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miércoles, 6 de junio de 2012

ENSAYOS LITERARIOS (MODELOS)


Elogio De Las Letras
López Méndez


Estudiar la influencia que el cultivo de las letras ha tenido en los destinos de la humanidad sería registrar la historia de cada pueblo, examinar sus costumbres, observar sus instintos, sorprender sus ideas, penetrar en su pasado y seguir con atención su marcha en el presente, para saber en qué fuentes se ha inspirado y de dónde ha tomado ejemplo.

Pero, quede tamaña empresa para mejores y más adiestradas inteligencias, que ni cabe en los límites de este bosquejo una excursión semejante, ni vendría bien el propósito que me guía. Yo me contentaré con deciros que la Historia, que se ha fatigado siguiendo la huella del hombre sobre la faz del planeta, no ha encontrado todavía un punto por donde él haya pasado sin dejar tras de sí los ecos de su canto, ecos dormidos bajo las capas sedimentarias que las revoluciones del globo han venido acumulando, pero que traen a nuestros oídos, a través de periódicos remotos, las vibraciones de una inteligencia pensadora.

Hay un poema oscuro, pero sublime, que la etnografía se ha encargado de cuidarlo, y que contiene para nosotros una copia inmensa de enseñanzas provechosas. Este poema escrito en los dólmenes, en los monolitos y en las pirámides, nos habla de los primeros esfuerzos del hombre para crear un arte derivado de la naturaleza y nos demuestra los progresos sucesivos de un ser moral, como que su obra no es más que una traducción directa de los movimientos de su espíritu. Aquellos monumentos son las primitivas letras, en las cuales estudiaron multitud de pueblos antes de llegar al alfabeto de los fenicios, y su asiduo cultivo vino a ser el agente más poderoso de la civilización humana.

Un lazo moral que une a los hombres para la consecución del bien, un medio eficaz para la difusión y perfeccionamiento de sus ideas, una antorcha para guiarle en el camino de la vida y una fuente de inspiración y de consuelo, eso fueron las letras desde las épocas más lejanas a donde alcanza la investigación histórica .

Al despertar el hombre del sueño de la materia se encontró con la naturaleza, exuberante de hermosura, tendida a sus pies, como odalisca seductora cargada de perfumes y de colores; y aspirando a comprender el eterno problema de la creación, dio crédito, a falta de medios más positivos, a una intervención sobrenatural, nacida del primer arranque de su admiración y de su entusiasmo. Pobláronse de dioses los cielos, subió el incienso en ondas balsámicas a los altares, llenóse el espacio de las armonías de un himno de alabanzas y brotó la poesía adornada con las místicas galas del sentimiento religioso.

Algunos fragmentos han quedado de aquellos cantos primitivos y nuestro siglo ha sido testigo de la resurrección de un gran pueblo con el descubrimiento de sus dos admirables epopeyas.

El canto, eterno compañero del hombre, le enseñó a amar a sus semejantes, a corregir sus instintos y a suavizar sus sentimientos. Formáronse después las sociedades, vinieron los grandes pueblos, y aquellos primeros elementos de la civilización adquirieron un grado de desarrollo que pone pasmo en nuestro ánimo. La poesía se dio a ensalzar las proezas maravillosas e hizo del heroísmo una especie de religión en la cual bebieron aliento vigoroso los hombres eminentes de Grecia. ¡Qué influencia no tuvieron en la sociedad griega aquellos cantos que, repetidos de comarca en comarca por los aedas demiurgos, despertaban la sensibilidad del hombre y le impulsaban a emular el poder de los dioses! Tan honda fue esta influencia, que el aeda mismo era considerado como un ente divino y le rodeaba el respeto universal como al favorito de las musas, porque su misión era evitar la decadencia del mundo y hacer a los hombres más virtuosos, más inteligentes y apasionados por medio de la música y de la poesía. ¿Cómo si no reconociendo esta verdad, podríamos explicarnos la brillante existencia del pueblo ateniense, en el que las leyes imponían a los ciudadanos el deber de juzgar, no sólo de la conveniencia de un impuesto o de la elección de un magistrado, sino también de los refinamientos de la música, de las innovaciones del teatro, de los ornamentos de un templo, de las necesidades, en fin, así como de las elegancias de la vida; de modo que era indispensable, como dice un moderno escritor inglés, que todos tuviesen ojos para la gracia, oídos para la poesía y nervios para la belleza, a fin de poder llenar completamente sus deberes de ciudadanos?.

Sin la cultura que dan las letras las naciones no son más que sombras pasajeras, espectros pálidos que marchan en las tinieblas y que se desvanecen sin dejar huellas de su existencia. Grecia y Roma viven hoy en nuestra memoria más por los héroes del pensamiento que por los héroes de la clava; y todavía no sabríamos de estos últimos, a no ser por las epopeyas de Homero, los libros de Herodoto, las páginas de Tucídides y Jenofonte, las vidas de Plutarco, los comentarios de César y las historias de Tácito.

La literatura no es, como se ha pretendido, un lujo propio de las sociedades civilizadas. ¿Cómo llegarían a la civilización los pueblos que descuidaron el cultivo del espíritu?. Lo que sucede es que en las grandes épocas - en la de Pericles, en la de Augusto y en la de Luis XIV -, por ejemplo, las letras que han venido siendo una fuerza latente en todos los ánimos y que han preparado ya todos los caminos, se aprovechan del desarrollo de los demás elementos para crecer y dilatarse, bien así como la luz del sol, oculta tras la niebla de la mañana, al llegar éste a su zenit se esparce y se difunde en infinitas claridades por los ámbitos del mundo.


Nuestra América
José Martí

¿Ni en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestra Repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de los indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su República nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modos continuos de ir por el mundo de gamonal famoso, quitando jacas de Persia y derramando champaña. La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de tres siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diez siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyes no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible, donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El Gobierno no ha de nacer del país. El espíritu del Gobierno ha de ser el del país. La forma del Gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.

Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno y acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no se vale de su sumisión para dañarle o le ofenda prescindiendo de él, que es cosa que no se perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados han caído .en cuanto les hicieron traición. Las Repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de Gobierno y gobernar con ellos. Gobernante de un pueblo nuevo, quiere decir creador.

En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán por su hábito de agredir y resolver las dudas con sus manos, allí donde los cultos no aprenden el arte del Gobierno. La masa inculta es perezosa y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el Gobierno la lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las Universidades los gobernantes, si no hay Universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del Gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarle la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. El primero de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque él pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos es más fácil que resolver el problema después de conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se la administra en acuerdo con las necesidades patentes del país. Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías. La Universidad europea ha de ceder a la Universidad americana. La historia de América, de los incas de acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras Repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras Repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas Repúblicas americanas.

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