienes,
y el aura fugitiva de los mares
que viene, leda, a acariciar mis sienes.
me susurra al oído
con misterioso acento: «Bienvenido».
Allá van los humildes pescadores
las redes a tender sobre la arena;
dichosos, que no sienten los dolores
ni la punzante pena
de los que lejos de la patria lloran;
infelices que ignoran
la insondable alegría
de los que tristes del hogar se fueron
y luego, ansiosos, al hogar volvieron.
Son los mismos que un día,
siendo niño, admiraba yo en la playa,
pensando, en mi inocencia,
que era la humana ciencia,
la ciencia de pescar con la atarraya.
Bien os recuerdo, humildes pescadores,
aunque no a mí vosotros, que en la ausencia
los años me han cambiado y los dolores.
Ya ocultándose va tras un recodo
que hace el camino, el mar, hasta que todo
al fin desaparece.
Ya no hay más que montañas y horizontes,
y el pecho se estremece
al respirar, cargado de recuerdos,
el aire puro de los patrios montes.
De los frescos y límpidos raudales
el murmullo apacible;
de mis canoras aves tropicales
el melodioso trino que resbala
por las ondas del éter invisible;
los perfumados hálitos que exhala
el cáliz áureo y blanco
de las humildes flores del barranco;
todo a soñar convida,
y con suave empeño,
se apodera del alma enternecida
la indefinible vaguedad de un sueño.
Y rueda el coche, y detrás de él las horas
deslízanse ligeras
sin yo sentir, que el pensamiento mío
viaja por el país de las quimeras,
y sólo hallan mis ojos sin mirada
los incoloros senos del vacío...
De pronto, al descender de una hondonada,
«¡Caracas, allí está!», dice el auriga,
y súbito el espíritu despierta
ante la dicha cierta
de ver la tierra amiga.
¡Caracas allí está; sus techos rojos,
su blanca torre, sus azules lomas,
y sus bandas de tímidas palomas
hacen nublar de lágrimas mis ojos!
Caracas allí está; vedla tendida
a las faldas del Ávila empinado,
Odalisca rendida
a los pies del Sultán enamorado.

Hay fiesta en el espacio y la campaña,
fiesta de paz y amores:
acarician los vientos la montaña;
del bosque los alados trovadores
su dulce canturía
dejan oír en la alameda umbría;
los menudos insectos de las flores
a los dorados pístilos se abrazan;
besa el aura amorosa el manso Guaire,
y con los rayos de luz se enlazan
los impalpables átomos del aire.

¡Apura, apura, postillón, agita
el látigo inclemente!
¡Al hogar, al hogar, que ya palpita
por él mi corazón... Mas, no, detente!
¡Oh infinita aflicción, oh desgraciado
de mí, que en mi soñar hube olvidado
que ya no tengo hogar...! Para, cochero;
tomemos cada cual nuestro destino;
tú, al lecho lisonjero
donde te aguarda la madre, el ser divino
que es de la vida centro de alegría,
y yo..., yo al cementerio
donde tengo la mía.

¡Oh, insoluble misterio
que trueca el gozo en lágrimas ardientes!
¿En dónde está, Señor, ésa tu santa
infinita bondad, que así consientes
junto a tanto placer, tristeza tanta?
Ya no hay fiesta en los aires; ya no alegra
la luz que el campo dora;
ya no hay sino la negra
pena cruel que el pecho me devora...
¡valor, firmeza, corazón no brotes
todo tu llanto ahora, no lo agotes,
que mucho, mucho que sufrir aún falta:
ya no lejos resalta
de la llanura sobre el verde manto
la ciudad de las tumbas y del llanto;
ya me acerco, ya piso
los callados umbrales de la muerte,
ya la modesta lápida diviso
del angélico ser que el alma llora;
ven, corazón, y vierte
tus lágrimas ahora!

II

Madre, aquí estoy: de mi destierro vengo
a darte con el alma el mudo abrazo
que no te pude dar en tu agonía;
a desahogar en tu glacial regazo
la pena aguda que en el pecho tengo
y a darte cuenta de la ausencia mía.
Madre, aquí estoy; en alas del destino
me alejé de tu lado una mañana,
en pos de la fortuna
que para ti soñé desde la cuna;
mas, ¡oh, suerte inhumana!
hoy vuelvo, fatigado peregrino,
y sólo traigo que ofrecerte pueda,
esta flor amarilla del camino
y este resto de llanto que me queda.
Bien recuerdo aquel día,
que el tiempo en mi memoria no ha borrado;
era de marzo una mañana fría
y cerraba los cielos el nublado.
Tú en el lecho aún estabas,
triste y enferma y sumergida en duelo,
que, con alma de madre, contemplabas
el hondo desconsuelo
de verme separar de tu regazo.
Llegó la hora despiadada y fiera,
y con el pecho herido
por dolor hasta entonces no sentido,
fui a darte, madre, mis postrer abrazo
y a recibir tu bendición postrera.
¡Quién entonces pensara
que aquella voz angélica en mi oído
nunca más resonara!
Tú, dulce madre, tú, cuando infelice,
dijiste al estrecharme contra el pecho:
«Tengo un presentimiento que me dice
que no he de verte más bajo este techo».
Con un supremo esfuerzo desliguéme
de los amantes lazos
que me formaban en redor tus brazos,
y fuera me lancé como quien teme
morir de sentimiento.
¡Oh, terrible momento!

Yo fuerte me juzgaba,
mas, cuando fuera me encontré y aislado,
el vértigo sentí del pajarillo
que en jaula criado,
se ve de pronto en la extensión perdido
de las etéreas salas,
sin saber dónde encontrará otro nido
ni a dónde, torpes, dirigir sus alas.
Desató el sollozar el nudo estrecho
que ahogaba el corazón en su quebranto
y se deshizo en llanto
la tempestad que me agitaba el pecho.
Después, la nave me llevó a los mares,
y llegamos al fin, un triste día
a una tierra muy lejos de la mía,
donde en vez de perfumes y cantares,
en vez de cielo y verdes palmas,
hallé nieblas y ábregos, y un frío
que helaba los espacios y las almas.
Mucho, madre, sufrí con pecho fuerte,
mas suavizaba el sufrimiento impío,
la esperanza de verte
un tiempo no lejano al lado mío.
¡Ah del mortal ciego
confía su ventura a la esperanza...!
La ley universal cumplióse luego,
y vi en el alma, presta,
la mía disiparse,
cual mira en lontananza
torcer el rumbo en dirección opuesta
el náufrago al bajel que vio acercarse.
Bien recuerdo aquel día
que el tiempo en mi memoria no ha borrado;
era de marzo otra mañana fría,
y los cielos cerraba otro nublado.
Triste, enfermo y sin calma,
en ti pensaba yo, cuando me dieron
la noticia fatal que hirió mi alma.
Lo sentí, decirlo no sabría...
Sólo sé que mis lágrimas corrieron
como corren ahora, madre mía.
Después, al mundo me lancé, agitado,
y atravesé océanos y torrentes,
y recorrí cien pueblos diferentes,
tenue vapor del huracán llevado,
alga sin rumbo que la mar flagela,
viento que pasa, pájaro que vuela.
Mucho, madre, he adquirido,
mucha experiencia y muchos desengaños,
y también he perdido
toda la fe de mis primeros años.
¡Feliz quien como tú ya en esta vida
no tiene que luchar contra la suerte
y puede reposar en la seguida
inalterable calma de la muerte;
sin ver ni padecer el mal eterno
que nos hiere doquier con saña cruda,
ni llevar en el pecho el frío interno
de la indomable duda!
¡Feliz quien como tú, con altiveza
reclinó para siempre la cabeza
sobre los lauros del deber cumplido;
cual la reclina, por la muerte herido,
tras el combate rudo,
risueño, el gladiador sobre su escudo!
Esa, madre, es tu gloria
y alta recompensa de tu historia,
que el premio sólo del deber sagrado
que impone el cristianismo
está en el hecho mismo
de haberlo practicado.
Madre, voy a partir; mas parto en calma
Y sin decirte adiós, que eternamente
me habrás de acompañar en esta vida.
Tú has muerto para el mundo indiferente,
mas nunca morirás, madre del alma,
para el hijo infeliz que no te olvida.
Y fuera el paso nuevo,
y desde su alto y celestial palacio,
su brillo siempre nuevo
derrama el sol por el cerúleo espacio...
Ya lejos de los túmulos me encuentro,
ya me retiro, solitario y triste;
mas, ¡ay! ¿a dónde voy? ¡si no existe
de hogar y madre el venturoso centro!...
¡A dónde? ¡A la corriente de la vida,
a luchar con las ondas brazo a brazo
hasta caer en su mortal regazo
con el alma en paz y con la frente erguida!

“POEMA DEL NIÁGARA”


Publicado en 1880, está considerado como la obra maestra de Pérez Bonalde y fue compuesto como ante la vista de las imponentes cataratas del Niágara. El poema obedece al sentimiento del romántico por la Naturaleza y a su identificación con algunos espectáculos naturales de gran belleza; Pérez Bonalde va más allá: el torrente y su catarata le hacen imaginar que en ellos está oculto un Genio a quien el poeta puede interrogar acerca los misterios de la vida y de la muerte. A las preguntas que formula, el eco responde sombríamente dando a entender que nada existe más allá de esta existencia efímera.

Heme aquí frente a frente
de la espesa tiniebla desde donde
oírme debe la deidad rugiente
que en su seno se esconde:
Dime, Genio terrible del torrente,
¿a dónde vas al trasponer, la valla
del hondo precipicio,
tras la ruda batalla
de la atracción, la roca y la corriente. . ?
¿A dónde va el mortal cuando la frente
triunfadora del vicio,
yergue, al bajar a la mundana escoria
en pos de amor, y venturanza y gloria?
¿A dónde van, a dónde,
su fervoroso anhelo,
tu trueno que retumba...?
Y el eco me responde,
ronco y pausado: ¡tumba!
Espíritu del hielo,
que así respondes a mi ruego, dime:
si es la tumba sombría
el fin de tu hermosura y tu grandeza;
el término fatal de la esperanza,
de la fe y la alegría;
del corazón que gime
presa del desaliento y los dolores;
del alma que se lanza en
pos de la belleza,
buscando el ideal y los amores;
después que todo pase,
cuando la muerte, al fin, todo lo arrase,
sobre el oceano que la vida esconde,
dime qué queda;
dí ¿qué sobrenada..?
Y el eco me responde,
triste y doliente: ¡nada!
Entonces, ¿por qué ruges,
magnífico y bravío,
por qué en tus rocas, impetuoso, crujes
y al universo asombras
con tu inmortal belleza,
si todo ha de perderse en el vacío. . ?
¿Por qué lucha el mortal, y ama, y espera,
y ríe, y goza, y llora y desespera,
si todo, al fin, bajo la losa fría
por siempre ha de acabar..? Dime, ¿algún día,
sabrá el hombre infelice do se esconde
e1 secreto del ser..? ¿Lo sabrá nunca..?
Y el eco me responde,
vago y perdido: ¡nunca!
¡Adiós, Genio sombrío,
más que tu gruta y tu torrente helado;
no más exijo de tu labio impío,
que al alejarme, triste, de tu lado,
llevo en el cuerpo y en el alma frío.
A buscar la verdad vino hasta el fondo
de tu profunda cueva:
mas, ay, en vez de la razón ansiada,
un abismo más hondo
mi alma desesperada
en su seno, al salir, consigo lleva...!
¡Ya sé, ya sé el secreto del abismo
que descubrir quería..!
¡Es el mismo, es el mismo
que lleva el pensador dentro del pecho:
la rebelión, la duda, la agonía
del corazón en lágrimas deshecho!

“FLOR”

“Flor”, 1883, es un canto elegíaco escrito bajo el terrible impacto producido por la muerte de su hija Flor. Si en el Poema al Niágara dice salir del abismo, sin respuesta para sus grandes preguntas acerca de los misterios del ser, en “Flor” se enfrenta a Dios al no comprender cómo pudo haber sido herida de muerte una criatura que apenas abría los ojos a la vida. Es el dolor máximo, la suprema rebelión de los poetas satánicos, que en Pérez Bonalde es la culminación trágica de una existencia destrozada por el hado.


I

Flor se llamaba: flor era ella,
flor de los valles en una palma,
flor de los cielos en una estrella,
flor de mi vida, flor de mi alma.
Era más suave que blando aroma;
era más pura que albor de luna,
y más amante que una paloma,
y más querida que la fortuna.
Eran sus ojos luz de mi idea;
su frente, lecho de mis amores;
sus besos eran dulzura hiblea,
y sus brazos, collar de flores.
Era al dormirse tarde serena;
al despertarse, rayo del alba;
cuando lloraba, limbo de pena,
y sus abrazos, collar de flores.
Era al dormirse tarde serena;
al despertarse, rayo del alba;
cuando lloraba, limbo de pena;
cuando reía, cielo que salva.
La de los héroes ansiada palma,
de los que sufren, el bien no visto,
la gloria misma que sueña el alma
de los que esperan en Jesucristo.
Era a mis ojos condena odiosa
si comparada con la alegría,
de ser el vaso de aquella rosa,
de ser el padre de la hija mía.


Cuando en la tarde tornaba al nido
de mis amores, cansado y triste,
con el inquieto cerebro herido
por esta duda de cuanto existe.
Su madre tierna me recibía;
con ella en brazos, yo la besaba…
. ¡Y entonces… todo lo comprendía
y al Dios sentido todo lo fiaba!…
¿Que el mal impera? ¡Delirio craso!
¿Que hay hechos ruines? ¡Error profundo!
¿No estaba en ella mirando acaso
la ley suprema que rige al mundo?
¡Ah, cómo ciega la dicha al hombre!
¡Cómo se olvida que es rey el duelo,
que hay desventuras sin fin ni nombre
que hacen los puños alzar al cielo!…
¡Señor!, ¿existes? ¿Es cierto que eres
consuelo y premio de los que gimen,
que en tu justicia tan sólo hieres
al seno impuro y al torvo crimen?
Responde, entonces: ¿por qué la heriste?
¿Cuál fue la mancha de su inocencia?
¿Cuál fue la culpa de su alma triste?


¡Señor!, respóndeme en la conciencia.
Alta la llevo siempre, y abierta,
que en ella negro nada se esconde;
la mano firme llevo a su puerta,
inquiero… y ¡nada, nada responde!
Sólo del alma sale un gemido
de angustia y rabia, y el pecho, en tanto,
por mano oculta de muerte herido,
se baña en sangre, se ahoga en llanto.
Y en torno sigue la impía calma
de este misterio que llaman vida,
y en tierra yace la flor de mi alma
¡y al lado suyo mi fe vencida!


II


¡Allí está! Blanca, blanca,
como la nieve virgen que el potente
viento del Norte de la cumbre arranca;
como el lirio que troncha mano impía
orillas de la fuente
que en reflejar su albura se engreía.
¡Allí está!… La suave
primavera pasó; pasó el verano,
y la estación poética en que el ave
y las hojas se van; retornó el cano,
pálido invierno, con su alegre arreo
de fiestas y niños, y aún la veo
y la veré por siempre… Allí está…, fría
entre rosas tendida, como ella
blancas y puras y en botón cortadas
al despuntar el día…


¡Ay! En la hora aquella,
¿;dónde estaban las hadas
protectoras del niño
que no vinieron con la clara estrella
de su vara de armiño
a tocar en la frente a la hija mía,
a devolver la luz a aquellos ojos
y a arrancar de mi pecho los abrojos
de esta inmensa agonía,
de este dolor eterno, de esta angustia
infinita, fatal, inmensurable;
de este mal implacable,
que deja el alma mustia
para siempre jamás, que nada alcanza
a mitigar en este mundo incierto?
¡Nada! Ni la esperanza
ni la fe del creyente
en la ribera nueva,
en el divino puerto
donde la barca que las almas lleva,
habrá de anclar un día;
ni el bálsamo clemente
de la grave, inmortal filosofía;
ni tú misma, doliente
inspiración, divina poesía,
que esta arpa de lágrimas me entregas
para entornar el salmo de mi duelo…
Tú misma, no, no llegas
a calmar mi dolor…
¡Abrase el cielo!
¡Desgájese la gloria en rayos de oro
sobre mi frente…, y desdeñosa, altiva,
de su mal sin consuelo
al celestial tesoro
el alma mía cerrará su puerta;
que ni aquí ni allá arriba,
en la región abierta
de la infinita bóveda estrellada,
nada hay más grande, nada
más grande que el amor de mi hija viva,
¡más grande que el dolor de mi hja muerta!

REFERENCIAS

Juan Antonio Pérez Bonalde (s.f.) Efemérides venezolanas (Documento en línea). Disponible: http://www.efemeridesvenezolanas.com/html/bonalde.htm. (Consulta: 21/08/11)

Pereira Vidal, J. (s.f.). Juan Antonio Pérez Bonalde. Fotos, poemas, Bibliografía de Pérez Bonalde. (Blog). Disponible: http://perezbonalde.blogspot.com/p/biografia_07.html (Consulta: 20/08/11)

Vuelta a la Patria. Wikipedia. (s.f.). La Enciclopedia libre. (Página en línea). Disponible: http://es.wikipedia.org/wiki/Vuelta_a_la_Patria. (Consulta: 20/08/11).



1 comentario:

Si deseas dejar algún comentario para enriquecer estas líneas, gracias¡