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martes, 7 de septiembre de 2010

DOÑA BÁRBARA DE RÓMULO GALLEGOS




RÓMULO GALLEGOS (BIOGRAFÍA)

Novelista y político venezolano, nacido en Caracas en 1884 y fallecido en 1969, fue un hombre de familia humilde; se hizo maestro y ejerció como profesor entre 1912 y 1930. Durante ese período, publicó numerosas novelas centradas en la vida de su país. Su obra más conocida, Doña Bárbara (1929), describe la infructuosa lucha contra las fuerzas de la tiranía en Venezuela. A causa de las críticas contra el dictador Juan Vicente Gómez, que la novela contenía, su autor tuvo que exiliarse en 1931. Tras su regreso, fue nombrado ministro de Educación, pero sus esfuerzos para llevar a cabo una profunda reforma escolar fracasaron, y se le obligó a dimitir. En 1945 participó en el golpe militar que llevó al poder a Rómulo Betancourt como presidente provisional del país, y él mismo fue elegido presidente de Venezuela, cargo que desempeñó durante sólo tres meses ya que fue incapaz de equilibrar las fuerzas políticas contrarias, y se exilió en 1948 marchando a vivir a Cuba y luego a México.

La obra literaria de Rómulo Gallegos está muy ligada a su compromiso político que arranca del planteamiento de la regeneración nacional. Sus novelas, dentro de la corriente regionalista, se inspiran en la tierra americana y trata de unir y resolver el conflicto que él ve entre una naturaleza exuberante y salvaje y la necesidad de hacer de ella una civilización moderna. En su primera novela Reinaldo Solar (1920) plantea las dificultades del protagonista por armonizar su vida pública y privada, La trepadora (1925) se centra en el tema de la conquista del poder, en Doña Bárbara (1929) -su primera obra de éxito y considerada en su momento como la mejor novela sudamericana- cuenta el conflicto entre Doña Bárbara, que significa el aspecto salvaje de la naturaleza, y Santos Luzardo, que es la ley, el orden, el futuro, la modernidad. La síntesis surgirá con Marisela, la hija de doña Bárbara que educa Santos Luzardo. Gallegos sigue una técnica tradicional, con diálogos directos, estructura lineal, capítulos iniciados por epígrafes, etc. En su prosa está patente la influencia del modernismo. Algunas de sus novelas son las siguientes: Los Aventureros (1913), Los inmigrantes (1913), Reinaldo Solar (1920), Doña Bárbara (1929), Cantaclaro (1934), Canaima (1935), Pobre Negro (1937), El Forastero (1942), Sobre la misma tierra (1943), La Brizna de paja en el viento (1952). Regresó a su país en 1958, donde permaneció hasta su muerte.


NOVELA REGIONAL O NOVELA DE LA TIERRA

Este tipo de obras recibe este nombre porque la tierra es la protagonista. Tiene su origen en Hispanoamérica, en la época del Descubrimiento y la Conquista, cuando las cartas de relación de esos acontecimientos centraron casi toda su atención en el medio físico, más que en el humano. El detalle descriptivo se prodigó en torno a los encantos del paisaje, a las condiciones climáticas, a la riqueza de la tierra. Los españoles, desde su arribo al Nuevo Mundo, se empeñaron en querer poseerlo materialmente, sin darle tanta importancia a las culturas de los imperios indígenas. Por eso cobró tanta relevancia el inventario de la naturaleza: selvas, riscos llanuras, ríos. Desde entonces la tierra, ha ocupado frecuentemente un papel de suma importancia en la literatura hispanoamericana. En el Siglo XIX, muchos escritores experimentaron una exaltada devoción del romanticismo hacia la naturaleza, y trataron de darle vida en sus narraciones y poemas a través de la sensibilidad y los procedimientos asimilados de la literatura extranjera, particularmente francesa. Ejemplos: Isaacs y Mera. En el Siglo XX, algunos novelistas destacados en tributar al medio físico son: Antonio Güiraldes, José Eustaquio Rivera, Arguedas, Rómulo Gallegos, Icaza, Mariano Azuela, Cuadra, Miguel A. Asturias, Alejo Carpentier.

Cuando la novela regional surgió, el nombre más corriente con el que se le designaba era el de “novela de la tierra” para subrayar su oposición a la de ambiente urbano. La novela regionalista no solo nos describe realidades desconocidas pese a ser propias, sino normas de conducta que configuran una moral para la acción que se suponía era el código de nuestro estar en el mundo. El regionalismo afirma un etnocentrismo que es la culminación de toda una serie de cavilaciones sobre el modo de ser del hombre americano, condicionado por su medio o en rivalidad con el ambiente. La novela regional cumplió un papel importante: fue la estructura fundacional sobre la que se desarrollaría nuestra novela contemporánea y dio nueva dignidad y trascendencia al género.

Las tres grandes expresiones de la novela regional son:

- La Vorágine de José Eustasio Rivera
- Don segundo Sombra de Ricardo Güiraldes
- Doña Bárbara de Rómulo Gallegos
La originalidad de la novela regional frente a la novela europea es haber rescatado para la literatura el ámbito de América. Este hecho contribuyó a una revalorización de lo americano. En eso va el deseo implícito de elevar al habitante de esta región del mundo a un plano universal, sin desnaturalizarlo. Hay en este tipo de novelas, la actualización de un conflicto frecuente en la literatura hispanoamericana desde la época de la colonia, como es la denodada lucha del hombre con la naturaleza.

Fuentes:


DOÑA BARBARA (ARGUMENTO)


Esta historia comienza cuando Santos Luzardo, un joven abogado, regresa de Caracas a la Sabana de Altamira, para recuperar el esplendor de su hacienda en los tiempos en que él vivía allí. A su lado vivía Doña Bárbara que era la cacique de su hacienda llamada “El Miedo”. Esta mujer era una persona que conseguía todo por el lado equivocado; además, disfrutaba enamorando hombres para después destruirlos. Esto lo hacía porque cuando era joven, su corazón fue había sido dañado, y era una especie de venganza. Uno de sus amantes era Lorenzo Barquero, con el cual tuvo una hija, llamada Marisela. Al nacer la niña, Doña Bárbara los echó a los dos de la hacienda y la niña creció de una manera salvaje. Doña Bárbara se une con un americano llamado Mr. Danger, hombre inescrupuloso que la ayudaba en los desmanes realizados. Santos Luzardo, en su búsqueda de la justicia, conoce a Marisela y trata de educarla,; al tiempo, se enamora de ella y es correspondido. Por esta razón, Doña Bárbara trató de interponerse entre su propia hija y Luzardo; pero no lo logró. Cuando Doña Bárbara intentó matar a su hija porque estaba llena de celos, recordó a Asdrúbal su primer amor, y al verlos juntos a Marisela y a Santos Luzardo, se retira del lugar, nunca más se sabe de ella. Antes de desaparecer, deja una carta en la que da como única heredera a su hija Marisela. Al final todo lo que triunfa en la llanura venezolana es el amor y la justicia.

Fuente: Buenas tareas:

GENERALIDADES DE LA NOVELA DOÑA BÁRBARA

Esta novela, la obra maestra de Rómulo Gallegos, constituye un estudio psicológico de los habitantes de los llanos venezolanos. El paisaje, por su importancia en el desenvolvimiento de los conflictos humanos, toma carácter de protagonista. Hay un equilibrio entre el drama interior de los personajes y la acción. Como el drama personal es muy intenso, a veces sustituye a la acción. Ejemplo claro de esto es el predominio de la introspección en algunos pasajes de la obra.

Por su carácter, puede decirse que es una novela realista, en el sentido de que hay en ella una observación profunda del mundo, hay una marcada descripción, procedimiento éste afín a los escritores del realismo; tiene una intención más allá de lo literario, es decir, un fin social y sus personajes no se mueven sólo por su propia voluntad, sino que están condicionados por el medio. Su sustancia, es el paisaje de los llanos de Apure. Algunos críticos observan que el llano enloquece al igual que la monotonía de la selva; otros en cambio dicen que su función no es igual a la de la selva, sino que es sólo el marco en que se desarrollan las luchas de los hombres entre sí.


LOS PERSONAJES

En principio, Santos Luzardo representa a la civilización y el progreso; por su parte, Doña Bárbara es el atraso y la crueldad. El conflicto está planteado en términos de civilización contra barbarie y se resuelve con la desaparición de Doña Bárbara.

La crítica ha elaborado un carácter simbólico para cada uno de los personajes:

• Santos Luzardo es un llanero adelantado, abogado graduado en la Universidad Central de Venezuela. Su meta es el bien, no obstante lo cual, ciertos impulsos de su alma lo hacen cambiar momentáneamente en sus decisiones. Es un personaje de variabilidad en el ámbito psicológico.
• Doña Bárbara es su antítesis. Encarna fuerzas primitivas, es arbitraria y violenta, sin embargo, en su espíritu se remueven oscuras corrientes sentimentales. Su ternura escondida aflora frente a Santos Luzardo. Su misterio y su forma de ser contradictoria reflejan las características del medio en que se desenvuelven.
• Marisela representa un terreno propicio para la obra del progreso.
• Mister Danger es antipático, cómplice de manejos turbios. En su actitud se sintetizaba el desprecio con que muchos extranjeros miraban al venezolano.
• Ño Pernalete y su inefable secretario "Mujiquita" reflejan la tragedia política del país y el atraso de la sociedad, que es proporcional a los que la dirigen.
• Juan Primito es un personaje que representa la superstición.
Fuente:

NOTA: Para una visión crítica más profunda, ver el artículo "Doña Bárbara, los problemas de construcción de un personaje" de Mireya Vásquez, en Letras sobre letras.
http://liduvinacarrera.blogspot.com/search/label/Do%C3%B1a%20B%C3%A1rbara%20de%20R%C3%B3mulo%20Galletos






ANTOLOGÍA (ALGUNOS CAPÍTULOS DE LA OBRA)


LA DEVORADORA DE HOMBRES

¡De más allá del Cunaviche, de más allá del Cinaruco, de más allá del Meta! De más lejos que más nunca –decían los llaneros del Arauca, para quienes, sin embargo, todo está siempre: «ahí mismito, detrás de aquella mata». De allá vino la trágica guaricha. Fruto engendrado por la violencia del blanco aventurero en la sombría sensualidad de la india, su origen se perdía en el dramático misterio de las tierras vírgenes.


En las profundidades de sus tenebrosas memorias, a los primeros destellos de la conciencia, veíase en una piragua que surcaba los grandes ríos de la selva orinoqueña. Eran seis hombres a bordo, y al capitán lo llamaba «taita», pero todos –excepto el viejo piloto Eustaquio– la brutalizaban con idénticas caricias, rudas manotadas, besos que sabían a aguardiente y a chimó.

Piratería disimulada bajo patente de comercio lícito era la industria de aquella embarcación, desde Ciudad Bolívar hasta Río Negro. Salía cargada de barriles de aguardiente y fardos de baratijas, telas y comestibles averiados, y regresaba atestada de sarrapia y balatá. En algunas rancherías les cambiaban a los indios estas ricas especies por aquellas mercancías, limitándose a embaucarlos; pero en otros parajes, los tripulantes saltaban a tierra sólo con sus rifles al hombro, se internaban por los bosques o sabanas de las riberas y cuando volvían a la piragua, la olorosa sarrapia o el negro balatá venían manchados de sangre.

Una tarde, ya al zarpar de Ciudad Bolívar, se acercó a la embarcación un joven, cara de hambre y ropas de mendigo, a quien ya Barbarita había visto varias veces parado al borde del malecón, contemplándola con ojos que se le salían de sus órbitas, mientras ella, cocinera de la piragua, preparaba la comida de los piratas. Dijo llamarse Asdrúbal, a secas, y propúsole al capitán:

–Necesito ir a Manaos y no tengo para el pasaje. Si usted me hace el favor de llevarme hasta Río Negro, yo estoy dispuesto a corresponderle con trabajo. Desde cocinero hasta contador, en algo puedo serle útil. Insinuante, simpático, con esa simpatía subyugadora del vagabundo inteligente, prodújole buena impresión al capitán y fue enrolado como cocinero, a fin de que descansara Barbarita. Ya el taita empezaba a mimarla: tenía quince años y era preciosa la mestiza.
Transcurrieron varias jornadas. En los ratos de descanso y por las noches, en torno a la hoguera encendida en las playas donde arranchaban, Asdrúbal animaba la tertulia con anécdotas divertidas de su existencia andariega. Barbarita se desternillaba de risa; mas si él interrumpía su relato, complacido en aquellas frescas y sonoras carcajadas, ella las cortaba en seco y bajaba la vista, estremecido en dulces ahogos el pecho virginal.

Un día le deslizó al oído: –No me mire así, porque ya mi taita se está poniendo malicioso. En efecto, ya el capitán empezaba a arrepentirse de haber acoplado al joven, cuyos servicios podían resultarle caros, especialmente aquellos, que no se los había exigido, de enseñar a Barbarita a leer y escribir. Durante estas lecciones, en las cuales Asdrúbal ponía gran empeño, letras que ella hacia llevándole él la mano los acercaban demasiado.
  

La rebelíón
Una tarde, concluidas las lecciones, comenzó a referirle Asdrúbal la parte dolorosa de su historia: la tiranía del padrastro, que lo obligó a abandonar el hogar materno, las aventuras tristes, el errar sin rumbo, el hambre y el desamparo, el duro trabajo de las minas del Yuruari, la lucha con la muerte en el camastro de un hospital. Finalmente, le habló de sus planes: iba a Manaos en busca de la fortuna, ya estaba cansado de la vida errante, renunciaría a ella, se consagraría al trabajo. Iba a decir algo más; pero de pronto se detuvo y se quedó mirando el río que se deslizaba en silencio frente aón ellos, a través de un dramático paisaje de riberas boscosas. Ella comprendió que no tenía en los planes del joven el sitio que se imaginara y los hermosos ojos se le cuajaron de lágrimas. Permanecieron así largo rato. ¡Nunca se le olvidaría aquella tarde! Lejos, en el profundo silencio, se oía el bronco mugido de los raudales Atures. De pronto, Asdrúbal la miró a los ojos y preguntó: – ¿Sabes lo que piensa hacer contigo el capitán? Estremecida al golpe subitáneo de una horrible intuición, exclamó: –¡Mi taita! –No merece que lo llames así. Piensa venderte al turco.

Referíase a un sirio sádico y leproso enriquecido en la explotación del balate, que habitaba en el corazón de la selva orinoqueña, aislado de los hombres por causa del mal que lo devoraba, pero rodeado de un serrallo de indiecitas núbiles, raptadas o compradas a sus padres, no sólo para hartazgo de su lujuria, sino también para saciar su odio de enfermo incurable a todo lo que alienta sano, transmitiéndole su mal. De conversaciones de los tripulantes de la piragua sorprendidas por Asdrúbal, había descubierto éste que en el viaje anterior aquel Moloch de la selva cauchera había ofrecido veinte onzas por Barbarita, y que si no se llevó a cabo la venta, fue porque el capitán aspiraba a mayor precio, cosa no difícil de lograr ahora, pues en obra de unos meses la muchacha se había convertido en una mujer perturbadora.

No se le había escapado a ella que tal fuera la suerte a que la destinaran; pero hasta entonces todo el horror que la rodeaba no había alcanzado a producirle más que aquel sentimiento, miedo y gusto a la vez, originado de las torpes miradas de los hombres que con ella compartían la estrecha vida de la piragua. Pero al enamorarse de Asdrúbal se le había despertado el alma sepultada, y las palabras que acababa de oír se la estremecieron de horror. –¡Sálvame! ¡Llévame contigo! –iba a decirle, cuando vio que el capitán se les acercaba. Traía un rifle, y dijo, dirigiéndose a Asdrúbal:

–Bueno, joven. Ya usted ha conversado bastante. Ahora vamos para que haga algo más productivo. El Sapo va a buscar una poca de sarrapia que deben de tenernos por aquí y usted lo va a acompañar. –Y poniéndole el rifle en las manos–: Esto es para que se defienda si los atacan los indios. Asdrúbal meditó un instante. ¿Habría oído el capitán lo que él acababa de decirle a la muchacha? ¿Esta comisión que ahora le daba?... En todo caso, había que afrontar la situación.

Al ir a ponerse de pie, Barbarita trató de detenerlo dirigiéndole una mirada de súplica; pero él le hizo una rápida guiñada de ojos y levantándose decidido, abandonó el campamento en pos de el Sapo. Era éste el segundo de a bordo, mano derecha del capitán para cuantas fuesen comisiones siniestras, y Asdrúbal lo sabía; pero irremisiblemente perdido estaba, desde luego, si demostraba miedo y se resistía a cumplir la orden recibida. Al menos llevaba un rifle y contra un hombre solamente, mientras que allí eran cinco contra él. Barbarita lo siguió con las miradas y, durante un buen rato, sus ojos permanecieron fijos en el boquete del monte por donde desapareció.

A todas éstas, los tripulantes habían cambiado entre sí miradas de inteligencia, y cuando, pocos momentos después, so pretexto de un posible ataque de los indios ribereños, el capitán les ordenó hacer una exploración playas arriba –ya le había dado una orden análoga al viejo Eustaquio–, comprendiendo que quería alejarlos del campamento para quedarse a solas con la muchacha, respondiéronle, al cabo de un corto murmullo de rezongos: –Deje eso para más después, capitán. Ahora estamos descansando.


Era la rebelión que hacía tiempo venía preparándose por causa de la perturbadora belleza de la guaricha; pero el capitán no se atrevió a sofocarla en el acto, pues comprendió que aquellos tres hombres estaban de acuerdo y resueltos a todo, y aplazó el escarmiento para cuando regresara el Sapo, con cuya ciega adhesión contaba. Barbarita, como se diese cuenta también de las siniestras intenciones del taita, miró a los rebeldes como a sus salvadores y corrió hacia ellos; mas, al advertir cómo la miraban, se detuvo, con el corazón helado por el terror, y maquinalmente tornó al sitio donde la dejara Asdrúbal.

De pronto cantó el «yacabó», campanadas funerales en el silencio desolador del crepúsculo de la selva, que hielan el corazón del viajero. –Ya-cabó... Ya-cabó... ¿Fue el canto agorero del ave o el propio gemido mortal de Asdrúbal? ¿Fue la descarga repentina de la prolongada tensión nerviosa, o la sideración, misteriosamente transmitida a distancia, de un golpe mortal que en aquel momento recibía otro cuerpo: el tajo de el Sapo en el cuello de Asdrúbal? Ella sólo recordaba que había caído de bruces, derribada por una conmoción subitánea y lanzando un grito que le desgarró la garganta. Lo demás sucedió sin que ella se diese cuenta, y fue: el estallido de la rebelión, la muerte del capitán y en seguida la de el Sapo, que había regresado solo al campamento, y el festín de su doncellez para los vengadores de Asdrúbal.

Cuando, ahogándose en la sofocación de la carrera, el viejo Eustaquio llegó en su auxilio al grito lanzado por ella, ya todos estaban hartos, y uno decía: –Ahora podemos vendérsela al turco, aunque sea por las veinte onzas que ofreció enantes.

LA BELLA DURMIENTE

De regreso a Altamira, bajo la penosa impresión del espectáculo que acababa de presenciar, Santos volvió a encontrarse con la campesina a quien le preguntara por la casa adonde se dirigía. Sólo después de haber visto la miseria que reinaba en el rancho de Lorenzo Barquero podía sospecharse que fuera su hija aquella criatura montaraz, greñuda, mugrienta, descalza y mal cubierta por un traje vuelto jirones.

Había depositado en el suelo el haz de chamizas y estaba tendida junto a él, los codos hundidos en la arena, la cara entre las manos, soñadora la mirada. Santos se detuvo a contemplarla. Bajo los delgados y grasientos harapos que se le adherían al cuerpo, la curva de la espalda y las líneas de las caderas y de los muslos eran de una belleza estatuaria; pero rompían el encanto los pies anchos y gruesos, de piel endurecida y cuarteada por el andar descalzo, y fue en esta fealdad lamentable donde se detuvieron las miradas compasivas.

Un resoplido de la bestia de Luzardo la sacó de su abstracción, y al advertir la presencia del hombre detenido a pocos pasos de ella, se hizo un ovillo para ocultar la desnudez de sus piernas, y después de haber proferido algunos gruñidos de protesta, rompió a reír, de bruces sobre el arenal.

Santos Luzardo y Marisela
– ¿Eres tú Marisela? –interrogó Santos.
Ella se hizo repetir la pregunta y luego respondió, con la rudeza de su condición silvestre reforzada por el azoramiento:

–Si ya sabe cómo me mientan, ¿pa qué pregunta, pues?
–No lo sabía, propiamente. Sospechaba que fueras la hija de Lorenzo Barquero, llamada así; pero quería cerciorarme.
 Arisca, como el animal salvaje con el cual la comparó su padre, al oír aquel término, desconocido para ella, replicó: – ¿Cerciorarse? ¡Hum! Usté está mal fijao. Bien pué seguí su camino. –Menos mal si la cerrilidad le custodia la inocencia –pensó Santos, y luego–: ¿Qué entiendes tú por cerciorarse? – ¡Umjú! ¡Qué preguntón es usté! –exclamó soltando de nuevo la risa. – ¿Ingenuidad o malicia? –se preguntó entonces Santos Luzardo comprendiendo que, lejos de disgustarle, le agradaba que él se hubiese detenido a hablarle, y ya sin sonreír siguió contemplando compasivamente aquella masa de greñas y harapos.

– ¿Hasta cuándo va a estar ahí, pues? –Gruñó Marisela–. ¿Por qué no se acaba de dir?
–Eso mismo te pregunto yo: ¿hasta cuándo vas a estar ahí? Ya es tiempo de que regreses a tu casa. ¿No te da miedo andar sola por estos lugares desiertos?
– ¡Guá! ¿Y por qué voy a tener miedo, pues? ¿Me van a comer los bichos del monte? ¿Ya usté qué le importa que yo ande sola por donde me dé gana? ¿Es acaso, mi taita, pues, para que venga a regañarme?
– ¡Qué maneras tan bruscas, muchacha! ¿Es que ni siquiera te han enseñado a hablar con la gente? –¿Por qué no me enseña usté, pues? –y otra vez la risa sacudiéndole el cuerpo, echado de bruces sobre la tierra. –Sí, te enseñaré –díjole Santos, cuya compasión empezaba a transformarse en simpatía–. Pero tienes que pagarme por adelantado las lecciones, mostrándome esa cara que tanto te empeñas en ocultar.

– ¡Qué mano! – Exclamó ella, ovillándose más–. Acábese de dir de una vez, que lo va a coge la noche por estos montes.
–No me moveré de este sitio mientras no me hayas dejado ver tu cara. He venido sólo a conocerte, porque me han dicho que eres muy fea y no quiero creerlo hasta que lo vea con mis propios ojos. Me cuesta trabajo creer que pueda ser fea una parienta mía. Verdad que no te había dicho todavía que somos primos.
– ¡Zape! –exclamó ella–. Yo no tengo más familia que mi taita, porque ni a mi mae puedo decí que la conozco. La mención a la madre disipó la jovial disposición de ánimo que estaba poniendo Santos en la charla, y ella, como temiese haberlo disgustado de veras, después de mirarlo de soslayo por debajo del brazo con que se cubría el rostro, insistió:

– ¿No ve que usté no es nada mío, como dice? Si juera, no se habría quedado tan callado.
–Sí, criatura –afirmó él, tornando a emplear el término compasivo–. Soy Santos Luzardo, primo de tu padre. Pregúntaselo a él si quieres cerciorarte. Y no vayas a tomar a mal otra vez esta palabra.
–Bueno. Si es verdá que es primo mío... Aunque yo no se lo crea, ¿sabe?... ¡Umjú! Y después dicen que las mujeres sernos las curiosas. Aguaite, pues, pa que se acabe de dir de una vez.
Y sin que Santos hubiera insistido en que se dejara ver el rostro, levantó y bajó en seguida la cabeza; pero con los ojos cerrados y apretando la boca para que no se le escapara la risa, coquetería de azoramiento y de ingenuidad. Tendría unos quince años, y aunque la comida escasa, el agua mala, el desaliño y la rustiquez le marchitaban la juventud, bajo aquella miseria de mugre y greñas hirsutas se adivinaba un rostro de facciones perfectas. Pero bastó el breve instante para que los ojos de Santos apresaran la revelación de belleza. –¡Qué bonita eres, criatura! –exclamó, y luego se quedó contemplándola con una forma de compasión diferente, mientras ella, ya no arisca, sino remilgada, humanizada por el primer destello de emoción de sí misma que aquella exclamación le había producido, decíale, con una voz dulce y suplicante:

–Váyase, pues.
–Todavía falta –replicó Santos–. No me has mostrado tus ojos. Déjame verlos. ¡Ah! Ya comprendo por qué no te atreves a abrirlos en mi presencia. Eres bizca, seguramente. Los tendrás muy feos.
– ¡Bizca yo! Aguaite.
E incorporándose, animosa, abrió los hermosos ojos, que eran lo más bello de su rostro, y se quedó mirándolo, sin pestañear, mientras él volvía a exclamar: – ¡Es preciosa esta criatura!

–Váyase, pues –repitió Marisela, cubierta de rubor bajo la pringue del rostro, pero sin dejar de mirarlo. –Aguarda. Voy a decirte en seguida la primera de esas lecciones que me has pagado anticipadamente. Bajó del caballo, se acercó a la muchacha, cuyos negros ojazos expresaron un temor suplicante, y la obligó a levantarse, tomándola por un brazo y diciéndole:

–Ven acá, primita. Voy a enseñarte para qué sirve el agua. Eres linda, pero lo serías mucho más si no te abandonaras tanto.
Repuesta de un instintivo temor, por el tono sin sombra de malicia con que le hablara aquel hombre perteneciente a un mundo diferente del que ella conocía, Marisela se dejó conducir hasta el borde de una charca de agua clara que había en la orilla del tremedal, ocultando el rostro bajo el brazo libre y riendo, entre avergonzada y complacida.

Llegados junto a la charca. Santos la hizo inclinarse, y tomando el agua en el hueco de sus manos, comenzó a lavarle los brazos y luego la cara, como hay que hacer con los niños, mientras le decía:

–Aprende y cógele cariño al agua, que te hará parecer más bonita todavía. Hace mal tu padre en no ocuparse de ti como mereces; pero es pecado contra la naturaleza, que te ha hecho hermosa, el que cometes con ese abandono de tu persona. Por lo menos, limpia deberías estar siempre, ya que la tierra no te niega el agua. Haré que te traigan ropas decentes para que te cambies esa que ni siquiera te cubre, y un peine para que te arregles el cabello, y zapatos para que no andes descalza. ¡Así! ¡Así! ¿Cuánto tiempo haría que no te lavabas la cara?
Marisela abandonaba el rostro al frescor del agua, apretados los labios, cerrados los ojos, estremecida la carne virginal bajo el contacto de las manos varoniles. Luego Santos, a falta de toalla, sacó un pañuelo para en jugar fe la cara, y hecho esto, la obligó a levantar la cabeza, tomándola de la barbilla. Ella abrió los ojos y mirándolo, mirándolo, se le fueron cuajando de lágrimas.

–Bien –díjole Santos–. Ahora te regresas a tu casa. Yo te acompañaré, porque no es prudente que andes sola por estos lugares a estas horas. –No. Yo me iré sola –replicó ella–. Váyase usted primero. Y era otra voz aquella con que ahora hablaba.

Las manos le lavaron el rostro y las palabras le despertaron el alma dormida. Advierte que las cosas han cambiado de repente. Que ella misma es otra persona. Siente la limpieza de su piel y oye que dicen: –¡Qué bonita eres, criatura! –y la asalta la curiosidad de conocerse. ¿Cómo serán sus ojos y su boca y el modelado de sus facciones? Se pasa las manos por la cara, se palpa las mejillas, se acaricia, se moldea a sí misma, para que las manos le digan cómo es Marisela. Pero las manos sólo le dicen: –Somos ásperas y no sentimos nada. Las chamizas, las espinas, nos han endurecido la piel.  ¿Por qué no se sentirá la propia belleza, como se sienten los dolores?

Le ha dejado dos cosas tiernas. La frescura del agua en las mejillas, que ahora le están produciendo sensaciones desconocidas. ¡Sí se siente la belleza! Estas sensaciones nuevas y tiernas no pueden tener otra causa. Así debe de sentir el árbol, en la corteza endurecida y rugosa. Así debe de estremecerse la sabana, cuando, un día, después de las quemas de marzo, siente que ha amanecido toda verde.

Le ha dejado también la emoción de unas palabras nunca oídas hasta entonces. Las repite y oye que le resuenan en el fondo del corazón, y se da cuenta, a la vez, de que su corazón era algo negro, hondo, mudo y vacío. Pero algo sonoro, también como el pozo que está junto a su casa, obscuro, profundo y con un espejo de agua allá adentro. ¡Es preciosa esta criatura!... Y la voz resuena, honda, como en el pozo cuando se habla sobre el brocal.

También fuera de ella, ya el mundo no es lo que hasta allí había sido: un monte intrincado donde recoger chamizas, un palmar solitario donde era posible estar horas y horas tendida en la arena, inmóvil hasta el fondo del alma, sin emociones ni pensamientos. Ahora los pájaros cantan da gusto oírlos, ahora el tremedal refleja el paisaje y es bonito aquel palmar invertido, aquel fondo de cielo que se le ha formado al remanso, ahora trasciende de los bejucos que se vinieron enredados en el haz de chamizas de silvestre aroma de las flores del monte y es agradable aspirarlo. La belleza no está en ella solamente; está en todas partes: en el trino que trae en la garganta la paraulata llanera, en la charca y su orla de hierba tierna, en el palmar profundo y diáfano, en la sabana inmensa y en la tarde que cae dulcemente, dorada y silenciosa. ¡Y ella no se había dado cuenta de que todo existía, creado para que lo contemplaran sus ojos!

Por primera vez, Marisela no se duerme al tenderse sobre la estera. Extraña el inmundo camastro de ásperas hojas, cual si se hubiese acostado en él con un cuerpo nuevo, no acostumbrado a las incomodidades; se resiente del contacto de aquellos pringosos harapos que no se quitaba ni para dormir, como si fuese ahora cuando empezaba a llevarlos encima; sus sentidos todos repudian las habituales sensaciones, que de pronto se le han vuelto intolerables, como si acabase de nacerle una sensibilidad más fina.

Además, la desvela el alma de mujer que acaba de despertársele, complicándole la vida, que era simple como la del viento, que no sabe sino corretear por la sabana. Sentimientos confusos empiezan a moverse dentro de su corazón: hay una alegría que tiene mucho de sufrimiento, una esperanza estremecida de temores, una necesidad de sacudir la cabeza para ahuyentar una idea, y un quedarse inmóvil, en seguida, para que la idea vuelva. Hay muchas cosas más que ella no alcanza a discernir.

Ya está cantando el carrao, que anuncia la proximidad del día: – ¡Arriba, Marisela! Está fresca el agua del pozo. La enfriaron las estrellas, que estuvieron pasando toda la noche sobre el brocal. Todavía quedan algunas en el fondo. Anda. Sácalas con el cántaro y derrámatelas encima. Te dejarán limpia, como siempre están ellas. A un mismo tiempo estaba saliendo el sol y poniéndose la luna, y el palmar se estremecía como un bosque sagrado en el silencio del alba. El cántaro del pozo baja y sube sin descanso, y el agua subterránea que no conocía la luz, corre encandilada por el núbil cuerpo desnudo.


LA DAÑERA Y SU SOMBRA

Cerca de la anochecida, al dirigirse a la cocina para prepararle la comida a Santos, ya al entrar, Marisela oyó que la india Eufrasia le decía a Casilda. – ¿Para qué iba a ser, pues, ese empeño de Juan Primito en que el doctor se dejara medir? ¿A quién puede interesarle esa medida si no es a doña Bárbara, que es voz corriente que se ha enamorado ya del doctor?

– ¿Y tú crees en eso de la medida, mujer? –replico Casilda. – ¿Que si creo? ¿Acaso no he visto pruebas? Mujer que se amarre en la cintura la medida de un hombre, hace con él lo que quiera. A Dominguito, el de Chicuacal, lo amarró la india Justina y lo puso nefato. En una cabuya le cogió la estatura y se la amarró a la pretina. ¡Y se acabó Dominguito!

– ¡Mujer! – exclamó Casilda–. Y si tú crees eso, ¿cómo no le dijiste al doctor que no se dejara medir por Juan Primito?
–Sí, lo pensé; pero como el doctor no cree en esas cosas y estaba tan divertido con los disparates del bobo, no me atreví. Mi idea era quitarle a Juan Primito la cabuya, pero me echó tierra en los ojos, como dicen, y cuando fui a buscarlo, ¡ni el polvo! Lejos debe de ir ya, aunque eso fue ahorita. Porque cuando él dice a caminar, no hay quien lo siga.
Aquello era de lo más burdo y primitivo que en materia de superstición pudiera darse; pero Marisela se estremeció al oírlo. A pesar del empeño que había tomado Santos en combatirle la creencia en supercherías, y aunque ella misma aseguraba que ya no le prestaba crédito, la superstición estaba asentada en el fondo de su alma. Por otra parte, las palabras de las cocineras, oídas conteniendo el aliento y con el corazón por salírsele del pecho, habían convertido en certidumbre las horribles sospechas que ya le habían cruzado por la mente: su madre, enamorada del hombre a quien ella amaba.

Ahogó la exclamación de horror que iba a escapársele, tapándose la boca con la mano trémula y se le olvidó el propósito que la había llevado a la cocina. Atravesó el patio en dirección a la casa, se revolvió una y otra vez anduvo y desanduvo el trayecto, cual si las horribles ideas, repudiadas de la conciencia, se convirtieran todas en movimientos automáticos.

En esto vio llegar a Pa ja ro te. Le salió al encuentro preguntándole: – ¿No ha visto por el camino a Juan Primito? –Me crucé con él más allá del alcornocal. Ya debe de estar llegando a El Miedo, porque iba como alma que lleva el diablo. Pensó un instante, y en seguida dijo:

–Necesito ir ahora mismo a El Miedo. ¿Quiere acompañarme? – ¿Y el doctor? –objetó Pajarote– No está aquí? –Sí. En la casa está. Pero él no debe saberlo. Me iré escondida. Ensílleme la Catira sin que nadie se dé cuenta. –Pero, niña Marisela... –objetó Pajarote.

–No. Es inútil, Pajarote. No pierda su tiempo tratando de hacerme desistir. Es necesario que yo vaya a El Miedo ahora mismo. Si usted no se atreve a acompañarme... –No me diga más nada. Ya voy a estar ensillando la Catira. Espéreme detrás del topochal y así no la verán salir. Algo mucho más grave se imaginó Pajarote, y por eso y porque Marisela había dicho: «si usted no se atreve», se decidió a acompañarla sin más averiguaciones. Todavía no había nacido quien pudiera decir: a esto no se atreve Pajarote.

Al abrigo del topochal se alejaron de las casas sin ser vistos, cuando ya empezaba a cerrar la noche. El deseo de no tener que encararse con la madre le hizo decir a Marisela:

– ¿Cree usted que si apuramos alcanzaremos a Juan Primito antes de que llegue?
–Aunque trocemos las bestias no lo alcanzaremos –respondió Pa ja ro te– . Con la ventaja que nos lleva y el tamaño de las zancadas, si no ha llegado todavía, será muy poco lo que le falte.
En efecto, en aquel momento llegaba Juan Primito a El Miedo. Encontró a doña Bárbara sentada a la mesa. Estaba sola, pues hacía varios días que Balbino Paiba, temeroso de provocar con su presencia la ruptura ya inminente, no se dejaba ver por allí.

–Aquí tiene lo que me encargó –dijo Juan Primito sacándose de la faltriquera el ovillo de cordel y poniéndoselo en la mesa–. Ni le falta ni le sobra un pelito. En seguida refirió las mañas que tuvo que darse para tomarle la medida a Luzardo. –Bien –díjole doña Bárbara–. Puedes retirarte. Pide en la pulpería lo que quieras.

Y se quedó pensativa, contemplando aquel pedazo de cordel pringoso que tenía algo de Santos Luzardo y que debía traerlo a caer entre sus brazos, según una de las convicciones más profundamente arraigadas en su espíritu. Ya los apetitos se habían convertido en pasión, y puesto que el hombre deseado que debía de ir a entregársele «con sus pasos contados» no los encaminaba hacia ella, de la tiniebla del alma supersticiosa y bruja había urgido la torva resolución de apoderarse de él por artes de ensalmadora.

Entretanto, ya Marisela se acercaba a la casa. Rompiendo por fin el caviloso silencio en que hizo el trayecto, díjole a Pajarote:

–Necesito hablar con mi madre. Llegaré sola hasta la casa. Usted se queda un poco más acá, de modo que si me veo en un apuro, oiga cuando lo grite.
–Si así lo dispone usted, así será –respondió el peón complacido en el coraje de la muchacha–. Y no tenga cuidado que no tendrá que gritarme dos veces.
Se detuvieron al abrigo de unos árboles. Marisela bajó del caballo y avanzó resuelta al hilo del paloapique de la majada. Un instante, apenas, le flaqueó la voluntad al atravesar el corredor de aquella casa que por primera vez visitaba. El corazón parecía habérsele paralizado, y las piernas le vacilaban. Estuvo a punto de que se le escapara el grito convenido con Pajarote; pero ya estaba en el umbral de aquella pieza, sala y comedor a la vez.

El "Socio"
Doña Bárbara acababa de levantarse de la mesa y había pasado a la habitación contigua. Repuesta de su turbación, Marisela adelantó la cabeza. Dio un paso y otro y otro, sigilosamente y mirando en derredor. El golpe del corazón le retumbaba dentro del cráneo, pero ya no tenía miedo. En la habitación de los conjuros, ante la repisa de las imágenes piadosas y de los groseros amuletos, donde ardía una vela acabada de encender, doña Bárbara, de pie y mirando el guaral que medía la estatura de Luzardo; musitaba la oración del ensalmamiento:

–Con dos te miro, con tres te ato: con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo» ¡Hombre! Que yo te vea más humilde ante mí que Cristo ante Pilatos.

Y deshaciendo el ovillo, se disponía a ceñirse el cordel a la cintura, cuando de pronto se lo arrebataron de las manos. Se volvió bruscamente y se quedó paralizada por la sorpresa. Era la primera vez que se encontraban frente a frente madre e hija desde que Lorenzo Barquero fue obligado a abandonar aquella casa. Ya sabía doña Bárbara que Marisela era otra persona desde que estaba en Altamira, pero a la sorpresa de la aparición intempestiva se añadió la que le produjo la hermosura de la hija, y esto no le permitió precipitarse sobre ella a recuperar el cordel.

Ya iba a hacerlo, pasado el momentáneo desconcierto, cuando Marisela volvió a detenerla, exclamando:

– ¡Bruja!

Tal como dos masas que chocan, saltan en el encontronazo y caen luego desmoronadas, confundiendo sus fragmentos, así sucedió en el corazón de doña Bárbara cuando en los labios de la hija estalló el epíteto infame, que nadie fuera osado a pronunciar en su presencia. El hábito del mal y el ansia del bien, lo que ella era y lo que anhelaba ser para que pudiese amarla Santos Luzardo, chocaron, se encresparon y se confundieron, deshechos, en una masa informe de sentimientos elementales.

Entretanto, Marisela se había precipitado a la repisa y echado al suelo de una sola manotada toda la horrible mezcla que allí campaba: imágenes piadosas, fetiches y amuletos de los indios, la lamparilla que ardía ante la estampa del Gran Poder de Dios y la vela de la alumbradora, mientras con una voz ronca, de indignación y de llanto contenido, rugía:

– ¡Bruja! ¡Bruja!
Enfurecida, rugiente, doña Bárbara se le arrojó encima, le sujetó los brazos y trató de arrebatarle la cuerda. La muchacha se defendió, debatiéndose bajo la presión de aquellas manos hombrunas que ya le desgarraban la blusa, desnudándole el pecho virginal, para apoderarse de la cuerda que había ocultado en el regazo, cuando una voz reposada y enérgica ordenó: – ¡Déjela! Era Santos Luzardo, que acababa de aparecer en el umbral de la puerta.

Obedeció doña Bárbara y con un sobrehumano esfuerzo de disimulación trató de transformar en afable su faz siniestra; pero en vez de una sonrisa apareció en su rostro una mueca fea y triste de propósito fallido.
Y fue tan profundo el trastorno de su espíritu, que ni aun con «el Socio» pudo entenderse aquella noche. Ya había recogido del suelo y vuelto a colocar sobre la repisa las imágenes piadosas y los groseros fetiches y amuletos que derribó la manotada de Marisela; otra vez ardía la lamparilla votiva, aunque con un chisporroteo continuo, de aceite y agua mezclados en la mecha, y una llama vacilante, sin que dentro del cuarto, herméticamente cerrado, se moviera ni el más leve soplo de aire, y ya por varias veces había formulado el conjuro a que tan obediente se mostraba siempre el demonio familiar; pero éste no acudía a presentársele, porque, como en la mecha de la lamparilla, también había inconciliables cosas mezcladas en el pensamiento que lo invocaba.

– ¡Calma! –se recomendó mentalmente–. Calma. Y en seguida la impresión de haber oído una frase que ella no había llegado a pronunciar: –Las cosas vuelven al lugar de donde salieron.

Eran las palabras que había pensado decirse para apaciguar su excitación; pero «el Socio» se las arrebató de los labios y las pronunció con esa entonación familiar y extraña a la vez que tiene la propia voz devuelta por el eco.

Doña Bárbara levantó la mirada y advirtió que en el sitio que hasta allí ocupara su sombra, proyectada en la pared por la luz temblorosa de la lamparilla, estaba ahora la negra silueta del «Socio». Como de costumbre, no pudo distinguirle el rostro, pero se lo sintió contraído por aquella mueca fea y triste de sonrisa frustrada.

Convencida de haberlas percibido como emanadas de aquel fantasma, volvió a formular, ahora interrogativamente, las mismas palabras que, de tranquilizadoras cuando ella las pensó, se habían trocado en cabalísticas al ser pronunciadas por aquél. Luego, ¿debía desistir de aquellos sentimientos que se trajo de Mata Oscura, sentimientos postizos que nunca llegarían a ser verdaderamente suyos, y en vez de procurar conquistarse el amor de Santos Luzardo sólo por artes lícitas de mujer enamorada, apoderarse de su albedrío, como se apoderó del de Lorenzo Barquero, o suprimirlo a mano armada, como había hecho con todos los hombres que se atrevieron a oponerse a sus designios?

Pero ¿eran realmente postizas aquellas ansias de vida nueva que se habían precipitado dentro de su corazón con la misma vehemencia avasalladora con que siempre se le desataron los perversos instintos? ¿No estaba ella, tal cual era, con todo el vigor de su naturaleza en aquel anhelo de sepultar para siempre a la mujerona siniestra de la mano tinta en sangre, a la bruja, como acababa de llamarla Marisela?

Y de las dos porciones del alma desdoblada, de lo que era ella y de lo que anhelaba ser –lo que tal vez habría sido si el tajo del Sopo no troncha la vida de Asdrúbal–, de la región tenebrosa donde se alzaba el espectro viviente de un hombre envilecido por sus hechizos, y otro que se iba de bruces dentro de una zanja, con una lanza hundida en la espalda, noche cerrada sin un parpadeo de estrellas, y de la que aún recibía el resplandor intermitente de aquella luz de buen amor que brilló un instante en la piragua de los sarrapieros; de las dos porciones irreconciliables levantáronse las réplicas.

– ¿Vuelve acaso la culebra a su concha ni el río a su cabecera?
–Vuelve la res a la majada y el perdido a la encrucijada donde erró el camino.
– ¿En el rodeo de Mata Oscura?
– ¿Entre los brazos de los sarrapieros?
Y no se podría decir cuándo interrogaba ella y replicaba «el Socio», porque ella misma no sabía dónde había perdido el camino.

Se buscaba y, sin dejar de hallarse, no se encontraba. Quería oír lo que le aconsejara «el Socio»; mas apenas comenzaba éste, ya ella tenía formulada la réplica, y las dos frases se encabalgaban y se atropellaban, y ambas eran percibidas por sus oídos como ajenas, siendo sentidas como propias, cual si su pensamiento fuera arrastrado, en un flujo y reflujo de mareas tormentosas, de ella al fantasma, y de éste a ella.

Era insólita esta conducta del demonio familiar, cuyos consejos y premoniciones siempre los había percibido doña Bárbara claros y distintos, como originados de un pensamiento que no tuviera comunicación inmediata con el suyo, palabras que otro pronunciaba y que ella percibía, ideas que a ella no le habían cruzado por la mente; mientras que ahora sentía que todo lo que decía y lo que escuchaba estaba ya en ella, poseía el calor de intimidad de su espíritu; no obstante lo cual, se le volvía incomprensible, como si perdiera todo lo que de suyo tenía al ser formulado por «el Socio».

– ¡Calma! Así no podremos entendernos. Hundió la frente ardorosa entre las manos ateridas y así permaneció largo rato en silencio y sin pensamientos. Chisporroteó con más fuerza la llama de la lamparilla, ya para extinguirse, y a los oídos alucinados de doña Bárbara llegó clara y distinta esta frase: –Si quieres que él venga a ti, entrega tus obras. Alzó de nuevo la mirada hacia la sombra que por fin le decía algo que ella no hubiera pensado; pero la lamparilla se había extinguido y todo era sombra en torno suyo.


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